El PrÍncipe Y La Prostituta

El hombre oculto detrás del príncipe

La pequeña posada era atendida por un matrimonio de ancianos que había dedicado toda su vida a recibir viajeros cansados que cruzaban aquellos caminos. El lugar era sencillo, pero acogedor; las paredes de madera guardaban historias de cientos de personas que habían pasado por allí buscando descanso, refugio o simplemente un momento de tranquilidad lejos de sus problemas.

Cuando Alejandro y Mara entraron, la pareja los recibió con amabilidad. El anciano observó al joven durante unos segundos más de lo normal, como si intentara recordar algo que permanecía perdido en su memoria.

—Disculpe mi curiosidad, joven —dijo finalmente mientras acomodaba unas llaves sobre el mostrador—, pero tengo la sensación de haberlo visto antes en algún lugar.

Alejandro sintió una pequeña tensión en el pecho, pero mantuvo la calma. No podía permitir que su verdadera identidad saliera a la luz, no todavía.

—Creo que se equivoca, buen hombre —respondió con una sonrisa tranquila—. Soy solo un arribeño buscando un nuevo camino después de que la vida decidiera cambiar mis planes.

El anciano entrecerró los ojos, todavía dudando.

—Es extraño... Hay algo en usted que me resulta familiar.

Alejandro soltó una pequeña risa y se encogió de hombros.

—Quizás todos los viajeros terminamos pareciéndonos cuando cargamos demasiadas historias encima.

La respuesta hizo sonreír al anciano, quien finalmente dejó pasar el asunto.

Mara, que había escuchado la conversación en silencio, no pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro. Era algo breve y casi imperceptible, pero Alejandro la notó inmediatamente.

Aquella sonrisa significaba más para él que cualquier tesoro del reino.

Durante tanto tiempo había visto únicamente dolor en sus ojos, que verla sonreír, aunque fuera por un instante, le recordó que detrás de todas sus heridas todavía existía una mujer capaz de sentir alegría.

La anciana que atendía la posada observó a ambos mientras les entregaba las llaves de la habitación.

—Perdonen que lo diga, pero hacen una hermosa pareja.

Mara abrió los ojos con sorpresa y rápidamente negó con la cabeza.

—No, nosotros no...

Pero se quedó sin terminar la frase.

La mujer mayor sonrió con ternura.

—A veces las personas que más necesitan encontrarse son aquellas que menos esperan hacerlo.

Alejandro miró de reojo a Mara, quien apartó la mirada intentando esconder la ligera vergüenza que aquellas palabras le habían provocado.

Para él, aquella simple escena era una pequeña señal de esperanza.

Porque aunque Mara todavía no lo admitiera, algo dentro de ella comenzaba lentamente a cambiar.




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