Mientras Alejandro y Elisa permanecían abrazados en la intimidad de aquella habitación, ajenos al peligro que seguía acechándolos, una figura observaba desde la oscuridad del jardín. Oculto entre los árboles, el hombre enviado por el duque mantenía la vista fija en la ventana apenas iluminada. La tenue luz de los candelabros proyectaba sobre las cortinas las siluetas de los dos jóvenes, suficientes para confirmar aquello que Armando tanto temía. Sin perder un segundo más, el vigilante se alejó con pasos rápidos y silenciosos, atravesó los senderos del palacio y desapareció entre los corredores hasta llegar a la alcoba privada del duque.
Armando aún no se había retirado a descansar. Permanecía sentado frente a la chimenea con una copa de vino entre las manos cuando escuchó los discretos golpes en la puerta. Bastó una orden para que el hombre ingresara. El espía inclinó la cabeza con respeto y relató todo cuanto había visto. A medida que escuchaba el informe, el rostro del duque fue perdiendo la serenidad que tanto se esforzaba por mantener. Sus ojos se endurecieron y sus dedos apretaron con fuerza la copa, hasta el punto de hacerla crujir entre sus manos. Permaneció unos instantes en silencio, como si estuviera acomodando cada pensamiento antes de hablar.
—Me parece imposible que ese hombre no tenga honor —dijo finalmente con un tono frío—. Al final resultó ser uno más de los tantos que se aprovecharon de Elisa. Esto cambia las cosas. No podemos permitir que siga ganándose su confianza. Quiero que esperen el momento adecuado para sacarlo del palacio sin levantar sospechas. Llévenselo a la vieja cabaña del bosque y obliguen a ese campesino a escribir una carta dirigida a mi sobrina. En ella deberá despedirse y hacerle creer que decidió abandonarla por voluntad propia. Cuando Elisa piense que se marchó sin mirar atrás, será mucho más sencillo apartarlo de su vida... y mucho más fácil deshacernos de él para siempre.
El hombre asintió sin hacer preguntas. Conocía demasiado bien a Armando Molina para entender que aquella orden no admitía errores. Se retiró en silencio, dejando al duque completamente solo. Armando caminó hasta el ventanal y contempló la oscuridad que envolvía los jardines del palacio. Una leve sonrisa, tan discreta como inquietante, apareció en su rostro. Estaba convencido de que todo marchaba según sus planes. Ignoraba, sin embargo, que el hombre al que pretendía eliminar no era un simple campesino, sino el heredero del reino, alguien cuya inteligencia y capacidad para anticiparse al peligro habían frustrado amenazas mucho mayores que aquella. Muy pronto descubriría que Alejandro no sería una presa fácil.