El PrÍncipe Y La Prostituta

La verdad interrumpida

El amanecer encontró a Elisa y Alejandro abrazados, envueltos en una paz que ninguno de los dos había conocido antes. Los primeros rayos del sol se filtraban entre las cortinas de la alcoba, bañando la habitación con una luz tenue y cálida. Casi al mismo tiempo, ambos abrieron los ojos y se dedicaron una sonrisa llena de complicidad. Durante unos instantes, el mundo pareció detenerse para ellos. No existían los peligros, ni los secretos, ni las amenazas que los rodeaban. Solo dos corazones que, después de tanto sufrimiento, habían encontrado un refugio el uno en el otro.

Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Mientras contemplaba el rostro de Elisa, Alejandro sintió cómo la realidad volvía a imponerse. Sabía que el Palacio Molina no era un lugar seguro para ella. Cuanto más tiempo permanecieran allí, mayor sería el riesgo. Aquella certeza borró lentamente la sonrisa de su rostro. Elisa, que ya comenzaba a conocer cada uno de sus gestos, percibió el cambio de inmediato. Frunció levemente el ceño y llevó una mano hasta su mejilla.

—¿Todo está bien? —preguntó con dulzura.

Alejandro cubrió aquella mano con la suya y la sostuvo unos segundos antes de responder.

—Creo que ha llegado el momento de que sepas quién soy realmente.

Mientras hablaba, acomodó con delicadeza algunos mechones de cabello que caían sobre el rostro de Elisa. Ella lo observó cada vez más confundida. En todos aquellos días juntos jamás había sentido que él le ocultara algo importante. Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras intentaba descifrar el significado de aquellas palabras.

—¿Qué quieres decir? —susurró, sin apartar la mirada de sus ojos.

Alejandro respiró profundamente. Había llegado la hora de decir la verdad, de contarle que nunca fue el humilde campesino que ella creyó conocer, sino el heredero del reino, el hijo del rey Jacob. Abrió los labios dispuesto a revelar el secreto que había protegido desde el primer día.

Pero un golpe en la puerta interrumpió el momento. Los nudillos resonaron con firmeza al otro lado de la madera. Elisa reaccionó de inmediato. El sobresalto la hizo incorporarse de la cama con rapidez, y la preocupación reemplazó el brillo que hacía unos segundos iluminaba su rostro. Miró la puerta y luego volvió la vista hacia Alejandro.

—¡Levántate! —susurró con urgencia—. Escóndete... no pueden verte aquí.

Alejandro comprendió enseguida el motivo de su reacción. Aunque ambos se amaban, una joven noble no podía ser encontrada a solas con un hombre en su alcoba sin que su honor quedara expuesto ante todo el palacio. Sin perder tiempo, obedeció y buscó un lugar donde permanecer oculto mientras Elisa respiraba hondo, intentando recuperar la calma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.