Mientras Elisa descendía al comedor principal para compartir el desayuno con su tío, Alejandro aguardó unos minutos más dentro de la alcoba. Solo cuando estuvo seguro de que los pasillos habían quedado despejados salió con discreción y regresó a la habitación que el duque le había asignado. Se aseó con rapidez, acomodó su ropa, se lavó el rostro y volvió a vestir las sencillas prendas de campesino que había decidido conservar desde su llegada al Palacio Molina. Podía haberse puesto cualquiera de los elegantes trajes que Elisa le había ofrecido, pero seguir pareciendo un simple sirviente era la mejor forma de mantener oculta su verdadera identidad.
Como cada mañana, se dirigió a la cocina, donde los criados acostumbraban compartir el desayuno antes de comenzar la jornada. Apenas cruzó la puerta, el ambiente cálido y el aroma del pan recién horneado lo recibieron con hospitalidad. Varias cocineras lo saludaron con una sonrisa y una de ellas le sirvió una taza de leche caliente junto con pan, queso y fruta. Alejandro agradeció con humildad y tomó asiento junto a los demás trabajadores, conversando con naturalidad sobre las tareas del día. Nadie sospechaba que aquel joven de modales sencillos era, en realidad, el heredero de la corona. Él disfrutaba esos momentos con la gente humilde; escuchar las historias de los cocineros, las bromas de los mozos y las preocupaciones cotidianas de la servidumbre le permitía conocer el verdadero corazón del palacio, muy diferente al que se mostraba en los grandes salones.
Al terminar el desayuno, un anciano jardinero se acercó para pedirle ayuda con los rosales y los árboles del jardín principal. Alejandro aceptó de inmediato y tomó las herramientas con una sonrisa. Siempre había disfrutado trabajar con la tierra; aquellas labores sencillas le transmitían una paz difícil de encontrar entre los lujos del castillo real. Mientras caminaba hacia los jardines junto a los demás criados, ignoraba que desde la distancia Leonardo seguía cada uno de sus movimientos, cumpliendo al pie de la letra las órdenes del duque Armando. La vigilancia sobre él era cada vez más estrecha, aunque Alejandro, fiel a su costumbre, continuaba actuando con absoluta naturalidad, esperando el momento oportuno para descubrir qué era lo que realmente escondía aquel hombre.