El PrÍncipe Y La Prostituta

Miradas que hablan

Mientras tanto, en el comedor principal del Palacio Molina, el ambiente era completamente distinto. Donde Alejandro había encontrado sencillez y tranquilidad entre los criados, Elisa se enfrentaba a una mesa cargada de tensión y formalidades. Apenas tomó asiento junto a su tío, notó que había un invitado más. Se trataba de un joven noble perteneciente a una influyente familia de la realeza, impecablemente vestido y de modales refinados. Armando no tardó en revelar el motivo de aquella inesperada visita. Con una sonrisa cuidadosamente estudiada, presentó a Elisa como la futura duquesa de la Casa Molina y dejó entrever que el joven había sido invitado con la intención de conocer a quien, quizás, podría convertirse en su esposa.

El caballero se mostró respetuoso en todo momento. Conversaba con elegancia, hacía preguntas prudentes y procuraba que Elisa se sintiera cómoda. Sin embargo, ella apenas podía sostener la conversación. Respondía por educación, pero su corazón estaba en otra parte. La noche anterior había cambiado su vida por completo y ya no era capaz de imaginar un futuro al lado de otro hombre que no fuera Alejandro. Más de una vez estuvo a punto de pedirle a su tío hablar en privado para contarle lo que sentía y revelarle que había entregado su corazón, pero comprendió que aquella no era la ocasión. Delante de un invitado tan importante, esa conversación tendría que esperar.

En los jardines, completamente ajenos a lo que ocurría en el comedor, el anciano jardinero caminaba junto a Alejandro mientras le explicaba cuáles eran las plantas más antiguas del palacio y cuáles necesitaban un cuidado especial. Alejandro lo escuchaba con atención y de vez en cuando sonreía ante las anécdotas del viejo, que parecía conocer cada rincón de aquellos terrenos desde hacía décadas. Fue entonces cuando, casi por instinto, Alejandro levantó la vista. Las grandes puertas del comedor se abrieron y vio salir a Elisa acompañada por su tío y el joven noble. Los tres caminaron hacia la amplia terraza del palacio, donde los sirvientes ya habían dispuesto una elegante mesa para compartir el té de la mañana. El caballero conversaba con cortesía mientras Armando sonreía complacido, convencido de que aquel encuentro avanzaba según sus planes. Elisa respondía con educación, aunque su atención parecía escapar constantemente hacia otro lugar.

Al tomar asiento, sus ojos descendieron de manera inevitable hacia los jardines y encontraron a Alejandro entre los rosales, conversando con el anciano jardinero. Él también la vio. Durante unos instantes, el tiempo pareció detenerse. No hicieron gesto alguno que pudiera despertar sospechas; bastó una mirada y una leve sonrisa compartida para recordarles lo que habían vivido la noche anterior. Ninguno de los presentes pareció advertir aquel silencioso encuentro, pero desde la distancia Leonardo observaba cada movimiento con atención. Aquella simple mirada terminó de convencerlo de que el supuesto campesino ya ocupaba un lugar demasiado importante en el corazón de Elisa.




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