Enseguida, la orden del mayordomo llegó hasta los oídos de Alejandro. El joven escuchó con atención la petición de dirigirse al mercado para buscar los víveres y, aunque una ligera sospecha cruzó por su mente, decidió no darle demasiada importancia. Todavía no conocía realmente a Armando ni alcanzaba a comprender hasta dónde podía llegar el duque para conseguir lo que quería. Alejandro solo pensaba que, si se trataba de otro intento por apartarlo de Elisa, podría manejar la situación sin demasiadas dificultades. Su seguridad en sus propias capacidades terminó haciéndolo subestimar a aquel hombre, pues confiaba demasiado en que podría anticiparse a cualquier peligro. Por eso aceptó el encargo sin protestar, tomó las bolsas destinadas a las compras y se preparó para abandonar el palacio junto al otro criado.
Lo que Alejandro desconocía era que aquella salida había sido cuidadosamente preparada. En el mercado ya había varios hombres distribuidos entre los puestos, fingiendo ser comerciantes, viajeros y simples habitantes del pueblo. Todos esperaban su llegada y conocían exactamente lo que debían hacer. Esta vez Armando había aprendido de los errores anteriores y había preparado una trampa mucho más discreta, sin dejar cabos sueltos que pudieran despertar sospechas. Alejandro caminaba confiado, pensando que se enfrentaría nuevamente a hombres fáciles de controlar, sin imaginar que esta vez no tendría delante a unos simples matones improvisados. Sin saberlo, avanzaba directamente hacia una emboscada preparada especialmente para él. Había subestimado a Armando y estaba a punto de descubrir que aquel duque era mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Finalmente, los hombres lograron atrapar a Alejandro y lo trasladaron hasta una vieja celda abandonada, ubicada a pocos kilómetros del mercado. El lugar estaba oculto entre construcciones deterioradas y apenas recibía luz a través de una pequeña abertura en la pared. Eran más de seis hombres y, una vez dentro, se abalanzaron sobre él. Alejandro intentó defenderse, pero la superioridad numérica terminó imponiéndose. Recibió varios golpes antes de quedar de rodillas, con el rostro ensangrentado y la respiración agitada. A pesar del dolor, levantó la mirada hacia sus captores y escupió un hilo de sangre antes de hablar con absoluta seguridad.
—No saben con quién se están metiendo —susurró.
Los hombres se miraron entre ellos y soltaron varias carcajadas. Uno de ellos se acercó, lo tomó del cabello y levantó su rostro con desprecio.
—Claro que lo sabemos. Eres un simple campesino soñador que creyó que podía quedarse con la sobrina del duque. Ahora escribe una carta donde te despidas de ella —ordenó mientras le arrojaba un papel y una pluma a los pies. Después se inclinó y le escupió en el rostro.
Alejandro apretó la mandíbula, pero no perdió la serenidad.
—No escribiré ninguna carta.
El hombre sonrió con malicia y se agachó frente a él.
—Entonces tendrás que elegir entre tu orgullo y tu querida Elisita.
Aquellas palabras cambiaron la expresión de Alejandro. Hasta ese momento había soportado los golpes y las amenazas pensando que todo aquello terminaba con él. Pero cuando mencionaron a Elisa, su instinto protector despertó con toda su fuerza.
—Es su tío... —murmuró, intentando encontrar una explicación que lo tranquilizara—. No sería capaz de hacerle daño.
El hombre soltó una carcajada seca.
—¿Todavía piensas que no es peligroso? Ya la vendió una vez a Mister Chio, un delincuente dedicado al tráfico de mujeres. ¿De verdad crees que ahora le temblará la mano? El duque Molina no es un hombre dispuesto a perder lo que considera suyo.
Alejandro guardó silencio. Aquellas palabras atravesaron sus pensamientos como una espada. Hasta ese momento había considerado a Armando un hombre ambicioso, manipulador y desconfiado, pero no había imaginado hasta dónde podía llegar. Ahora las piezas comenzaron a encajar. La vigilancia, los intentos de alejarlo, los hombres escondidos en el palacio y aquella emboscada no eran hechos aislados. Todo formaba parte del mismo plan.
Por primera vez desde que habían llegado al Palacio Molina, Alejandro comprendió la verdadera magnitud del peligro que rodeaba a Elisa. Su propia vida podía estar en riesgo, pero eso dejó de importarle en cuanto comprendió que ella ha sido víctima de su tío en todos estos años. Levantó lentamente la mirada hacia los hombres y observó la hoja que permanecía en el suelo. Su mente comenzó a trabajar con rapidez.