El PrÍncipe Y La Prostituta

La carta

Alejandro tomó lentamente la pluma que uno de los hombres lo había obligado a sostener y permaneció unos segundos contemplando el papel en blanco. Sabía que no podía enfrentarse a ellos en ese momento; eran demasiados y cualquier movimiento imprudente podía poner a Elisa en peligro. Respiró profundamente y comenzó a escribir, procurando que cada palabra sonara como una despedida verdadera, tal como Armando había ordenado. Escribió que debía marcharse, que lo ocurrido entre ellos había sido un error y que no podía continuar a su lado. También dejó aquellas frases que sabía que destrozarían el corazón de Elisa, asegurándole que no regresaría y que lo mejor para ambos era olvidar lo que habían vivido juntos. Cada línea le pesaba más que la anterior, porque no estaba escribiendo una simple carta; estaba construyendo con sus propias manos una mentira destinada a romper el corazón de la mujer que amaba, pero también a proteger su vida.

Apenas Alejandro terminó de escribir, uno de los hombres se acercó y le arrancó la hoja de las manos sin darle siquiera tiempo de doblarla. La revisó rápidamente, comprobando que la despedida coincidiera con las instrucciones recibidas, y luego se la entregó a otro de los hombres para que la llevara al palacio. Alejandro permaneció sentado en aquel rincón de la vieja celda, con la mirada perdida en aquel lugar llena de humedad. Cuando los hombres salieron y la puerta de hierro volvió a cerrarse, el silencio del lugar se hizo insoportable. Agachó la cabeza y dejó escapar todo el dolor que había contenido frente a sus captores. Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas mientras imaginaba a Elisa leyendo aquellas palabras y creyendo que él había decidido abandonarla.

Se cubrió el rostro con ambas manos, intentando recuperar la compostura, pero esta vez no pudo contenerse. Pensó en su sonrisa, en la manera en que lo miraba, en aquella confesión que había cambiado su vida, en la promesa silenciosa que se había hecho de protegerla y en el grave error de haberla llevado hasta aquel palacio. Todo parecía desmoronarse frente a él. Sabía que aquella mentira podía destrozar el corazón de Elisa, pero también sabía que, mientras ella permaneciera con vida, todavía existiría una oportunidad para volver a encontrarla. Apretó los puños y respiró profundamente, obligándose a recuperar la calma. El dolor no podía vencerlo. Si Armando creía que aquella carta significaba el final, estaba equivocado. Alejandro todavía tenía una batalla que librar y, cuando consiguiera escapar de aquella celda, regresaría por Elisa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.