El PrÍncipe Y La Prostituta

El engaño bien tramado

Uno de los hombres regresó al Palacio Molina con la carta cuidadosamente doblada y se dirigió directamente hacia Leonardo. El hombre de confianza del duque la tomó sin hacer preguntas y, después de asegurarse de que nadie los hubiera visto, lo condujo hasta el despacho de Armando. El duque se encontraba junto a la ventana cuando recibió el papel. Lo abrió lentamente y recorrió cada línea con atención. A medida que avanzaba en la lectura, una expresión de satisfacción apareció en su rostro. Al terminar, dejó escapar una breve sonrisa cargada de malicia y levantó la mirada hacia el hombre que había cumplido su encargo.

—Excelente trabajo, soldado —dijo con frialdad—. Ahora quiero que hagas algo más. Roba las joyas que pertenecieron a la madre de Elisa.

El hombre lo observó con cierta sorpresa, sin comprender del todo aquella nueva orden.

—¿Las joyas de la difunta duquesa?

Armando asintió, apoyando la carta sobre el escritorio.

—Exactamente. Quiero que desaparezcan de sus aposentos y que parezca que ese campesino se las llevó consigo. Cuando Elisa descubra que Alejandro no solo la abandonó, sino que también tomó las joyas de su madre, su dolor se convertirá en decepción. Quiero que deje de recordarlo como el hombre que la salvó y comience a verlo como otro hombre que utilizó su confianza.

Una sonrisa oscura volvió a dibujarse en el rostro del duque mientras contemplaba la carta.

—Cuando alguien pierde la confianza en una persona, resulta mucho más sencillo arrancarla de su corazón. Y eso es exactamente lo que quiero conseguir con Elisa.

Al caer la tarde, Elisa llevaba horas buscando a Alejandro por todo el palacio. Había recorrido los jardines, la cocina, las habitaciones de los criados y hasta los establos, pero nadie parecía saber dónde se encontraba. La preocupación comenzaba a crecer dentro de ella mientras caminaba por uno de los grandes salones, mirando hacia cada puerta con la esperanza de verlo aparecer en cualquier momento.

—¿Dónde te metiste, Alejandro? —se preguntó en voz baja, deteniéndose unos segundos.

Fue entonces cuando Armando apareció en el salón con una expresión tranquila, como si nada fuera de lo común estuviera sucediendo. Al verla tan inquieta, se acercó con naturalidad.

—¡Querida! —la saludó con una sonrisa.

Elisa se volvió hacia él de inmediato.

—Tío, ¿no has visto a Alejandro por aquí? —preguntó mientras dirigía la mirada hacia los pasillos.

Armando fingió pensar durante unos segundos antes de responder.

—No. Esta mañana lo envié al mercado y todavía no ha regresado.

Elisa frunció el ceño. Una sensación desagradable comenzó a apoderarse de ella.

—¿Y si le pasó algo?

—No lo creo —respondió Armando con serenidad—. En el pueblo no suelen ocurrir robos ni problemas de ese tipo. Seguramente se entretuvo con alguna cosa y no tardará en regresar. No tienes motivos para preocuparte.

Elisa quiso creerle, aunque su corazón continuaba inquieto. Mientras tanto, lejos de aquel salón, Leonardo se encontraba dentro de los aposentos de Elisa. Había esperado el momento adecuado para entrar sin ser descubierto y registraba cuidadosamente sus pertenencias hasta encontrar el pequeño cofre donde guardaba las joyas que habían pertenecido a su madre. Lo abrió, tomó las piezas y dejó sobre el lecho la carta de Alejandro. Después de comprobar que todo pareciera estar en orden, abandonó la habitación sin dejar rastro, llevando consigo las joyas.




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