La tarde siguió avanzando hasta convertirse lentamente en noche, y la preocupación de Elisa terminó transformándose en verdadero miedo. Sentada junto a su tío en el salón, apenas tocaba la taza de té que sostenía entre las manos. Sus pensamientos regresaban una y otra vez a Alejandro, a su ausencia inexplicable y a la sensación cada vez más fuerte de que algo terrible podía haberle ocurrido. Finalmente dejó la taza sobre la mesa y levantó la mirada hacia Armando.
—Estoy segura de que a Alejandro le pasó algo. Manda a algunos hombres a buscarlo —dijo con firmeza. No sonó como una petición, sino como una orden nacida de la desesperación.
Armando mantuvo la serenidad y asintió lentamente, fingiendo compartir su preocupación.
—Tranquila, querida. Claro que los enviaré.
Con un discreto movimiento de su mano llamó a Leonardo. El hombre se acercó y esperó las instrucciones.
—Por favor, envía a varios hombres hasta el mercado. Quiero que busquen a Alejandro por todos los rincones del pueblo y que no regresen sin tener noticias de él —ordenó Armando con un tono firme.
Leonardo inclinó la cabeza y se retiró para cumplir la supuesta búsqueda. Ninguno de los dos necesitaba decir nada más. Ambos conocían perfectamente el paradero de Alejandro y sabían que aquella búsqueda no tenía como objetivo encontrarlo. Era una parte más de la mentira que estaban construyendo alrededor de Elisa, una representación cuidadosamente preparada para hacerle creer que todos estaban intentando encontrar al hombre que amaba. Armando volvió su atención hacia su sobrina y adoptó nuevamente una expresión de preocupación, mientras Elisa permanecía con las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando hacia la puerta con la esperanza de verlo aparecer en cualquier momento.