Finalmente, Elisa subió a su alcoba para descansar unos minutos mientras esperaba noticias de Alejandro. Apenas entró, cerró la puerta y se acercó al espejo, observando su reflejo como si pudiera encontrar allí alguna respuesta que calmara la angustia que llevaba horas creciendo en su pecho. Se quitó el peinado con manos temblorosas y dejó que su cabello cayera libremente sobre sus hombros; después se despojó del vestido y se puso una bata sencilla antes de sentarse sobre la cama. Dejó caer lentamente el cuerpo sobre el colchón, intentando respirar con calma, pero al acomodarse entre las sábanas sus ojos encontraron algo que no había visto al entrar. Sobre el lecho descansaba una hoja doblada. No llevaba su nombre, pero Elisa supo de inmediato que estaba destinada a ella. Se incorporó con el corazón acelerado, tomó la carta entre sus manos y respiró profundamente antes de abrirla.
Las primeras líneas fueron suficientes para provocarle un vuelco en el corazón. Sus ojos recorrieron las palabras una y otra vez, negándose a aceptar lo que estaba leyendo. Al llegar al final, permaneció en silencio, con la carta entre las manos y la mirada perdida. Durante unos segundos quiso pensar que se trataba de una broma, de un error o de alguna explicación que todavía no alcanzaba a comprender, pero conocía a Alejandro. Él jamás habría jugado con sus sentimientos de una manera tan cruel. Una mano temblorosa se llevó hasta su pecho mientras los recuerdos del pasado regresaban sin pedir permiso. Recordó las voces de aquellos hombres que durante años habían utilizado sus heridas para humillarla, las palabras que tantas veces habían conseguido hacerla sentir menos que una persona.
—Eres una simple prostituta. Nadie jamás te tomará en serio. Estás manchada.
Aquella voz seguía viviendo en algún rincón de su memoria, esperando el momento para regresar y recordarle todo aquello de lo que había intentado escapar. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. Elisa apretó la carta contra su pecho y negó lentamente con la cabeza, como si hacerlo pudiera cambiar aquellas palabras. El dolor se volvió tan profundo que sintió que le faltaba el aire. Se llevó las manos al rostro y se quitó el maquillaje con movimientos desesperados, desordenando después su cabello mientras las lágrimas continuaban cayendo. Finalmente levantó la mirada hacia el espejo. Frente a ella ya no estaba la joven elegante que había regresado al Palacio Molina, sino una mujer destrozada por el miedo de volver a ser abandonada. Sus labios temblaron antes de pronunciar aquellas palabras.
—Era demasiado bello para ser real...
Y entonces se dejó caer sobre la cama, abrazando la carta contra su pecho mientras lloraba amargamente, sin saber que cada palabra que acababa de leer era una mentira cuidadosamente construida para separarla del único hombre que había conseguido hacerla creer nuevamente en el amor.