El PrÍncipe Y La Prostituta

El infiltrado de Edmud

Mientras tanto, muy lejos del Palacio Molina, Alejandro permanecía encerrado en aquella vieja celda, sentado sobre el suelo de piedra y abrazando sus rodillas para conservar un poco de calor. El frío y la humedad de la noche se habían calado hasta sus huesos, y no existía nada en aquel lugar que pudiera protegerlo. Estaba solo, acompañado por el viento que se filtraba entre las grietas de las paredes y por sus propios pensamientos, que no dejaban de regresar a Elisa. Cada segundo le parecía una eternidad. Lo que más le dolía no eran las heridas ni el frío, sino imaginar el sufrimiento de la mujer que amaba al leer aquella carta. Mientras tanto, en el Palacio Molina, un hombre que trabajaba como cocinero cumplía discretamente una misión encomendada por el reino: permanecer cerca del príncipe y protegerlo sin revelar su verdadera identidad.

El cocinero llevaba tiempo desempeñando sus labores con absoluta normalidad, atento a cualquier situación que pudiera poner en peligro a Alejandro. Hasta ese momento no había tenido motivos concretos para sospechar del duque Armando; simplemente cumplía su tarea de mantenerse cerca del príncipe y observar lo que ocurría a su alrededor. Sin embargo, aquella noche algo cambió. Alejandro había salido hacia el mercado y no regresó. Al escuchar los comentarios de los criados y comprobar que nadie sabía explicar su paradero, una inquietud comenzó a crecer dentro de él. Entonces recordó algunas actitudes extrañas que había observado en los últimos días y empezó a preguntarse si podían estar relacionadas con la desaparición del príncipe.

No quiso sacar conclusiones apresuradas, pero tampoco podía ignorar aquella posibilidad. Esperó hasta encontrar un momento seguro, salió discretamente del palacio y corrió hacia el pueblo para enviar un mensaje urgente a Edmund. En la carta explicó que Alejandro llevaba horas desaparecido, que nadie parecía saber dónde estaba y que, aunque todavía no podía afirmarlo, comenzaba a sospechar que el duque Molina podía estar involucrado. El mensaje partió de inmediato hacia el detective. El hombre regresó al palacio antes de que alguien notara su ausencia, retomando su lugar entre los cocineros como si nada hubiera ocurrido. Mientras Alejandro soportaba la fría noche encerrado en aquella celda y Elisa lloraba sin saber la verdad, una pequeña sospecha acababa de convertirse en la primera pista que podía conducir hasta él.




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