Finalmente, Elisa consiguió calmarse un poco después de llorar hasta quedarse sin fuerzas. Necesitaba despejar la mente, así que entró al baño y dejó que el agua tibia recorriera su cuerpo mientras intentaba ordenar todo lo que estaba sucediendo. Sin embargo, las palabras de la carta seguían repitiéndose en su cabeza. No lograba entender cómo Alejandro podía haber cambiado de opinión de una manera tan repentina, pero una parte de ella todavía se negaba a creer que la hubiera abandonado. Después de unos minutos salió de la ducha, se envolvió en una bata y regresó hasta el tocador para cepillar su cabello.
Fue entonces cuando algo llamó su atención. Elisa abrió el pequeño joyero donde guardaba las piezas que habían pertenecido a su madre y se quedó completamente desconcertada al encontrarlo vacío. Lo tomó entre sus manos y comprobó una y otra vez el interior, como si las joyas pudieran aparecer de repente. Su respiración se volvió pesada mientras las piezas del engaño comenzaban a encajar en su mente. Alejandro conocía sus verdaderos orígenes. Él había sido quien la llevó hasta el Palacio Molina. También sabía que aquellas joyas tenían un enorme valor. Entonces recordó la carta que acababa de leer y sintió que una terrible posibilidad comenzaba a tomar forma.
—No... —murmuró, llevándose una mano al pecho.
La explicación que tanto había intentado rechazar comenzó a parecerle la única posible. Alejandro no la había amado. Había conocido su historia, había ganado su confianza y la había conducido hasta el lugar donde podía conseguir aquello que buscaba. Después de llevarse las joyas, simplemente había desaparecido. Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos mientras una profunda decepción reemplazaba al amor que todavía intentaba defenderlo dentro de su corazón. Sin saber que todo aquello formaba parte del cruel plan de Armando, Elisa terminó creyendo exactamente lo que su tío quería hacerle creer.
Alejandro era un estafador.
Y lo peor de todo era que ella lo amaba con todo el corazón.