El príncipe zorro de las nueve colas

13. Los milagros no existen, pero los héroes sin capa sí

El momento de la ejecución había llegado. Los guardias se aseguraron de que Liam se mantuviera despierto para la ceremonia a base de golpes. Método controversial, pero dolorosomente efectivo.

En cuánto su cuerpo fue esposado al poste metálico en el centro de la explanada, los rostros del público se llenaron de horror. El zorro estaba irreconocible por tanto daño infringido. Sus mismos hermanos, que han visto decenas de momentos violentos y no aptos para aquellos de estómagos sensibles, se asustaron por ver a Liam. Nunca esperaron verlo tan débil, lastimado y moribundo, mucho menos imaginaron ser testigos de su fusilamiento.

Por su parte, el rey, acompañado de sus generales a los costados, descansa en su trono junto a su reina sin perder de vista al condenado. Solo será una sentencia más.

El director de ceremonia recordó a los presentes con una voz firme y profunda que el fusilamiento se lleva acabo por cometer una alta traición a la Corona y sus palabras. Una campana sonó para confirmar la verdad en lo dicho; el sonido hizo retumbar las orejas del zorro. Ojalá ese sonido que tanto le gustaba apreciar pudiera representar algo diferente, otro que no fuera su momento final.

El verdugo, con su característica túnica negra, se acercó hasta el zorro para desenvainar su espada. No había que hacer más teatro, solo atravesaría su pecho hasta tocar el frio metal del poste y es todo.

Liam no quiso ver con claridad cómo la navaja abría su pecho, así que cerró los ojos y solo deseó que todo acabara rápido.

La espada estuvo a nada de tocarlo tras agarrar impulso, pero el sonido de una cuerda y algo rebanando el aire rompió el silencio mortal.

El zorro abrio los ojos de golpe por la conmoción del público, vio su reflejo en el pedazo de navaja que había caído cerca de él, segundos después, un atizador se enterró en la tierra.

Su respiración agitada no le impidió susurrar con esperanza y anhelo:

—Adela...

La mujer estaba en una de las entradas de la arena, sosteniendo su arco cargado con una flecha y caminando hasta el centro del lugar. No era una pieza cualquiera, era parte del paquete que su príncipe le había regalado hace muchos ayeres, aunque mejorado para el ataque.

Con veracidad y valentía se posicionó frente al zorro y apuntó al verdugo sin temblar.

—No voy a permitir que lo lastimen más —aclaró firme.

Los guardias comenzaron a salir de los rincones, dispuestos a retirar al intruso de la arena. Pudieron hacerlo, pero su instinto de supervivencia los hizo detenerse. Aunque Adela solo tenía una flecha cargada, tenía a cada uno de los presentes controlado sin saber explicarlo.

La mujer comenzó a emanar una aura poderosa, dueña de mucho poder. A pesar de no ver, era posible sentirla: los árboles se agitaron con el violento aire, el sol comenzo a quemar con más fuerza, las nubes quisieron volverse una sobre la arena con lentitud y la tierra bajo los pies de los hombres armados quiso volverse movediza para atraparlos. El público comenzó a alarmarse, estaban siendo testigos del verdadero poder protector de Adela, uno que solo brota debido al cariño verdadero.

Al confirmar que los guardias no se interpondrían más, la flecha cambió de blanco y se dirigió directo al rey.

—Usted no debería ser llamado rey —exclamó Adela con fuerza—, ¿cómo es capaz de hacerle esto a su propio hijo? No merece ser padre.

La gente se alborotó ante las palabras, sin embargo, el rey mantuvo la compostura.

—Si va a matarlo —bajó su arma—, tendrá que matarme con él. No hay nadie más para mí en el mundo con quién quiera pasar la vida. Tendrá que buscarse a alguien más para que siga cumpliendo su dictadura ciegamente.

El rey pudo mostrar repudio por la cursilería exclamada, más se limitó a hacerle una pregunta al condenado.

—Es vergonzoso que una mujer tenga que dar la cara por un hombre. Termina de decepcionarme con tu voz... ¿qué dices en tu defensa? —lo miró fijo.

Liam mantenía la mirada en el suelo, lo pensó detenidamente y acató la indicación.

—Como su príncipe mi deber es apoyarla en todo momento, incluso ahora con su liderazgo y valentía. Amo besar, amo abrazar, amo agarrarla de la mano, amo el contacto físico y si mi condena es morir por amar de verdad, que así sea.

Adela aceptó su destino y abrazó la cabeza de Liam sin resentimientos o dudas. Cumplirá con su propia palabra: «si no puedo salvarlo, moriré con él».

Sin más ganas de discutir y al ver que sus guardias estaban indefensos, el rey aceptó condenar a un nuevo integrante de la familia. No era lo que tenía planeado, pero al menos se iba a quitar de encima a un par de piedras en el camino.

—El río de sangre reescribirá las huellas de esta familia —se levantó y mostró en su mano un tridente de un material parecido a la obsidiana, lleno de detalles afilados y finamente pulidos—. Quisieron arrastrar su vergüenza hasta estas alturas... y se pudrirán en su propia miseria.

Las puntas del tridente brillaron con los rayos del sol, iba a abandonar la mano de su portador, hasta que una voz en alto rompió la fúnebre tensión.

—¡No lo merecen!

El centenar de ojos se dirigieron al príncipe blanco, quien a pesar de haber interrumpido la acción de la Corona, mantiene la vista fija en la pareja.

«¿Otro que se revela?», pensó más de uno. El rey lo miró a su lado, con intriga y cierta modestia.

—Su majestad, no puedo evitar expresar la frustración y vergüenza que me produce ver la patética escena de los rebeldes. Como primer heredero y general de aquel ejército al que el presente prisionero tuvo el honor de pertenecer y que desperdició por un tonto privilegio a los sentimientos, pido su real permiso para decidir el destino de ambos; no merecen sus palabras y decretos reales —exclamó con total desprecio.

Todos se quedaron paralizados, pero el rey, fuera de negarse y ordenarle que guardara silencio, se sintió orgulloso de ver que alguien entiende lo que es el verdadero deshonor. Cyfael podría ser el hijo del que más se ha sentido orgulloso, pues nunca lo ha defraudado.




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