El príncipe zorro de las nueve colas

Las vidas ficticias salvan vidas reales

Adaptarse al nuevo pueblito fue muy sencillo, mucho más por el compañerismo de los pequeños seres con caparazones. La pareja aprendió de hierbas gracias a estantes de almacenaje donde se depositaban las recolecciones de plantas y cada una de estas tenía descripciones, porciones y procesos; la medicina natural era el fuerte de los erizos. De hecho, había una curandera muy respetada, era fácil identificarla, pues se transportaba en un oso durante sus recorridos.

También aprendieron sobre recolección de algunos alimentos sumamente extraños (como setas o raíces comentibles) y construcción de mecanismos muy útiles para reciclar el agua. Y como no hablar de la construcción de ese nuevo hogar. En su mayoría de madera, sí, pero con conocimientos de mayor estabilidad por parte de Liam.

El primer día que vieron su nueva cama, fabricada por ellos mismos, fue como apreciar a un nuevo miembro de la familia.

—Es más pequeña que la del castillo —comentó Liam, sin poder ignorar el recuerdo de lo que era vivir en aquel lugar.
—Todo es más pequeño de lo que había en el castillo —dijo Adela con obviedad.
—Menos el amor que siento por ti.

El zorro dijo lo que dijo por simple ocurrencia, más se olvidó de las hormonas de su mujer. Decidida lo empujó hacia la cama.

—Vamos a estrenar —exclamó coqueta para comenzar con sus juegos.

🍁

El momento emotivo donde la dama encuentra comodidad sobre el torso del hombre tomó lugar a altas horas de la madrugada. Compartían una bonita conexión, pero la elfa detectó esa misma incomodidad que llevaba atormentando al zorro durante varias noches atrás.

—¿Qué? ¿No piensas dormir hoy?
—Apostaría a que te despertaré con mis pesadillas —dijo cansado—. Cada noche es igual.
—Bueno, quizá este nuevo colchón cambie las cosas.
—Oye... ¿no hay algún hechizo en tu mente que... me ayude a olvidar?

La cuestión preocupó a la elfa.

—¿Quieres olvidar tu pasado?
—Quizá solo lo que duele.
—Liam, de eso no se trata la vida. No tienes que ocultar tu pasado, tienes que aprender de él.
—O aprender a vivir con él... y no me siento capaz de eso.

Ambos tomaron una posición más seria en la cama para poder verse de frente y hablar.

—No quiero perjudicarte con esto, Adela. Es que... —su pausa evidenció frustración—, estoy cansado de esto. ¿Cuánto tiempo más me va a torturar el subconsciente? Me aterra pensar que jamas voy a poder domir de nuevo. ¿En serio hice algo tan malo como para tener que sufrir a estas alturas? A veces me pregunto... si las cosas hubieran podido ser diferentes.
—Crees... que nunca podrás hacer las pases tu pasado, ¿verdad?

El zorro agachó las orejas.

—Solo me hubiera gustado que las cosas no terminaran tan mal con mi famiia. Al menos, que no me vieran como una escoria. Aún con todo lo ocurrido, extraño a todos. Y pensé que... si los olvidaba no habría más dolor. No quiero que mi estado afecte nuestra relación —finalizó como plegaría eterna.

La pareja terminó conciliando el sueño con incertidumbre en el corazón. La mujer odiaba ver a su esposo así y si bien podía cumplir su petición, era lo último que quería. De hacerlo, Liam quedaría vacío, pues el pasado, aunque duela, es lo que define lo que es hoy. No sería justo obligarlo a vivir con terrores nocturnos pudiendo cambiar eso, ¿verdad?

🍁

Tanto Liam como Adela se acoplaron a realizar ciertas labores para ayudar a los erizos en la aldea. Adela estaba cerca del área de botánica y Liam ayudaba con las cargas pesadas en los sembradíos. Los topos sacaban vegetales de la tierra y frutos de los arbustos domésticos, los clasificaban en bultos y Liam los llevaba con los "cocineros" para repartir insumos. Al final dejaba el resto en las chozas que hacían de bodegas.

El proceso se repetía hasta terminar la cosecha; el zorro estaba feliz de poder ayudar.

Cuando llegó de un viaje para tomar una nueva carga, un erizo llegó corriendo con él muy asustado. Una simple traducción sería que vio algo gigante e inquieto en las orillas del bosque y como seres paranoicos que son, el chisme se corrió muy rápido. Los seres comenzaron a agruparse y se metieron en sus caparazones sin dejar de temblar; parecían sonajas de piso.

Como buen guardia, Liam no se tomó la inquietud del grupo a la ligera. Trató de calmarlos y dijo que iría a investigar para descartar o encargarse del peligro. Tomó su lanza y fue en dirección a donde se hizo el avistamiento.

Concentrado en su nueva misión y como todo un general retirado, comenzó a buscar rastros de aquello que había alertado al erizo. El bosque estaba en silencio, tranquilo y apacible. Encontró un rastro de tierra fresca esparcida por un rumbo sin sentido, como sí algo hubiera pasado a toda velocidad.

No había nada en los árboles, nada en la hierba alta, ¿qué había alarmado al hombrecillo entonces?

Quien quiera que estuviera merodeando por el sitio o sabía lo que hacía o quería confundir a nuestro ex general. De algo estaba seguro, si era un bandido lo iba a encontrar y se iba a encargar de él.

🍁

Los minutos pasaban y por más rastros en la tierra que encontraba no daba con el responsable. ¿Cómo era posible? Aquel hombrecillo mencionó algo gigante, nada que fuera de ese tamaño podría pasar desapercibido. El zorro detectaba sonidos, pero terminó por aturdirse demasiado; el rebote en los árboles no ayudaba en nada.

Cuando estuvo a nada de concluir el caso como una muy extraña anomalía, el misterioso ser hizo acto de presencia. Se escuchó claramente como algo corría a toda velocidad hacia Liam, el problema es que era imposible saber desde qué dirección.

Con la lanza lista para atacar, el zorro vio en todas direcciones sin dar con algo en movimiento. La adrenalina terminó por explotar cuando alguien lo empujó fuertemente por detrás, dándole una buena revolcada entre la hierba. Reaccionó rápido, empuñó su arma y apuntó hacia el rival, todo para relajar poco a poco el ceño firme en sus ojos.




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