
El día que me mude, al que sería mi nuevo hogar, llevaba tres años en TWT y a penas un mes como directora general. El miedo, y el vértigo, que sientes el primer día que entras en una redacción como la mía sabiendo que todo aquello es responsabilidad tuya se asemeja al primer día que montas en una caída libre del parque de atracciones. Pero de las más salvajes del mundo, de esas que te dejan caer de ciento treinta metros de altura a una velocidad de ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. A mi la cara de circunstancias me duró cerca de veinte días igual que las cagaleras. Cuando monté en mi primera caída libre también .
Mudarte sin ayuda de tu familia, a lo español, es una tortura. Suerte que los servicios de reparto de por aquí son muy profesionales y algunos vecinos un poco más amables que otros. No es que la simpatía brille por su ausencia en el país pero en este barrio un poco si .
Cinco pisos de altura y un solo ascensor convirtieron el trabajo en una tortura. Para adelantar un poco decidí empezar a subir cajas a pie y , al segundo viaje, pensaba que mis piernas ya no me pertenecían. Me temblaban como si hubiera estado haciendo repeticiones de series de sentadillas y , aunque pensaba que me vendría muy bien dado mi gran absentismo del gimnasio, me daba miedo no ser capaz de dar dos pasos seguidos al día siguiente . Por eso , en el tercer viaje, me vi obligada a parar en la planta tres para reponer mis fuerzas. Como la gente suele ser tan jodidamente oportuna , no llevaba ni cinco minutos sentada cuando un chico apareció por la escalera y se me quedó mirando fijamente. Quién narices , en su sano juicio, subiría andando las escaleras. Entonces recordé que el servicio de mudanzas tenía, prácticamente, secuestrado el ascensor.
- Disculpa.- dije en mi perfecto ingles pero espeso americano.
- Disculpada- aquel chico llamó mi atención por primera vez al contestar en español.
- ¿Eres español?
- Eso creo. Pero llevo tanto tiempo en Estados Unidos que empiezo a dudar. Aun así aun reconozco un acento español cuando lo oigo.
- ¿Estás diciendo que mi inglés es malo?
- No… Estoy diciendo que tu acento es malo.
Me quedé mirándole durante unos segundo pero , finalmente, no pude contener una carcajada. Aquel intento de guiri estirado había conseguido hacerme reír. Estaba empezando a ablandarme. Me levanté para permitirle el paso pero él siguió mirándome con cara de pasmado. No entendía que interrumpía mi merecido descanso y que mi paciencia tenía unos limites bastante marcados. Si al chico le hacía feliz sostenerme la mirada yo estaba dispuesta a jugar a aquel juego pero esperaba que no durara demasiado.
- ¿Te estás mudando?
Le miré a él, miré mis cajas y volví a sostenerle la mirada. ¿En serio? Había dado con el típico lumbreras del Upper West Side?
- Eso parece…- contesté con reticencia.
El desconocido maleducado que ni si quiera se había presentado se acercó hasta mi y me quitó la caja de las manos.
- ¿Dónde hay que dejarlas?
- Quinto piso puerta derecha- Contesté maldiciendo a mi yo interior que prejuzgaba sin dilación.
El desconocido subió los dos pisos que nos separaban de mi apartamento sin ninguna dificultad. Eso me hizo replantearme de nuevo mi mal estado físico. Ya pondría remedio mas adelante si encontraba el momento. Me apresuré a abrir la puerta y le dejé paso. Me incomodaba un poco que verlo cargar con mi caja y yo no llevar nada en las manos.
- Puedes dejarlo ahí mismo- Dije apresuradamente- Te lo agradezco mucho, de verdad.
- Tranquila. ¿Hay más?
- ¿Más?...
- Más cajas que subir.
- ¡Ah! Bueno, si. Pero no te preocupes ya puedo yo sola.
- Tonterías. ¿Qué clase de vecino sería si te dejara subir las cajas sola?
¿Uno que sabe captar las indirectas tal vez? A lo mejor parezco un poco desagradecida pero en realidad odiaba importunar a la gente y, como ya expliqué, odiaba ser el centro de atención y en aquel momento lo era y mucho . Vale, admito que tampoco quería bajar y subir mas veces las escaleras y había decidido dejar esa tarea en manos del servicio de mudanzas.
- Cómo quieras… a por las cajas entonces.
Tardamos cuarenta y cinco minutos en subir el resto. Cuando entre por la puerta de mi apartamento con la última estaba convencida de que me desmayaría en cualquier momento. El corazón estaba apunto de salir disparado de mi pecho y tenia una sensación de quemazón, en la garganta, bastante molesta. Maldito desconocido asquerosamente amable que no podía haberme ignorado como el resto de la humanidad.
Quería ser un poco mas amable que mi subconsciente y quise invitarle a una taza de café. La cafetera y las cápsulas era lo único que tenia a la vista ya que la nevera seguía vacía. Lo acepto… porque además de amable por lo visto es educado, cosa que yo parecía no ser demasiado, y no podía reclinar mi ofrecimiento.
- Solo me queda una cápsula de café y dos de leche. Que mala suerte…
- No es problema- Contestó- Me gusta la leche manchada.
Nos pasamos la siguiente media hora compartiendo un café y repasando los vecinos más excéntricos que podían encontrarse en el edificio, por plantas , además de criticarnos mutuamente por los errores fónicos que cometíamos con el idioma. En realidad yo era quien criticaba su fonética. Eso de que hubiera reconocido mi nacionalidad no me había sentado nada bien así que le recalqué mucho los cuatro años que había pasado en la escuela de idiomas, mi titulación y los años que había pasado en un colegio bilingüe. Tras una pausa oportuna en la que ambos nos habíamos quedado sin argumentos , el desconocido, miró su reloj y se disculpó por tener que marcharse. Volví a agradecerle la ayuda prestada, varias veces, ya que había aprendido que al menos hay que aparentar lo que uno no es y le acompañé hasta la puerta. Cuando estaba apunto de cerrar se dio la vuelta de improviso:
- Por cierto me llamo Tom.
- ¿Tom? ¿Pero no eras español?- Pregunté confundida.
- Bueno más o menos.
- ¿Cómo que más o menos?
- Pues que para mi padre soy Tomás y para mi madre soy Thomas.
Ahora entendía porque Tom, mi desconocido, tenía aquella pronunciación tan jodidamente perfecta y comprendí que había estado haciendo el ridículo durante toda la conversación.
Me despedí del desconocido, ahora Tom, y me dejé caer en el sofá de casi dos metros que rellenaba mi salón comedor.
En aquel momento de soledad y de silencio caí en la cuenta de que aquel iba a ser mi nuevo hogar, mi primer hogar y sonreí de felicidad infinita.