El Principio de mi Caos

CAPÍTULO 3: Resaca de Amor

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CAPÍTULO 3: Resaca de Amor

Todos mis lunes eran de resaca. Resaca de amor. Los fines de semana los pasaba con Tom , prácticamente las veinticuatro horas, y éramos más empalagosos si cabe. Por eso era casi una tortura mortal , para mi, separarme de él para pasar doce horas en la oficina. Un suplicio.
Pero aquel lunes no. Aquel lunes llegué media hora antes. Yo, que acostumbraba a terminar de arreglarme en la oficina. Que una de las veces me di cuenta de que iba en zapatillas y obligué al chofer a dar la vuelta. Pues llegué media hora antes como una campeona. Creo que esta vez mi resaca no era de amor sino, simplemente, de Tom. Una sensación extraña y nueva recorría mi cuerpo y salí huyendo en busca de desconexión mental. Llevábamos un año de relación idílica y no entendía qué era lo que me estaba pasando. Pensaba telefonear a Lena en mi hora del almuerzo y ponerla al día de lo mal que funcionaba mi cabeza. Pero eso tendría que esperar porque tenia infinidad de responsabilidades esperándome en mi mesa.
Intentaba poner mis emails en orden cuando Susan, mi ayudante, llamó con incredulidad a mi puerta. Asomó su pequeña cabecita por el resquicio y me dedicó una sonrisa tímida.
- Perdona Laura, no estaba segura de que hubieras llegado ya. Es que tenemos aquí al becario.
- ¿Qué becario?.- Tened en cuentas que mis neuronas tardaban algo más en despertar.
- El que nos mandan desde la universidad.- Susan se vio obligada a darme más información puesto que mi cara de idiota no variaba- Lo autorizaste hace un par de meses…
- Ah si, si…¿pero eso era para junio no?
- Si… hoy es tres de junio.
Mi cara de idiota ahora ya era de subnormal profunda. Normalmente yo solía ser muy amable y muy simpática. De verdad os lo digo. Pero en ese momento no podía sumar mas cargas a mi mochila y un demonio interior me creció por dentro.
- Que se vaya. He cambiado de opinión no quiero becarios. Que se vaya Susan por favor te lo pido.
La cara de Susan era un poema claro. Cualquiera en su situación , o mejor aun, en su sano juicio se pensaría “muy mucho” lo que contestarle a su jefa neurótica.
- No es buena idea Laura, es un becario un poco especial.
- ¡cómo si es Dios! Quiero que se vaya Susan , por favor encárgate. – A mi es que cuando me dan las pataletas me pierdo.
- Pero Laura… es que es el hijo del director.
- Mierda…- mi gozo en un pozo. Iba a tener que tragarme al niñato con papas- Pues mándalo a por cafés, y así se entera desde ya de lo que es ser becario…
Yo no entiendo como Susan no me mandó a tomar por culo. Seguramente por mantener el puesto porque si no … no me lo explico. Un castañazo me hizo saltar de la silla. Para que me entendáis aclaro que un castañazo es un estruendo de dimensiones desproporcionadas. Algo se había hecho añicos vamos.
Salí del despacho a toda prisa. Mi mala leche se había triplicado. Susan me seguía de cerca desencajada, ella sabía que no era el día más indicado para tocarme las narices. Ante mi falta de amigas, la única que tenía estaba a mas de tres mil quinientas millas, Susan era lo más parecido que tenía a una.no quedábamos en nuestro tiempo libre pero si que habíamos compartido algún almuerzo o alguna compra para la oficina. También habíamos viajado bastante juntas, me gustaba que mi ayudante me acompañara a las reuniones y congresos , me sentía menos sola y me resultaban menos tediosas. No quiero parecer presuntuosa, a estas alturas creo que ya sabréis que no lo soy, pero os tengo que contar que este mundillo esta lleno de mucho maduro salidito que te ven presa fácil si no vas pegado a nadie. Ir con Susan hacía que les diera mas repaso entrarme y , para hacer honor a la verdad, ir con Susan también hacía que se fijaran menos en mi. Hay que ser sincera.
El estruendo provenía de la sala de descanso. Tarde hasta dos minutos en ordenar en mi cabeza los acontecimientos. Miraba el destrozo que tenia ante mis ojos y miraba al muchacho desconocido que había junto a él. Volvía a mirar el destrozo y volvía a mirar al chico. Así hasta tres veces como una imbécil total.
- ¿Pero qué coño…?- dije en español. Cuando me mosqueo me sale insultar, es uno de mis defectos , de mis muchos defectos, y cuando insulto lo hago en español. Siempre. No sé por qué.
Delante de mis ojos tenía un amasijo de porcelana hecha añicos. Porcelana china además. La había comprado hacia a penas un mes, después de remodelar la sala de descanso, porque quería que mis compañeros se sintiesen especial. Y para pegarme el pegote también, a ver…
- ¿Qué ha pasado aquí?- preguntó Susan. Le agradecí que tomara las riendas puesto que mi mente se encontraba divagando por varios kilómetros de allí.
- Lo siento señora.- dijo el mocoso- quería coger una taza y me apoyé… se ve que quién lo haya montado la h cagado era bien.
- ¿Me acaba de llamar señora Susan?
- Creo que me lo ha dicho a mi…- contestó mi ayudante dirigiéndose a mi persona.
- Es igual de insultante Susan. Manda a este personaje a limpiar ese destrozo. Mantenlo ocupado el resto del día.
Hice una salida triunfal , a la altura de mi altanería, y me encerré en mi despacho de nuevo. Notaba como me palpitaba la sien. Con la tontería del becario no me había dado cuenta de la jaqueca que tenía. Rebusqué en los cajones de mi escritorio, siempre tenia ibuprofeno a mano, era una mala adicción. Cuando por fin encontré uno me lo tomé con desesperación y me recosté en mi silla.
Llevaba casi una hora en la oficina y aun no había recibido ningún mensaje de Tom. No me malinterpretéis. No es que me pareciese algo descabellado pero lo normal es que, a esas alturas, ya me hubiera mandado uno. Raro en él. Lo cierto es que no hacía mas que apreciar pequeños detalles que se salían mucho de lo común. Nada bueno. Volví a retomar la tarea de poner al día mis emails. Lo odiaba… la mayoría de ellos eran spam. La mitad eran avisos de los que se encargaba Susan , a la que siempre tenía en copia, y del resto cinco o seis solía ser interesantes. Entre esos cinco o seis encontré el curriculum del niñato becario. Venía de Columbia, como no… pagado por papá. Lo raro es que no viniese de Yale o Harvard, lo típico. Cristhian… bonito nombre. En la foto de su perfil se olía el dinero y los voltajes de lejos… Lo de los voltajes es por el enchufe que le precedía . Acabo de hacer un chiste , para los que no lo hayáis pillado. De lo que si que os habréis percatado es que tengo la gracia en el trasero , por no decir culo. Tenía el pelo bastante desaliñado, lo que en España hubiera sido señal de no ducharte pero que en Nueva York estaba muy a la moda. La camisa Thomas Mason y la camisa desestructurada azul lo terminaba de delatar.
No me gusta prejuzgar, sobre todo porque lo solían hacer conmigo, pero ese día no se me podía aguantar. Lo vi y lo critiqué con mi mente a tope. Odiaba a los pijos de papá y mamá que lo tenían todo en la vida regalado. Y odiaba tener que comérmelo con patatas, a la fuerza, durante seis meses.
Eran las diez y media de la mañana. Hora de desayunar. Mi Whatssap seguía vacío. Perfecto.. mi mal humor crecía por segundos. Quizás era eso lo que me tenía tan encendida y no la falta de café en vena.
El suelo de la sala común seguía lleno de pequeños trocitos de porcelana y de restos de polvo del destrozo que se había formado. El niño rico había recogido el montón mas grande pero se notaba que no había hecho una cama en su vida. Algunas tazas, supervivientes, estaban lavadas y secándose junto al fregadero. El becario estaba sentado y tomándose un refresco como si aquello no fuera con él. Cogí una taza, para echarme café, pero estaban chorreando. Creo que al niño se le había olvidado escurrir el agua de dentro después de lavarlas. Decidí buscar alguna taza que no hubiera caído al suelo pero , como no encontré ninguna, me decidí por un café frío de la nevera.
- Señora siento mucho lo de las tazas. No fue a propósito y, por supuesto, cubriré cualquier gasto que haya ocasionado.
- Por supuesto… porque el dinero no es ningún problema…- murmuré.
- ¿Cómo dice señora?
- Que dejes de llamarme señora. No tengo edad ni para ser tu madre.
- Mi madre tiene cuarenta años.
- Ah… vale.- Un poco joven pero quién era yo para marcar la edad materna- ¿y cuántos años te crees que tengo yo?
- Mmm …
- ¿En serio te lo estás pensando? ¿No entiendes la ironía ? Mejor termina de recoger todo esto y después te pasas por mi despacho para que te ponga al día de tus funciones.
- Claro se…
Lo fulminé con la mirada y no fue capaz de terminar la frase. ¿Pero quién se creía que era? La verdad es que estaba acostumbrada a que las personas me echaran mas edad por el cargo y por el traje de chaqueta pero lo cierto era que cuando me ponía el chándal, y me miraba al espejo, aparentaba mucho menos.
Huí ha refugiarme detrás de mi ordenador. Algo en aquel crío me causaba escalofríos. O quizás, simplemente, era que no lo podía soportar. Me dediqué a buscar mil maneras para hacerlo sufrir el resto de la mañana. Si sus padres no iban a enseñarle lo que era la vida, lo haría yo… Nunca me había sentido tan malvada como en aquel momento pero las cosas, sin lugar a dudas, habían comenzado a cambiar.
Cuando quise darme cuenta habían pasado mis ocho horas de trabajo y, ni una sola vez, me había parado a pensar en mi resaca de amor.




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