El Principio de mi Caos

CAPÍTULO 4: Por mi y por todas mis compañeras

Resultado de imagen de encabezados chick lit

CAPÍTULO 4: Por mi y por todas mis compañeras

Si el reto de la semana había pasado desapercibida en casa, en la oficina había sido un autentico suplicio. Gabriel, que así resultó llamarse el becario, no valía para nada. Sin exagerar, en serio, era un autentico inútil. Mi paciencia se había visto reducida notablemente, en lo últimos días, pero con la llegada de Gabriel ya era casi inexistente. Primero intenté que se dedicara a servís cafés, algo muy común entre las tareas de un becario, al menos por esta zona. Cuando fue a por los cafés, por primera vez, llamó cinco veces por teléfono. Su memoria resultó ser peor que la de un pez. La segunda vez quise adelantarme y le obligué a llevarlo por escrito. Se quejó, porque Gabriel se quejaba por todo, pero me dio igual. Cuando volvió traía ocho cafés … justo lo que le habíamos pedido. Era tan bonito que casi me hace llorar. Pero cuando de verdad quise llorar fue cuando tuve que salir corriendo con una de mis empleadas a urgencias. Resulta que el pequeño genio ni si quiera sabe escribir en condiciones. Así que no entiende ni su propia letra. El café de Loise era sin lactosa pero el aseguraba haber leído sin sacarosa… ¿En serio Gabriel? Quién, en su sano juicio, escribiría sacarosa en vez de azúcar Gabriel…Sin comentarios.
Como lo de los cafés no cuajo demasiado , decidí mandarle cualquier otra función que no pusiese en riesgo la vida de ningún empleado. No quería que me demandasen a aquellas alturas. Le mandé a hacer fotocopias. ¿Qué podía pasar? De las primeras ninguna salió cuadrada. Todas fuera de margen. Era imposible leer las letras del margen izquierdo y, lógicamente, ninguna de ellas servia para nada. Perdía más tiempo intentando explicarle, una y otra vez, como debía colocarlas, que haciéndolo yo misma. Cuando estaba apunto de desistir tuve que atender una llamada y le dejé solo. Total, qué más podía hacer ya. A los cinco minutos se fue La Luz de toda la planta. Gabriel había derramado su vaso de agua sobre la fotocopiadora y había provocado un corto. Un despiste tonto lo tiene cualquiera, ¿verdad?, solo había supuesto el coste de una maquina nueva y el arreglo de la instalación eléctrica. Se ofreció a pagarlo, por supuesto. Otra cosa no pero dinero le sobrara al muchacho. Como ultima instancia lo mandé a sentarse con los chicos de redacción. Quietecito y observando en qué consistía el trabajo. Cada media hora venían a mi despacho para suplicarme que lo mandara a otro departamento. En menos dos horas había pasado por cinco o seis compañeros distintos. Se quejaban de que no cerraba la bocaza y lo intentaba corregir todo. Porque claro, Gabriel, a la vista estaba, entendía de todo.
- Gabriel…
- ¿Señora…?
Respiré hondo… no iba a dejar que el mocoso me sacara de mis casillas. Bueno vale, lo cierto era que ya lo había hecho pero pensaba seguir disimulando. Lo que me faltaba ya era darle la satisfacción de verlo. ¡En cima!
- Se acaban las opciones contigo Gabriel. Te voy a mandar al estudio. Están con un reportaje para el próximo numero. Avisaré a Sharon, nuestra Fotografa, de que vas para allá. – dejé la carpeta que estaba repasando y le miré directamente a los ojos- Te prometo que como Sharon me de una sola queja de ti el próximo departamento al que te mandaré será al de Manuel.
Me di la vuelta camino de mi salida triunfal, tan característica en mi , cuando escuché la exasperante voz de Gabriel a mis espaldas.
- Señora…- maldito imbécil- ¿qué departamento es el de Manuel?
- El de limpieza- contesté sin volverme siguiendo mi camino.

Cuando llegué de nuevo a mi despacho mi teléfono móvil comenzó a vibrar en el bolsillo. Era Lena desde Madrid. Acostumbrábamos a llamarnos durante el desayuno pero aun quedaba media hora. Que extraño. Me recosté en mi silla y descolgué. Era una videollamada.
- Ey Lena. No sabes como me alegro de ver una cara competente al fin.
- ¡Ele! – Ele era su forma de llamarme, por eso de que mi nombre empieza por ele. Un sin sentido si tenemos en cuenta que ella se llama Elena.- ¿qué tal amiga?
- Agobiada tía… ¿recuerdas a Gabriel verdad?
- Como no recordarlo si llevas semanas hablando solo de él.- contestó mi amiga sonriendo.
Era cierto que no hablaba de otra cosa. Pero es que ese demonio encarnado en el cuerpo de un joven hedonis tenía absorbida todo mi tiempo y mi energía. Desde que había llegado a la oficina todo estaba patas arribas y no podía hacer nada sin que alguien viniese a quejarse de el. Encima tenia que comérmelo con patatas por ser hijo de quien era. ¿Qué podía hacer yo? Solo quejarme a mi mejor amiga y tenerla hasta el moño de tanto escuchar mis lamentaciones.
- ¿sabes cual ha sido la última Lena? Están todos hasta el gorro… no hacen más que pasarme sus quejas y yo ya no se qué hacer. ¿Dónde lo pongo? No sabe hacer la o con un canuto Lena. Vale yo tampoco… pero ya me entiendes. Es una pesadilla. ¿Y qué me dices de su afán de protagonismo? Todo lo sabe, de todo entiende, siempre tiene la razón , siempre tiene algo que decir… desde que llegó no hago más que escuchar “Gabriel esto…”, “Gabriel lo otro…” te lo juro…uf…
Cuando me di cuenta mi amiga me miraba a través de la pantalla con cara de circunstancias. Me sentí mal por parlotear sin parar y no haberle preguntado por qué me había videollamado a esas horas.
- Lo siento amiga. ¿Ocurre algo?
Lena cambió la expresión de su cara de repente. Una enorme sonrisa ocupaba todo su rostro . Colocó la mano derecha frente a la pantalla. Acercándola para que yo pudiera ver lo que fuera que quería que viera. Tarde varios segundos en darme cuenta de lo que era. En su dedo anular, donde antes no había nada, llevaba un anillo de oro blanco con un brillante enorme. No soy muy entendida en joyería pero a mi todas las pierdas brillantes me parecían eso, un brillante.
- ¡ No me lo puedo creer!- grité mientras me incorporaba de golpe.
A través de los cristales del despacho pude ver como algunos curiosos miraban hacia mi puerta. Entiendo que no era muy normal oírme gritar a mi que siempre guardaba la compostura en la oficina. Lena seguía sonriendo y sus ojos brillaban como luceros. Se notaba que estaba muy feliz. Yo no sabia como me sentía, no podía reaccionar. Aquella noticia me pilló demasiado por sorpresa. Ni si quiera habíamos hablado del tema ni de una remota posibilidad. ¿Qué había pasado ? ¿Cuántas cosas me había perdido mientras estaba sumida en mi mundo?
- Lena, cariño no sé qué decir… Solo que me alegro muchísimo por ti. ¿Cómo ha sido? Quiero decir, ¿dónde y cómo ha sido?
- Tía increíble… me lo pidió el fin de semana en la playa. Fuimos a pasar un par de días a ese hotelero que nos gusta tanto. Preparó una cena romantiquísima junto al mar, con la puesta de sol y los veleros al fondo…
- ¿En serio? ¿De verdad pasan cosas así ?
- A qué es increíble amiga…
Un nudo comenzó a nacer en mi estómago. No era envidia os lo juro. O quizás era un poco pero de la sana. De esa que se le tiene a una persona a la que adoras a la vez que te alegras muchísimo por ella . Pero sabes que esas cosas tan maravillosas que le ocurren a ti no te pasarán jamas en la vida y entonces la envidias pero con amor.
- Me alegro mucho amiga… de verdad. Y siento tanto no poder estar cerca para ayudarte con todo… Pero mantenme informada por favor. Hasta del mínimo detalle o me enfadaré mucho. Te lo prometo.
- Y yo te prometo que lo sabrás todo Ele. Aunque sea desde la distancia ere mi dama de honor…
Unas lagrimillas se asomaron a mis ojos. Las del lado derecho nacieron con la alegria que sentía por lo mas parecido que tenia a una hermana y por el momento tan importante que sabia que estaba viviendo. Las del izquierdo brotaron por esa envidia sana de la que hablábamos y por saber que aquel momento yo no lo iba a vivir. Y así fue como Tom volvió a mi mente, después de tantos días , y como las lagrimitas se convirtieron en chorros. Lloré… lloré mucho, y desconsoladamente , todo lo que no había llorado en días. Y ya que estábamos decidí que mejor aprovechaba la coyuntura y lloraba por todo lo que tenia que llorar. Y lloré por Tom y por lo mal que sentía que nos íbamos y lo igual que a é le daba. Lloré por Gabriel y lo agobiadísima que me tenía y lo mucho que me llevaba a mis límites. Y lloré por el trabajo y lo agobiada que me sentía por el miedo constante a no dar la talla. Lloré por Gabriela, pero de felicidad, porque sabia lo feliz que ella iba a ser. Y por ultimo, pero no menos importante, lloré por mi y por todas mis compañeras. Esas que, como yo, se sentían solas, por no tener cerca a las personas mas importantes y por haberse sentido queridas y, de repente, haberlo perdido todo.
Y, como ni tranquila puede llorar una, cuando me encontraba en todo mi apogeo la puerta se abrió de repente
con tanta fuerza que golpeó la repisa que se encontraba al lado y un jarrón , carísimo por cierto, se hizo añicos en el suelo.
- Ups… perdón…Ha sido sin querer pero lo pagaré no hay problema- se disculpó Gabriel con la chequera en la mano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.