
El sábado por la mañana me negué a levantarme. A las ocho y media de la mañana, por costumbre, ya había abierto los ojos pero escondí mi cabeza bajo la colcha y puse todo el empeño que pude en volver a dormirme. Una fuerza de atracción inexplicable me mantenía pegada a mi cama. Tom había salido de viaje ,por trabajo, así que estaba sola y sin plan para el fin de semana. En realidad no me sentía sola, al menos no mas de lo habitual. Casi agradecía el hecho de no tener a mi novio al lado ignorándome y haciéndome sentir cualquier cosa menos especial. Parecía ilógico que ahora echara tanto de menos algo que jamás había tenido. Había pasado un año maravilloso y la sensación de tener siempre a alguien con quien hacer planes era maravillosa pero, por lógica, lo normal es echar de menos aquello que tuviste durante más tiempo. En mi caso era la soledad. Sin embargo allí estaba yo, con mi paraíso de pisito de soltera para mi sola con un fin de semana por delante sin nadie que me dijera lo que debíamos hacer y amargada. Dandole vueltas y más vueltas a la historia. Netflix debía envidiar las películas mentales que me montaba en mi cabeza. Era increíble la facilidad que tenia para cambiar el guion en segundos.
Las nueve y media y seguía con los ojos como platos. Mi madre siempre me decía que la vida te cambia en un mini segundo y no te das ni cuenta. Para bien y para mal .
- Tu no le hagas caso a esas niñas Laura- me decía - Que a esas personas que se vienen muy arriba la vida se encarga de bajarlas. Conforme estas aquí- añadía señalando sobre su cabeza- te ves aquí abajo en menos que canta un gallo. Hundido en la mierda. Hasta las rodillas.
Que sabia era mi madre leches. Pero ya podía haber tenido menos razón porque la que se veía hundida en la mierda era yo. ¿Sería eso? ¿Quizás me había venido demasiado arriba con lo de Tom y el karma se encargaba de recordarme que no somos nada?
Las diez menos cuarto y mi cabeza llena de pajas mentales. No recordaba haber hecho nada malo para que el karma entrara en juego. Yo le tenia mucho respeto a eso del karma ¿sabéis? Mas que nada porque le había visto obrar su magia en primera fila. En el instituto, por ejemplo, cuando esas zorras me ignoraban, o cuando Patricia Domínguez no vino a mi fiesta de cumpleaños y encima no me invitó a la suya… o cuando me senté sobre un perrito caliente en la cafetería y , justo ese día, Carlos Aranda dejó de ignorarme para decirle a todo el mundo que me había bajado la regla… pues en todos esos casos no tuve mas que sentarme y esperar, pacientemente, a que el Karma hiciera lo suyo. A Patricia le colaron cacahuetes en su fiesta. La pobre era alérgica perdida y se hinchó como un globo. Le sacaron una foto que estuvo rondando por el instituto durante días junto con el bulo de que se había hecho un retoque que no había salido del todo bien. Puede ser que Lena y yo tuviéramos algo que ver con eso… Una semana después de que Carlos dijera a todo el instituto que me había venido la regla tuvo un accidente en un partido de fútbol y se rompió la nariz. Como para no creer en una fuerza trascendental que se genera a partir de las acciones de las personas.
Diez de la mañana. Si hubiera tenido perro podría haber bajado a pasearlo por Central Park. Algo que estaba muy de moda pero la verdad es que nunca me había planteado tener uno y , ademas, mi sofá blanco me encantaba. Decidí que otra cosa que estaba bastante de moda, y que podía hacer sin problemas, era footing. Me levanté, me puse unas mallas y una casita de tirantes, me calcé las deportivas, que estaban casi sin estrenar, y me recogí el pelo en una cola de caballo. No tenía ganas de desayunar así que me fui directa para la calle. Decidí que era mejor si empezaba a correr en el parque, así pasaría mas desapercibida. Crucé la calle por la entrada de Columbus Circle y caminé sin rumbo dejando que el viento, y la marabunda de turista, guiaran mi rumbo. No tardé en pasar The Pond, un pequeño lago que se había construido para recrear unas aguas tranquilas, en el interior de un bosque, pero que se había convertido en todo menos en tranquilo. El sol relucía en todo su esplendor y nos dejaba unos apacibles veinte grados que hacían que los neoyorquinos abandonaran la apacibilidad de sus hogares para tumbarse en el frondoso césped de Central Park. Me vi tentada a hacer lo mismo que los demás pero me había propuesto correr y todavía no había empezado. Continué hacía el norte, dejando a la izquierda Sheep Medadow, y me encontré de enfrente con el camino de las estatuas, como a mi me gustaba llamarlo, The Mall. Decidí que ya era hora de echar a correr y que los olmos eran perfectos para mitigar los rayos del sol, y también para correr a modo postureo. A los cinco minutos ya estaba reventaba. Me faltaba el aire y se me encogían los pulmones pero tenia que aguantar mas porque no llevaba ni cien metros y estaba segura de que las viejecitas que comían pipas, sentadas en un banco, me estaban cronometrando. Que vergüenza. Decidí poner toda la carne en el asador y echar a correr más rápido, porque mi lógica aplastante me decía que contra más rápido antes llegaba y menos me cansaría. Nada más lejos de la verdad. No pensaba pararme hasta llegar a Bethesa Terrace, y allí me pararía porque estaría petado de gente y me daba vergüenza que me vieran jadear como un perro después de hacer los mil metros lisos. Cuando llegué a la fuente casi me tiro en ella. Nada se me hacía más apetecible que su agua fría y cristalina. Se me hacía imposible volver a casa … me había alejado considerablemente y mis piernas amenazaban con ponerse en huelga. Definitivamente me encontraba en un estado de salud lamentable, mas lamentable aun que mi estado de animo. Las mesitas de la terraza y una Coca Cola fresquita con limón se me antojaron cada vez mas apetecibles, así que decidí sentarme en una de ellas y relajarme un ratito al sol.
Tan relajada me quedé que no me di cuenta de que un enorme Terranova me olisqueaba las deportivas y me las bañaba con sus pegajosas babas.
- ¡Buaj, que asco!- Grité espantada por mis Nike Performance.
El pánico por mis zapatillas quedó sustituido por pánico por mi vida cuando el enorme perro me miró con sus ojos tristones y su expresión de no caerle nada bien.
- Tranquila que Clotis es de Puta madre. – Una chica alta, delgada como un palillo, y con el pelo negro azabache me miraba desde unos ojos azules como el mismo cielo. Unos ojos que no encajaban en absoluto con su aspecto ni con su forma de dirigirse hacia mi.
- ¿Es tu perro?
- El perro de mi madre pero es más mío que de ella. Se lo compró por los selfies pero ya se ha cansado de sacarla a pasear.
Que fuera el perro de su madre me sorprendía por dos motivos. El primero es que se hubiera comprado un Terranova cuando lo que se llevaba en Manhattan era tener un Shilh Tzu o un Bichón. Lo segundo que me llamaba la atención es que su madre fuera su madre cuando en realidad pensaba que aquella chica pertenecía al servicio. Repito que no soy presuntuosa pero es que aquella chica era para verla. No encajaba para nada con el resto de la escena.
- Le has gustado a Clotis tía. Me quedo contigo que estoy muerta de sed. ¿Esperas a alguien?- Negué con la cabeza- ¿No? De Puta madre entonces. ¡Chica una coca light porfa!
La morena de ojos azules me miró sonriente y yo se la devolví sin saber muy bien qué decir. No esperaba compañía pero aquella era cuanto menos peculiar. De repente, Clotis me colocó las patorras sobre las rodillas. Me sobresalté tanto que me impulsé hacía atrás con tanta fuerza que acabé tirada en el suelo con Clotis encima mía. El Terranova no se lo pensó dos veces y me chupó toda la cara sin dejar ni un cacho. La morena se reía a carcajada limpia mientras el resto de la terraza nos miraba con curiosidad. ¿Qué no quería llamar la atención? Pues no iba por muy buen camino. Me intenté quitar a Clotis de encima pero ese perro era tan fuerte como grande.
- ¡Ayudame por Dios!
- Clotilde ven aquí. Siéntate .- el perro la obedeció en el acto sentándose junto a ella con cara de no haber roto un plato.
Me incorporé en seguida como quien no quiere la cosa y me intenté secar las babas con una servilleta pero creo que solo me lo empeoraba.
- No te enfades con Clotis, es muy cariñosa pero también muy bruta. Es que es tan grande la pobre que no controla. Pero le has caído de Puta madre porque no se acerca a los desconocidos.
- Vaya… eso me tranquiliza… Que maja Clotis…
- En realidad se llama Clotilde pero me da palo llamarla así en publico. Es una vergüenza de nombre así que la llamo Clotis que a ella también le gusta más.
- Claro… - de Clotis ya lo iba conociendo todo pero seguía sin saber de donde había salido la desconocida morena de ojos azules y estilo “peculiar”.
- ¿Y tu vienes mucho a correr por aquí?- me preguntó dando un sorbo de su coca light.
- Pues no demasiado… ¿pero cómo sabes que he venido a correr?
- Hombre tía la ropa te delata pero la verdad es que te vi corriendo por allí detrás. Te ha costado tela llegar , ¿eh?- dijo guiñándome un ojo.
- Bueno es que me dio un tirón pero aun así quise seguir corriendo- contesté muy digna- Es que dicen que la mejor manera para quitarse las agujetas es seguir haciendo ejercicio así que supuse que con los tirones también.
- ¡Ala que burra! – exclamó- lo que tienes que hacer es lo contrario. Descansar y aplicar frío tía que te vas a joder.
- Bueno tu parece que corres más a menudo y que sabes más del tema que yo.
- Soy físico así que se un pelín.
Zas, en toda la boca. Si es que no llegaba bien lo de aceptar la criticas. Tenía que aprender a escuchar un poquito más a los demás pero , de momento, no iba por buen camino.
- Vamos que te acompaño a casa y te miro ese tirón de la pierna.
- No tranquila, estoy bien. No te molestes.
- No es molestia coño. Es un placer vamos ya.- dijo tirando de mi para levantarme de la silla.
Decidí no resistirme y me levanté ante la mirada impaciente de Clotis. No entendía que demonios le había dado a aquel perro conmigo pero la tenía hipnotizada. Estaba deseando volver a casa y la compañía de la desconocida, al fin y al cabo, no me parecía tan horrible.
- Por cierto, me llamo Gin.- dijo tendiéndome la mano.
- ¿Gin? Como la protagonista de mi novela favorita.
- ¿También se llamaba Ginebra?
- Sep…
- ¡Joder! Y yo llorando porque mi nombre me parecía peor que el de Clotis. Pero hora que me has dicho eso ya me mola más. Bueno, ¿me vas a decir el tuyo?
- ¿Mi qué?
- Pues tu nombre mujer …
- Laura- contesté tendiéndole mi mano también.