El domingo me apunté al paseo matutino de Clotis y Ginebra. El terranova había conseguido ganarse mi cariño en un día. Todo lo que tenía de grande lo tenía de cariñoso así que me había enamorado tanto como yo a ella.
No quise indagar mucho más en el pasado de Gin. Que ella me contara lo que le apeteciese en cada momento, sin presiones de ningún tipo. Yo le hablé un poco más de Tom y de cómo nos habíamos distanciado por nada. De lo confundida que me encontraba en ese momento de mi vida y el estrés que me ocasionaba. Había descubierto que perdía más pelo de la cuenta, al peinarme y en la ducha, y al ritmo que iba podía quedarme calva en meses. También le hablé de Lena. Del amor incondicional que nos teníamos desde siempre y de su inminente boda. Se me partía el alma por no poder participar tanto como me hubiese gustado pero de momento me conformaba con ser testigo a través de sus videollamadas. Gin no tardó en darse cuenta de que mi principal problema es que era muy exagerada, según mi madre mi ahogo en un vaso de agua y muy insegura. Ella pensaba que la mejor opción era dejar fluir las cosas sin forzar situaciones y que pasara lo que tuviera que pasar. A mí su filosofía me convenció bastante y quise aplicármela pero me duró lo que tarde en volver a hablar con Tom. Me llamaba una vez al día, normalmente antes de irse a dormir, para contarnos un poco, de manera desinteresada, lo que nos había deparado el día. La falta de entusiasmo, y sobre todo de ganas, volvían a margarme la existencia y la filosofía de Gin se me olvidaba en “cero coma”. Decidí no hablarle a Tom de Ginebra. Mi nueva amiga era tan mía que no quería compartirla con nadie. Me venía en un momento tan clave en mi vida en que no quería hablar de ello por si hacerlo más real desaparecía la magia. La espontaneidad y la frescura de Ginebra me aportaban, en aquellos momentos, luz en mi camino. Sobre todo me propiciaba una vía de escape a la rutina que necesitaba como oro en paño.
Cuando llegué el lunes a la oficina, tan puntual como acostumbraba últimamente, mi cara resplandecía tanto que parecía otra. Cuando atravesé el umbral de la puerta ni si quiera me acordaba de Gabriel. A decir verdad no había pensado en él en todo el fin de semana y hasta me sentía desintoxicada de su presencia. Casi lloro de la emoción. Pero como todas las cosas bonitas y buenas de la vida, aquello duró lo que tarde en sentarme frente a mi mesa.
- ¿Se puede?- Susan asomó la cabeza tras la puerta- Laura perdona que te moleste se que acabas de llegar pero necesito que me resuelvas algo.
- Claro, ¿qué pasa? Lo que necesites – dije más simpática de la cuenta.
- Gabriel, que dice que quiere tareas que le hagan sentir realizado. Literalmente ha dicho eso. Le mandé con Peter al archivo pero se queja de que a él le da alergia el polvo y que lo pasa mal entre tantos papeles.
Mi cara era un poema, os lo juro.
- Claro- contesté- porque es lo más cerca que habrá estado de algo parecido a un libro en toda su vida. Me da igual lo que haga Gabriel ahora mismo. Mándalo a donde más rabia te dé. Lo que me importa ahora es que se empiece con el reportaje de la Fashion Week de Manhattan y que alguien vaya a cubrir lo de la fiesta esa del M2, si pueden fotografiar a alguna celebridad mejor que mejor.
- Vale, ¿te parece si mando a Gab…?
- Susan- la interrumpí- Te he dicho que hagas lo que quieras con él. Mientras menos sepa yo mejor.
Cuando Susan salió de mi despacho respiré profundamente. Ya había organizado lo más complicado del día, que para mí era el becario, así que me creí a salvo y en paz con el cosmos. Con Gabriel fuera de juego seguro que podía mantener mi estado de embriaguez de felicidad durante el resto del día. Lo siguiente que hice fue mandar dos mensajes de texto. Uno a Lena deseándole suerte con su misión “encontrar lugar para el evento” y otro a Ginebra, mi nueva amiga mega happy, agradeciéndole los ratitos del fin de semana y proponiéndole que se pasara por casa cuando estuviera aburrida. Lo segundo fue mirar mi agenda. Me encanta tener agendas mega cuquis llenas de pegatinas y de mensajes esperanzadores del tipo “tú vales mucho y lo sabes” pero luego no las llevaba al día porque soy un desastre integral. Así que mi agenda decía que no tenía nada que hacer ese día pero yo sabía que no, que era mentira y que seguramente tendría tropecientas cosas y ya llegaría tarde a la primera.
Levanté el teléfono para salir de dudas y Susan me confirmó que debía estar a las diez y media en el Soho, así que no iba a llegar. No obstante, y como debía hacer acto de presencia, llamé al chofer y me enfundé mis AirPods con la canción Suni s Shining, de Axwell, que me motiva mucho por las mañanas y me sube el ánimo. Me había dado por escucharla sin parar cuando conocí a Tom. Me sentía identificada con eso de que se había cruzado en mi camino y brillaba como el sol… sin darme cuenta se había convertido en la banda sonora de mi vida y la necesitaba para arrancar más que un café en vena.
Llegué tarde a mi reunión, como ya suponía, y llegué tarde a mi brunch de las doce cerca de Time Square. De camino de vuelta desde el Soho pasamos cerca del M2 Ultralounge y recordé que teníamos que cubrir un evento bastante importante que ya habría comenzado. ¿A quién habría enviado Susan al final? Llevábamos tiempo detrás de una invitación, no suelen dejar entrar a demasiada prensa, y al final la habíamos conseguido gracias a un par de contactos. No quería cagarla hablando mal y pronto. Era una de las primeras cosas que se hacían desde mi “reinado” en la oficina y estaba un poco nerviosa con el tema. Antes de llegar a mi destino recibí un mensaje de texto, era de Ginebra.
“A las seis en tu casa. Prepara un café para dos xD”
Como siempre, consiguió arrancarme una sonrisa. La idea de tener algo que hacer al llegar a casa me hizo sentir un cosquilleo en el estómago. Lo cierto era que aunque Tom me parecía un poco imbécil en aquellos momentos echaba de menos tenerlo en casa al salir de trabajar. Ya hacía varios días que se había marchado y la soledad no hacía más que agobiarme y empujarme a comerme la cabeza a cada momento.
Después del Brunch volvía la oficina para echar las últimas horas de mi jornada. Muchos de los empleados ya se habían marchado a esas horas y todo estaba muy tranquilo. Tampoco había rastro de Gabriel ni quise preguntar por él. Lo prefería así, bien lejos. Terminé de poner al día mis emails y a las cuatro en punto decidí que me marchaba a casa un poquito antes porque si, porque me lo había ganado. Mandé un mensaje a Gin para que supiera que supiera que estaba de camino un poco antes de lo normal y paré a comprar café en Bouchon Bakery, pero no uno para dos sino uno para cada una.
Ginebra, y por supuesto Clotis, llegaron diez minutos después de que yo entrara por la puerta. A veces creo que realmente me espía desde la ventana de su casa.
Clotis se me apoya a dos patas, nada más abrirles la puerta, meneándome el rabo sin parar como una desesperada.
- Hola tía, ¿qué pasa? Traigo muffins de colores. Supuse que te gustarían estas mierdas.
- ¿Y a quién no le gustan unos muffins de colores?- pregunté pensando en los dos que me había comido en mi brunch. Un tercero no me haría daño, quizás un cuarto tampoco.
Ginebra se dejó caer en el sillón apoyando los pies en mi mesita auxiliar. Algo por lo que habría puesto el grito en el cielo en cualquier otro momento pero que en esta ocasión me daba un poco igual. Era feliz, estaba relajada, estaba en casa, tenía una amiga… qué más me daba donde pusiese sus pies. Aunque como tampoco quería pasarme de atrevida, le levanté los pies y le puse un paño debajo, por si las moscas.
- ¿Qué tal tu día?- le pregunté pasándole su café. Me había atrevido a pedirle un macchiato, como el mío, con una pizca de canela porque me parecía que era el que mejor encajaba con su rollo.
- ¡Ummm! Macchiato, me encanta… ¿cómo lo has sabido? Y de Bouchon, ¿A qué si? Yo lo controlo todo querida… Pues día de puta madre. Rodeada de bollos a los que magreo por la cara y encima me pagan por ello, ya ves. ¿Y el tuyo?
- Como siempre. Para ser sincera creo más tranquilo de lo normal. Tuve una reunión en el Soho y un branch cerca de Times Square.
- Así que eres de esas, ¿Eh? De las que trabajan entre brunch, cenas y cócteles… Eres de la élite querida...
- ¡Jajaja! No, no te equivoques. Yo veo los toros desde la barrera.
- ¿Los toros? ¿Qué coño significa eso?
- Es una expresión que usaba mi madre… Todas se me pegan. Significa que soy una mera observadora que las ve pasar.
- Así se empieza, pero ese mundo acaba absorbiéndote hacia dentro y después cuesta mucho salir de él. Supongo que estarás al día de todos los escándalos.
- No somos de ese rollo. Intentamos tener más clase… más glamour. Nos enfocamos más hacía un público femenino que está más interesado por la moda que por los cotilleos. Un público como tu madre.
- Mi madre adora los cotilleos. No hay nada que suceda en toda Manhattan y que ella no sepa… Aquí todo el mundo quiere estar al día. Todos queremos saber de todos. Bueno, todos menos yo, a mi me importa una mierda lo que le pase a nadie.
- Estupendo… ya somos dos. No soy curiosa, por eso supongo que no sabría llevar una revista desde ese punto de vista.
- Pero es lo que vende. Y si quieres vender tienes que amoldarte a tu público. Es la ley de la oferta y la demanda.
- Te contrato para el marketing.
Ambas soltamos una carcajada. Congeniamos bien, a pesar de ser tan distintas. Distintas pero iguales a la vez, porque ambas habíamos vivido situaciones parecidas. Marginadas e ignoradas no encajábamos en los moldes que la sociedad nos marcaba. Quizás a ella se lo habían hecho pasar peor. Empezaba a comprender que podía estar equivocada en una cosa, Manhattan, sin duda, era mucho más duro que el barrio en el que yo había crecido.
- Hablando de glamour, hoy cubrimos un reportaje en el M2. Seguro que lo conoces.
- Por supuesto querida- contestó Gin metiéndose en la boca un trozo enorme de muffins- Ya te contaré cositas de ese local pero a mi me encanta la verdad aunque esté abarrotado de gentuza materialista y clasista.
Me llama mucho la atención la plutofobia que aparenta Ginebra. Suponía que parte de ello se desprendía de las situaciones que había vivido en el pasado. Aun así , Ginebra pertenecía a ese mundo, formaba parte de él. Mi nueva amiga me parecía un libro abierto en muchas ocasiones pero , en otras, seguía siendo todo un enigma para mi.