El Psiquiátrico

DESPUES DEL CAOS

Vivir juntos no fue una decisión grande. Fue una suma de cosas pequeñas: una maleta, una taza de café extra en la mañana, su cepillo de dientes al lado del mío. El apartamento es sencillo. Algunas veces demasiado silencioso. Pero el silencio ya no da miedo. Santiago está en la cocina. Lleva una camiseta vieja, el cabello revuelto y tiene una concentración absoluta en algo tan simple que es preparar la cena. Estoy descalza y con una camiseta suya que me queda grande. Yo lo miro desde el marco de la puerta y pienso —sin querer— que sobrevivimos. Que estamos aquí. Que eso ya es un milagro. Cuando me mira, sonríe enamorado. Me acerco, pero no digo nada, no hace falta. Sus manos se posas en mi cintura. La presión es suave, pero firme. Me atrae hacia él para quedar mucho más cerca. No es prisa, es deseo contenido.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja cerca de mi cuello.

Asiento. Siempre me pregunta. Siempre me cuida. Y, aun así, cuando sus labios rozan los míos, el beso no es delicado. Es profundo y necesario. Como si el cuerpo necesitara recordar que también sirve para sentir placer, no solo para huir. Mis manos se enredan en su camiseta. La subo un poco. Él respira hondo, como si intentara controlarse, pero falla. Me besa otra vez, esta vez más lento. Cada gesto dice estoy aquí. No hay miedo en esto. Solo confianza. Solo dos personas que se sobrevivieron a una pesadilla y se aman. La noche avanza. El mundo afuera no importa. Santiago se aparte un momento y me mira con esos ojos dulces como si fuera exactamente lo que siempre quiso ver. Yo le sonrío nerviosa.

—Estamos a salvo —murmura, y su voz me recorre el cuerpo.

Esta vez lo beso yo primero. No es un beso suave, es uno urgente. Como si mi cuerpo necesitara confirmar que es real, que no es otra ilusión, que no hay paredes blancas esperándonos. Sus manos tibias y firmes suben por mi espalda, anclándome a él. El mundo se reduce a respiraciones, a piel contra piel, a ese latido que compartimos cuando me aprieta más contra él. Siento su sonrisa contra mi boca, esa mezcla peligrosa de deseo y ternura que solo él sabe provocar.

—Becky... —dice mi nombre agitado.

Yo lo callo besándolo otra vez. Mis dedos se aferran a su camiseta, la arrugo, la empujo, la necesito fuera. Él entiende, siempre lo hace. Me levanta apenas, lo suficiente para que yo quede a su altura, y ahí... justo en ese momento todo se vuelve lento y ardiente al mismo tiempo. Cada caricia, cada suspiro, me hace desearlo más. No hay miedo, no hay sombras y no hay hospitales. Solo nosotros, chocando con el deseo acumulado, contra todo lo que nos negaron durante tanto tiempo. Cuando su frente se apoya en la mía, siento cómo su respiración se desordena igual que la mía.

—No pienso soltarte —me dice con ternura.

Me empuja suavemente contra la pared y el frío del concreto contrasta con su cuerpo caliente pegado al mío. Mi respiración se agita cada vez más. Santiago baja la cabeza, no para besarme aún, sino para quedarse ahí, respirándome cerca, como si tuviera que desapareciera.

—Mírame —dice.

Lo hago. Y en sus ojos no hay prisa, solo hambre contenida. Sus manos me recorren lento, provocándome, como si supiera exactamente dónde detenerse para que yo sea la que tome el control. Cada segundo se hace eterno. Cada roce quema. Mi cuerpo responde solo, traicionándome con pequeños movimientos que lo invitan a seguir. Cuando por fin me besa, lo hace desesperado, es de esos besos que te hacen olvidar dónde estás parada. Mis dedos se hunden en su cuello, lo jalo más hacia mí, necesito sentirlo completo. Se ríe bajito contra mi boca.

—Pensé que eras tú la que quería ir despacio. —dice, mientras esboza una sonrisa pícara.

—Mentí —susurro.

Me levanta lo suficiente para que mis piernas se enreden alrededor de él. Su corazón late con fuerza, y ese detalle, ese pequeño descontrol, me enciende más que cualquier palabra. Me besa el cuello, para hacerme sentir vista y deseada. No hay miedo en mi cuerpo, solo ganas. Ganas de quedarme, de sentir. Apoya su frente en la mía, respiramos juntos, desordenados.

—Esta vez —dice— no tenemos que escondernos.

Y cuando me carga rumbo a la habitación, entiendo algo con claridad: El hospital nos quitó muchas cosas. Pero nunca nos quitó el deseo y la conexión que tenemos. La puerta se cierra detrás de nosotros. Santiago no se mueve enseguida. Me observa como si yo fuera una decisión peligrosa y aun así inevitable. Su mano sube a mi mejilla.

—Dime que estás aquí —murmura.

No respondo con palabras. Me adelanto, le quito la camisa y lo beso, esta vez soy yo la que manda. Mi boca lo reclama con urgencia, con rabia acumulada, con todo lo que no pudimos sentir cuando el miedo nos acechaba. El también responde con desesperación y ahí sé que ya no hay vuelta atrás. Camina hacia la cama y me acorrala en ella. Su tonificado cuerpo me cubre sin aplastarme. Mis manos exploran su abdomen, su espalda, sus hombros. Él baja la cabeza y deja besos lentos, provocadores en mi cuello, que no buscan llegar rápido a ningún lado buscan perderme.

—Becky... —dice mi nombre con la voz entrecortada.

Lo acerco más. Siento su pulso acelerado, el mío respondiendo. Cada roce se intensifica más. Cada pausa, una tortura. Apoya su frente en la mía. Sus ojos están oscuros.

—No pienso dejarte —susurra—. Nunca lo haré.




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