El pueblo, alejado de las ciudades pero bonito en su extrañeza.
Pasar las vacaciones de verano en el antiguo pueblo del norte donde vive la abuela. ¿Qué podría ser más aburrido? No hay cobertura, no hay nada que hacer, solo hay ancianos.
—Amanda, no pongas esa cara.
—Pero, papa, no es justo que vosotros os vayáis de viaje por el Caribe y Carlos y yo nos quedemos aquí en este pueblo.
—Este pueblo no tiene nada de malo, Amanda —mamá utilizó ese tono de voz que siempre me saca de quicio. Si no es tan malo, que se quede ella todo el verano aquí.
Puse los ojos en blanco y giré la cabeza, acabando la discusión. El pequeño Carlos dormía a mi lado en el coche, ajeno a la nueva pelea que empezaba a formarse.
Hacía tiempo que no veíamos a la nana Fidi. Ella vive en el norte y rara vez viaja a otra parte de España, a diferencia de nosotros, que no paramos quietos.
El viaje a Taramundi fue largo y lleno de curvas, pero a cambio había unas vistas preciosas: antiguos molinos, bosques frondosos, el sonido de los pájaros y, por supuesto, algún que otro riachuelo.
Sentí ese cosquilleo en la espalda al bajar; incluso se me erizó el pelo de la nuca. Una reacción extraña, pero que siempre me pasaba al estar en Taramundi. La nana Fidi nos recibió sentada en una mecedora mientras hacía punto.
—¡Nana Fidi! —el pequeño Carlos fue corriendo a abrazarla con una sonrisa.
—¡Ay, mi zagal, cuánto has crecido! —Nana se levantó lentamente y abrazó a Carlos—. Incluso se te han caído ya algunos dientes.
—Sí, nana, aún me tienen que salir.
—Y tú, mi zagala, qué guapa estás. Tan mayor ya. ¿Tienes 16?
—17, nana —le contesté con una sonrisa.
—Ay, madre mía, qué mayor.
—¡Y yo! Ya tengo 6 —dijo Carlos mientras levantaba cinco dedos.
—Eso son 5, Carlos —dijo mamá sin prestar mucha atención mientras dejaba nuestras maletas en la entrada—. Bueno, Fidelia, nos tenemos que ir. Un gusto ver que estás tan bien. Adiós, cariños, portaos bien.
Mamá nos abrazó superficialmente y papá nos revolvió el pelo. Mientras la nana negaba con la cabeza y suspiraba, mamá y papá no esperaron más: se subieron otra vez al coche y se fueron tan rápido como habían llegado.
—Ay, mis listillos... ¿Otra vez? —musitó la nana.
—No pasa nada, nana Fidi, ya me encargo yo de Carlos —le sonreí y le acaricié el pelo al pequeño—. ¡Vamos, Carlos, a ver quién recoge antes su maleta!
Carlos agarró su maleta, seguramente más grande que él, y se adentró en la casa rústica.
La casa era pequeña, de dos pisos, y tenía un jardín donde la nana había hecho un pequeño huerto. Había plantado zanahorias y algunos tomates. El interior aún conservaba fotos de mamá de joven; era igual que Carlos.
—Vuestro cuarto está arriba, zagales —dijo la nana con una sonrisa mientras se dirigía a la cocina.
Nuestro cuarto era una gran habitación con dos camas separadas y una pequeña mesita en medio. La ventana daba al bosque y, a lo lejos, se veía un antiguo molino. Estaba lleno de maleza y le faltaba un aspa, pero la estructura seguía en buen estado. Estaba anocheciendo y eso le daba un aspecto más escalofriante, pero era hermoso aun así. Sentía una extraña conexión con el bosque. Incluso me pareció escuchar un silbido, aunque seguramente sería mi imaginación.
Carlos se tumbó en su cama, resoplando y refunfuñando.
—¿Qué pasa? —Me apoyé en el marco de la ventana y le miré.
—La nana no tiene wifi. ¿Cómo voy a jugar con mis amigos?
—No todo gira alrededor del wifi, Carlos. ¿Has visto alguna vez una gallina de verdad? ¿O una cabra? —Me acerqué y me senté en el borde de su cama.
—No... ¿Son muy feas?
—Qué va, son súper graciosas. ¿Por qué no acompañamos mañana a la nana a dar de comer a las gallinas?
—Sí, gallinas —dijo sonriendo mientras cerraba los ojos. No estoy segura de si la nana Fidi tiene gallinas.
Se acurrucó en la cama; su cuerpo pequeño hacía que pareciera enorme. Me senté en el borde y le acaricié el pelo hasta que se quedó dormido.
El día siguiente sería otro.