Hola, yo soy Jenn, y te quiero hacer una pregunta.
¿Qué pasaría si, por vacaciones, tus padres organizan un viaje a un pueblito…
pero nada es como parece?
Al principio no le das importancia. Pensás que es solo un lugar tranquilo, de esos donde no pasa nada. Pero con los días empezás a notar cosas raras. Detalles pequeños. Silencios largos. Miradas que duran más de lo normal.
Intentás buscar pistas.
Rastros.
Cualquier cosa que te ayude a entender qué está pasando… o cómo salir.
Y entonces pasa algo.
Algo que te hiela la sangre.
Algo que te hace entender que no estás de vacaciones.
Que ese lugar no es solo un pueblo.
Y que quizá… no hay vuelta atrás.

Hola.
Yo soy Jenny.
El día que mi escuela anunció que las vacaciones iban a empezar antes, el aula se llenó de murmullos. Algunos festejaron en voz baja, otros empezaron a hacer planes sin pensar demasiado. Yo solo miré el pizarrón, tratando de entender por qué nadie parecía sorprendido.
Ese mismo día, cuando llegué a casa, encontré a mis padres hablando en la cocina. No gritaban ni discutían, pero se notaba que estaban planeando algo. Mi mamá tenía el celular en la mano y mi papá revisaba unos papeles sobre la mesa.
—Ya que empezaron las vacaciones antes… —dijo mi papá cuando me vio— podríamos viajar.
No preguntó si yo quería. Lo dijo como una posibilidad que ya estaba decidida.
A la noche, durante la cena, lo confirmaron. Íbamos a ir a un pueblito. Uno “muy conocido”, según ellos. Me llamó la atención cómo evitaban explicarlo mejor, como si no hiciera falta.
—¿Conocido por qué? —pregunté, jugando con el tenedor.
Mi mamá se encogió de hombros.
—Porque la gente siempre habla bien de ese lugar.
Nada más.
Los días siguientes pasaron lentos. Cada vez que sacaban el tema del viaje, sentía un nudo en el estómago. No me gustan los pueblos. No me gustan los lugares donde todos se conocen y vos sos la extraña. Donde las miradas duran un segundo más de lo normal.
La noche antes de salir, me encerré en mi habitación para hacer la maleta. El cierre sonaba demasiado fuerte en el silencio. Puse una remera, la saqué. Agarré un buzo por si hacía frío, aunque no sabía cómo iba a ser el clima.
Desde la ventana veía la calle casi vacía. Un auto pasó lento y después todo volvió a quedar en silencio. Me senté en la cama y respiré hondo.
Pensé que solo eran vacaciones.
Un viaje corto.
Un lugar más.
Pero había una sensación rara que no se iba.
Como si algo estuviera esperando.
En ese momento entró mi mamá a la habitación. Se quedó parada en la puerta unos segundos, mirando la cama desordenada y la maleta casi vacía.
—¿Cómo vas con las maletas? —me preguntó.
La miré y suspiré.
—Un poco difícil, la verdad —le dije—. Solo puse un buzo. No sé qué vamos a hacer ni cómo va a estar el clima allá.
Ella no dijo nada enseguida. Se acercó despacio, se sentó a mi lado y empezó a doblar una remera que estaba tirada sobre la cama.
—Yo te ayudo, hija —me dijo, como si se diera cuenta de que no era solo la valija lo que me costaba.
Mientras estábamos acomodando la ropa, entró mi papá. Se apoyó en el marco de la puerta y miró la escena con una sonrisa tranquila.
—¿Cómo vas, hija? —preguntó.
Lo miré con una expresión sarcástica, esperando que se diera cuenta de que nada iba bien. Él no pareció notarlo.
—Veo que muy mal —dijo, riéndose—. Las ayudo.
Mi mamá levantó la mirada y negó con la cabeza.
—No, cariño, gracias —respondió—. Mejor andá a comprar unos refrescos y algo para comer mañana en el camino.
Mi papá dudó un segundo, pero después asintió y salió de la habitación. El ruido de la puerta cerrándose se escuchó más fuerte de lo normal.
Yo me quedé mirando la maleta abierta.
Todavía sentía que algo no estaba bien, aunque no sabía explicar qué.
Después de haber terminado la maleta, bajé con mi mamá a comer. La mesa ya estaba puesta y el olor de la comida llenaba toda la cocina. Me tomó casi veinte minutos terminar el plato; no tenía mucha hambre, pero igual comí en silencio.