Cuando subí de nuevo a mi habitación, me lavé los dientes, me cambié y me preparé para dormir. Me tiré sobre la cama boca arriba, mirando el techo, escuchando los ruidos de la casa. Cerré los ojos pensando que al día siguiente todo sería rápido.
Y así fue.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano. Si soy sincera, aunque no quería viajar, también estaba un poco emocionada. Bajé despacio para no hacer ruido y me preparé un café. Quedó sorprendentemente rico, caliente, justo como me gusta.
Me vestí con calma y me quedé abajo, mirando un poco de televisión sin prestar demasiada atención. El volumen estaba bajo y afuera todavía no se escuchaba casi nada.
Un rato después escuché los pasos de mi mamá bajando la escalera.
—Veo que ya estás lista, hija —me dijo.
Asentí.
—Sí.
—Yo también ya estoy. Tu papá se está vistiendo en este momento.
No sé por qué, pero en ese instante sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubo de agua fría.
—Está bien —respondí, tratando de sonar normal.
Cuando ya estaba todo listo, subimos las valijas y las bolsas a la camioneta. Nos acomodamos y salimos. El motor arrancó y el viaje empezó.
Unos kilómetros más adelante, nos detuvimos en una parada de bus. Ahí estaba mi hermana mayor, Cristie, esperándonos.
—¡Subí, hija! —le gritó mi mamá desde la ventanilla.
Cristie subió sin decir mucho y seguimos camino.
A medida que nos acercábamos al pueblo, empecé a sentir que algo no estaba bien. El escalofrío volvió, esta vez más fuerte. Me abracé los brazos sin darme cuenta.
Mi hermana miraba por la ventana, completamente en silencio. Cuando giró la cabeza y me miró, lo hizo con una expresión extraña, una mirada que no supe reconocer. No dijo nada, pero fue suficiente.
No sabía qué había pasado.
Solo sabía una cosa:
Ella sentía lo mismo que yo.
Y en ese momento entendí que no estábamos yendo al lugar correcto.
Al llegar al pueblito noté algo extraño enseguida.
No había carteles. No había personas dándonos la bienvenida. No había nada que indicara que ese lugar existía realmente.
Solo una calle larga, rodeada de casas, con el pasto un poco alto y descuidado a los costados. Fue ahí cuando me di cuenta de que habíamos llegado. Y, sin saberlo, también entendí que eso apenas era el comienzo.
Miré hacia todos lados desde la ventanilla del auto. Después, por el espejo retrovisor, vi a mi mamá observándome. Dudé un segundo, pero igual pregunté:
—¿Qué es este lugar? No parece un pueblito muy lindo…
Mi mamá suspiró.
—Ay, hija, no empieces con tus cosas. Apenas llegamos.
—Está bien —respondí, aunque no estaba convencida.
Avanzamos un poco más y, de repente, todo cambió. La calle se volvió más pareja, el pasto desapareció y empezó a aparecer gente por todos lados. Había puestos de comida, almacenes, una plaza, parques. Era como si el pueblo se hubiera despertado de golpe.
Eso me pareció todavía más extraño.
Miré a mi hermana y noté que también lo había sentido. Su expresión era tensa, incómoda.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó mi mamá, dándose vuelta desde el asiento delantero—. ¿Te vas a poner igual que tu hermana?
—No, mamá, no es eso… —respondió Cristie—. Es un lugar muy lindo.
Pero su voz tembló apenas. Lo suficiente como para que yo lo notara.
Llegamos a lo que parecía ser un hotel. Bajamos del auto y empezamos a sacar las cosas. Mientras caminaba al lado de mi hermana, pude sentir las miradas. Todas las personas que estaban alrededor nos observaban. No hablaban. No sonreían.
Solo miraban.
Como si hubiéramos hecho algo mal al entrar.
—¿Para qué vinimos? —me susurré a mí misma, sin pensar.
—No sé —respondió Cristie en voz baja—, pero no me gusta mucho este lugar.
Entramos al hotel y nos dirigimos a nuestra habitación. Dejamos las valijas y las mochilas en el piso. Antes de sentarme, miré bien a mi alrededor.
El lugar era lindo, lo admito.
Las paredes estaban limpias, los muebles ordenados, todo parecía normal.
Pero no estaba a mi gusto.
Había algo que no encajaba. Algo que no se veía, pero se sentía
Decidí salir un rato al exterior.
Cuando abrí la puerta, me encontré con una chica parada justo ahí. Era linda: rubia, de ojos claros. Pero había algo extraño en ella. No sabía cómo explicarlo… parecía fuera de lugar, como si hubiera llegado por accidente y nunca hubiera podido volver a su vida anterior.
Me miró fijo, sin parpadear.
—¿Pasa algo? —le pregunté.
—No, señorita —respondió—. Solo quería saber si deseaba tomar algo, descansar, o si necesitaba ayuda con algo. También puedo mostrarle el lugar, si quiere.
—No —dije, manteniendo la mirada firme.
Sus ojos me incomodaban. No parecían asustados. Había algo más ahí… curiosidad. Como si me estuviera observando demasiado.
—Si no te molesta, ¿te podés correr para que pueda pasar? —le dije al final.
Miré a mi hermana Cristie y le hice una señal con la cabeza para que me acompañara afuera. La chica rubia me sonrió, se corrió a un costado y, cuando vio la señal, se dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras.
Me llamó la atención que caminara como si no supiera bien a dónde ir.
Cristie y yo bajamos detrás, en silencio. Entonces escuché voces.
—Me parece raro que hayan venido —dijo la chica rubia.
Otra mujer la miró y respondió:
—Sí, pero por algo están acá.
La rubia bajó un poco la voz.
—La chiquilla me parece que no sabe nada… pero en cualquier momento se va a enterar.
Sentí un escalofrío.
No aguanté más.
—Hola —dije en voz alta.
Mi voz sonó fuerte, casi como un eco. Todas se dieron vuelta al mismo tiempo.
—Hola —respondieron, casi al unísono.
Se quedaron paradas, formando una especie de fila, mirándome, como esperando que pidiera algo. Las observé una por una antes de hablar.
—¿Dónde queda el lugar de comida más cercano? —pregunté.
Una mujer se acercó y se paró al lado de la chica rubia. Me miró muy seria, pero con una pizca de sonrisa que no me gustó nada.
—Está a cinco minutos de acá —me dijo—. Queda al lado del parque.
La miré, asentí y le agradecí. No dije nada más.
Cristie y yo salimos de ahí enseguida.
Mientras caminábamos hacia ese lugar, observamos todo con atención. Las casas, la gente, los caminos. Nada parecía completamente normal… pero tampoco lo suficientemente extraño como para gritar o salir corriendo.
No sabíamos qué decir.
Pero tampoco sabíamos qué hacer.
Y eso era lo que más miedo daba.
Nada se veía como debería verse.
Y aun así, cuando vi el lugar que nos habían mencionado, lo reconocí al instante.
—Es acá —le dije a mi hermana.
Nos quedamos paradas unos segundos. Ninguna de las dos se animó a entrar. Cristie me miró, seria, y habló en voz baja:
—Es mejor que volvamos al hotel con mamá y papá.
La miré, dudando. No sabía si estaba asustada… o si sabía algo que yo no.
—Tenés razón —le respondí.
Pasaron dos o tres minutos más, en silencio.
—Vámonos —dije al final.
El cielo estaba oscureciendo demasiado rápido, más de lo que debería. El aire se sentía pesado. Caminamos de vuelta al hotel sin hablar.
Cuando entramos, vi a mis padres sentados en una mesa en la planta baja.
—Justo a tiempo —dijo mi mamá.
Llevaba un vestido rojo, muy elegante para un lugar así. Mi papá sonrió y agregó:
—Ya estábamos pidiendo la comida. Vengan.
Me senté despacio, mirando todo alrededor, como si cada rincón pudiera decirme algo. Como si el lugar mismo quisiera advertirme.
Entonces aparecieron ellas.
La chica rubia y la chica de pelo negro.
—¿Qué van a ordenar? —preguntó la rubia, mirándome solo a mí y a mi hermana.
Cristie le sostuvo la mirada, firme. Yo le di un leve golpe con la rodilla por debajo de la mesa, para que se diera cuenta de lo incómodo que se estaba volviendo el momento.
—Por ahora nada —dijo mi hermana—. Dejá la cuenta ahí para que pidan ellos.
—Claro —respondió la chica, con una voz suave y calmada… demasiado calmada.
Mi hermana agregó que íbamos a ir al baño.
Nos levantamos y nos acercamos al mostrador de recepción.
—¿Dónde está el baño? —preguntamos.
Un chico de recepción me miró y señaló hacia un pasillo cerca de las escaleras.
—Por allí, chicas. Pueden pasar cuando quieran. Si necesitan algo, me llaman. Hay un botón al lado de cada cama.
Mi hermana lo miró. Yo también.
—Claro —respondí.
Él me observó unos segundos más, como si estuviera confundido. Como si me recordara de algún lado. Me incomodó.
Agarré a mi hermana del brazo y fuimos al baño.
—No quiero estar acá —le dije, mirándome al espejo.
Mi reflejo me devolvió una mirada rara, como si yo misma estuviera intentando descifrar ese lugar.
—Yo tampoco —respondió Cristie—. ¿Qué te hace pensar que esto no está bien?
—No sé —dije—. Nada… y todo.
Salimos del baño y volvimos a la mesa.
El chico de recepción se acercó de nuevo. Nos miró a las dos y habló con una voz suave, pero firme.
—Noté que no pidieron nada. ¿Quieren ordenar algo o no van a comer esta noche?
No pude responder. Solo lo miré.
—Traenos algo sencillo —dijo mi hermana—. Nada especial.
Él anotó en una libreta, asintió y se fue.
Unos cinco minutos después volvió con los platos.
Observé mi comida. No se veía mal.
Tomé el primer bocado.
Era rica, lo admito.
Pero algo… algo no me convencía del todo
Cuando terminamos de comer, mi hermana y yo subimos. Ella me miró y me dijo:
—Aprontá ya tus maletas.
La miré y asentí con la cabeza. Cuando ya teníamos todo, bajamos. Mi mamá nos quedó mirando, y mi papá también.
—¿Qué hacen? —gritó mi madre.
Cristie la miró.
—¿Por qué nos trajeron acá?
Mi mamá la miró, se levantó, a punto de golpearla, pero a ella le importó muy poco y siguió:
—Saben que este lugar no es normal. Desde que llegamos, las personas no actúan bien.
Mi mamá la miró como si supiera que algo iba a pasar.
—Sos una malcriada —dijo.
A mi hermana le importó muy poco. Agarró su teléfono, marcó una agencia de taxis y dijo:
—Necesito que vengan ya a donde está mi ubicación.
La chica rubia se nos acercó.
—¿Les podemos pedir que dejen de hacer un escándalo? —dijo—. Hay gente acá.
Mi hermana se dio la vuelta y la miró.
—Me importa muy poco si hay gente o no acá —dijo—. Y ya mejor dígannos qué es lo que mi hermana tiene que descubrir, porque sí las escuchamos.
Entonces, la chica pelinegra se acercó y dijo con voz firme:
—No les importa nuestra conversación. Y si te parece mal que hayamos dicho lo que dijimos, mala suerte.
Tu hermana va a ir descubriendo lo que tiene que descubrir, y si seguís estorbando, no se van a poder ir —dijo, como si estuviera preparada para ese momento.
Mi hermana la miró súper enojada, como si no entendiera del todo lo que acababa de escuchar. Yo di un paso hacia atrás y me acerqué a la chica pelinegra y a la rubia.
—Ya me tienen bastante cansada —dije—. Ni una noche pasé acá y este lugar ya me está estresando. Díganme la verdad, ya.
En ese momento sentí una mano en mi hombro. Me di vuelta y era el chico.
—Es mejor que dejen de hacer un escándalo —dijo, mirándome fijo a los ojos—. Créanle a las chicas, ellas estuvieron más tiempo acá que ustedes.
Me calmé un poco y, junto con ellas y él, nos fuimos a sentar a una mesa aparte para hablar de todo lo sucedido y de lo que iba a suceder.
Nos sentamos los cinco alrededor de una mesa chica, lejos del resto. Nadie hablaba. La chica rubia jugaba con una servilleta entre los dedos, la pelinegra miraba fijo la mesa, y el chico observaba alrededor, como si se asegurara de que nadie escuchara.
—No tendrían que haber venido —dijo la rubia al fin, sin mirarnos.
Mi hermana cruzó los brazos.
—Eso ya lo sabemos. Ahora expliquen.
La pelinegra levantó la vista y me miró directo a mí.
—Este pueblo no es como otros. Eso es todo lo que necesitan saber por ahora.
—¿Por ahora? —pregunté—. ¿Por qué hablás como si ya nos conociéramos?
El chico fue el que respondió.
—Porque siempre hay alguien que se da cuenta primero. Y esta vez fuiste vos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Darse cuenta de qué? —dijo Cristie—. ¿De las miradas raras? ¿De que el taxi no llega?
La rubia respiró hondo.
—De que acá las cosas no pasan cuando uno quiere.
—¿Entonces estamos atrapadas? —pregunté, casi en un susurro.
La pelinegra negó despacio.
—No exactamente. Pero irse no es tan simple como llegar.
—¿Y nuestros padres? —dijo mi hermana—. ¿Ellos saben algo?
Los tres se miraron entre sí.
—Algunos adultos prefieren no ver —dijo el chico—. Es más fácil así.
Me recorrió un escalofrío.
—Escuché lo que dijeron antes —dije—. Dijeron que yo iba a descubrir algo.
La pelinegra apoyó las manos sobre la mesa.
—No hoy. No ahora. Pero este lugar… te va a obligar a recordar cosas que ni sabías que habías olvidado.
—Eso no tiene sentido —respondí.
—Acá muchas cosas no lo tienen —dijo la rubia, por primera vez con una sonrisa triste—. Por eso les pedimos que no hagan escándalo. Cuanto menos se note, mejor.
—¿Mejor para quién? —preguntó Cristie.
Nadie respondió.
El silencio volvió a caer entre nosotros. No era un silencio vacío. Era uno lleno de cosas que nadie quería decir.
—Solo una cosa más —dijo el chico, levantándose—. No intenten irse de noche.
—¿Por qué? —pregunté.
Se detuvo antes de contestar.
—Porque el pueblo no reacciona bien cuando alguien se apura.
Y con eso, se fueron.
Nos quedamos sentadas sin decir una palabra.
Yo sentía que algo acababa de empezar…
aunque todavía no sabía qué.
Esa noche casi no dormí.
La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio normal. Era como si el lugar estuviera despierto y nosotros no. Me di vuelta varias veces en la cama, mirando el techo, escuchando la respiración de mi hermana del otro lado.
En un momento abrí los ojos y vi que la luz del pasillo seguía encendida. No recordaba haberla dejado así.
Me levanté despacio y abrí apenas la puerta. El pasillo estaba vacío, pero sentí algo raro, como si alguien hubiese pasado hacía poco. El aire estaba frío, aunque adentro de la habitación hacía calor.
Volví a cerrar y me acosté otra vez.
Fue entonces cuando escuché pasos.
No eran fuertes, tampoco apurados. Eran lentos, como si alguien caminara sin ganas o sin apuro. Me tapé hasta la cabeza, esperando que se fueran.
Los pasos se detuvieron frente a nuestra puerta.
Pasaron unos segundos.
Después… nada.
A la mañana siguiente me desperté con una sensación horrible en el cuerpo, como si no hubiese descansado nada. Miré el reloj: marcaba la misma hora que cuando me había dormido.
Parpadeé.
Lo moví un poco.
Seguía igual.
—Cristie —susurré—. ¿Vos tocaste el reloj anoche?
Mi hermana abrió los ojos y me miró.
—No —dijo—. ¿Por qué?
No supe qué responderle.
Bajamos a desayunar y todo parecía normal. Demasiado normal. La misma gente, los mismos lugares, las mismas miradas de la noche anterior.
Cuando salimos del hotel, miré hacia la calle por donde habíamos entrado al pueblo.
No había carteles.
No había ruta.
Solo una calle que no recordaba haber visto antes.
Fui a la parte de recepción con mi hermana. Ahí estaban las mismas tres personas con las que habíamos hablado la noche anterior. Estaban conversando entre ellos, pero en cuanto nos vieron, dejaron de hablar y nos observaron.
Los miré fijo.
—Tenemos que hablar —les dije—. Después. Y nos van a explicar bien las cosas.
No dijeron nada. Solo asintieron con la cabeza.
Pasaron dos horas. Fueron las horas más cortas de mi vida. No hice nada más que mirar el reloj y pensar en lo que iban a decir, aunque no sabía qué esperar.
Finalmente, se acercaron a nosotras.
—Vengan con nosotros —dijo el chico.
Salimos del hotel y caminamos unas cuadras hasta un parque que estaba cerca. No había mucha gente. Algunos bancos, juegos viejos y árboles que parecían demasiado quietos, como si ni el viento se animara a pasar por ahí.
Nos sentamos en un banco. Nadie habló enseguida.
La chica rubia respiró hondo, como si estuviera juntando valor.
—No sabemos cuánto tiempo se van a quedar —dijo al fin.
Mi hermana frunció el ceño.
—¿Por qué decís eso?
La pelinegra nos miró una por una.
—Porque acá el tiempo no se siente igual.
Sentí un escalofrío, pero no dije nada.
—No les vamos a mentir —agregó el chico—, pero tampoco podemos explicar todo de una sola vez.
—Entonces empiecen —dije—. Algo tienen que decirnos.
La rubia bajó la mirada.
—Este lugar parece un pueblo normal, pero no lo es. Y cuanto antes lo acepten, mejor.
Miré alrededor. El parque, los árboles, los juegos. Todo seguía viéndose normal… demasiado.
—¿Y qué se supone que hagamos? —preguntó mi hermana.
La pelinegra apoyó las manos sobre sus rodillas.
—Observar. Escuchar. Y no llamar la atención.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Sentí que esa charla no iba a responder todas nuestras preguntas.
Solo iba a abrir otras nuevas.
—Eso no tiene sentido —dije mientras los miraba—. Si van a explicarnos, explíquennos bien. Solo están abriendo nuevas preguntas.
La rubia miró a la pelinegra. No fue una mirada larga, pero alcanzó para entender que ya habían hablado de esto antes. La pelinegra asintió apenas con la cabeza.
El chico no dijo nada. Solo nos observaba, como si supiera algo que nosotras no. Como si supiera que ya estábamos metidas en algo de lo que no queríamos formar parte.
—No es tan fácil —empezó la rubia—. Porque, aunque no lo crean, desde que llegaron… ya están dentro.
Mi hermana se tensó.
—¿Dentro de qué?
La pelinegra habló despacio, eligiendo bien las palabras.
—De algo que no se ve, pero que se siente. Por eso les parece todo raro. Por eso no encaja.
Miré alrededor. El parque seguía igual, pero de repente nada me parecía normal.
—¿Y cómo salimos? —pregunté.
La rubia tardó en responder.
—Primero tienen que entender qué cosas no cambian acá… y cuáles sí.
El chico, por primera vez, habló.
—Y sobre todo —dijo—, tienen que dejar de pensar que esto es solo un viaje.
Sentí un nudo en el estómago.
Nadie dijo nada más.
El viento pasó entre los árboles, moviendo apenas las hojas.
Y tuve la sensación de que esa conversación no nos estaba acercando a una salida, sino a algo completamente distinto.
Mi hermana lo miró.
—¿Por qué decís eso? Es un viaje de vacaciones —le dijo al chico.
Él la sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—¿Dónde viste vos que unas vacaciones empiecen en un pueblo donde las cosas no son normales? —dijo.
Cristie abrió la boca para contestar, pero no dijo nada. Yo sabía que estaba pensando lo mismo que yo.
—Desde que llegamos —continuó él—, nada pasó como debería. Ni la entrada, ni la gente, ni el tiempo. Y ustedes lo notaron.
La rubia se acomodó en el banco.
—Algunos se dan cuenta enseguida —agregó—. Otros tardan más.
—¿Y nuestros padres? —pregunté—. Ellos actúan como si nada.
La pelinegra bajó la mirada.
—No todos sienten lo mismo.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
—Entonces —dije despacio—, ¿esto no es solo un lugar raro?
El chico negó con la cabeza.
—No.
No explicó más.
Y eso fue lo que terminó de confirmarme que no estábamos donde creíamos estar.
La rubia no dijo nada durante unos segundos. Cuando por fin habló, sus palabras sonaron como piedras cayendo una tras otra en mi cabeza.
—¿Por qué pensás que el taxi no llegó? —dijo, mirando el pasto, sin levantar la vista.
Mi hermana la miró de inmediato.
—No confundas cosas que no son —respondió, aunque la voz se le quebró un poco.
La pelinegra intervino entonces, con un tono serio, casi cansado.
—No estamos confundiendo nada. Ustedes saben que este lugar es raro, pero no lo quieren aceptar. Saben que no es un pueblo de vacaciones… pero no lo quieren recordar.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—¿Recordar qué? —pregunté.
La chica levantó la mirada y me observó fijo.
—Saben cómo podrían salir —dijo—, pero no lo van a intentar. No todavía.
—Eso no tiene sentido —dijo Cristie—. Si supiéramos cómo irnos, ya lo habríamos hecho.
La rubia sonrió apenas, una sonrisa que no tenía nada de alegría.
—Eso creen todos al principio.
El chico seguía en silencio, mirándonos, como si esperara algo. Como si supiera que esa conversación no iba a terminar ahí.
Miré el parque. El pasto, los árboles, los juegos. Todo seguía igual…
pero ya no se sentía igual.
Y por primera vez pensé que tal vez no era el lugar el que había cambiado,
sino nosotras.
Entonces se escuchó un ruido.
No supe de dónde venía, pero fue lo suficientemente fuerte como para que todos nos levantáramos al mismo tiempo. Los de recepción reaccionaron antes que nosotras.
La rubia me agarró la mano con fuerza.
La pelinegra tomó la muñeca de mi hermana.
El chico fue el único que habló.
—Rápido. Hay que volver al hotel.
No preguntamos nada. Empezamos a correr.
Sabíamos que el hotel estaba a unas pocas cuadras, pero mientras avanzábamos parecía alejarse cada vez más, como si el camino se estirara. Las piernas me ardían y el aire me faltaba, pero no frenamos.
Fue en ese momento cuando los cinco nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando.
El suelo empezó a agrietarse de la nada, justo delante de nosotros. El pasto crecía rápido, demasiado, enredándose alrededor de nuestros pies. Las flores que había al costado del camino se marchitaban en segundos, como si alguien les quitara la vida de golpe.
Miré alrededor sin dejar de correr.
Nada se veía igual.
—No miren atrás —dijo el chico, casi gritando.
Pero ya era tarde.
Sentí que el lugar que parecía tranquilo hacía apenas unas horas ahora se estaba cerrando sobre nosotros, como si no quisiera dejarnos pasar.
Y supe, sin que nadie lo dijera, que eso que estaba empezando…
no iba a detenerse tan fácil.
Apenas logramos llegar al hotel, todo volvió a ser como antes.
Las grietas desaparecieron.
El pasto estaba corto otra vez.
Las flores seguían derechas, como si nunca se hubieran marchitado.
Nada parecía haber cambiado.
Nada parecía haberse desmoronado.
Nada parecía raro… de nuevo.
Eso fue lo peor.
Entramos al hotel casi sin aliento. La gente seguía ahí, hablando, riéndose, caminando como si nada hubiera pasado. Nadie nos miró raro. Nadie parecía alterado.
Miré al chico, todavía con el corazón latiéndome fuerte.
—¿Qué fue eso? —le pregunté—. ¿Y por qué no teníamos que mirar hacia atrás?
Él tardó en responder. Se pasó una mano por el pelo y miró alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando.
—Porque cuando miran hacia atrás —dijo al fin—, el pueblo se da cuenta.
—¿De qué? —preguntó mi hermana.
—De que están dudando —respondió—. Y eso no le gusta.
La rubia soltó mi mano recién entonces, como si recién ahora fuera seguro.
—Lo que vieron no siempre pasa —dijo—. Solo cuando alguien empieza a entender demasiado rápido.
—Pero ahora todo está normal —dije—. Como si nada hubiera pasado.
La pelinegra me miró con seriedad.
—Eso es lo que quiere que crean.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.
—Desde ahora —agregó el chico—, presten atención a los detalles. A lo que se repite. A lo que no encaja.
—¿Y si vuelve a pasar? —pregunté.
No respondió enseguida.
—Entonces —dijo finalmente—, ya no va a ser tan fácil correr.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Subimos a nuestra habitación sin decir una palabra más.
Y aunque todo parecía igual…
yo sabía que algo había cambiado.
No el lugar.
Nosotras.
Los chicos sabían que no podían dejarnos solas. No después de lo que había pasado. Nada iba a ser como la primera noche.
—Vengan con nosotros —dijo el chico.
Fuimos hasta una habitación aparte del hotel, más alejada del resto. Entramos y cerraron la puerta con cuidado, como si no quisieran hacer ruido.
Nos quedamos todos juntos ahí.
El chico movió una de las camas y la colocó al lado de la puerta. Después se recostó encima, sin sacarse los zapatos, mirando fijo hacia el pasillo.
—Por si pasa algo —dijo, sin mirarnos.
La rubia y la pelinegra se sentaron en la otra cama. Mi hermana y yo nos quedamos de pie unos segundos, sin saber qué hacer, hasta que nos sentamos también.
La habitación estaba en silencio. No un silencio tranquilo, sino uno tenso, pesado. Como si todos estuviéramos esperando algo.
—¿Va a volver a pasar? —pregunté en voz baja.
Nadie respondió enseguida.
—No siempre —dijo la rubia al fin—. Pero esta noche es mejor no estar separados.
Miré la puerta. No se escuchaba nada del otro lado. Ni pasos, ni voces. Nada.
Y aun así, sentía que no estábamos completamente solas.
Como si el hotel supiera que estábamos ahí, despiertas, esperando.
Me recosté despacio, sin cerrar del todo los ojos.
Porque algo me decía que, si me dormía…
tal vez no despertaría igual.
Las chicas me miraron, incluida mi hermana.
—Ponete en el medio —me dijeron—, junto a la rubia. Ustedes son las más chicas.
No lo dijeron con miedo, sino con cuidado.
—Acá es más fácil que el lugar las confunda —agregó la pelinegra—. O que las haga dudar.
Me acomodé en el medio, tratando de no pensar demasiado. Pero fue imposible.
Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue una pregunta simple, casi tonta:
Cuando se terminen las vacaciones… ¿vamos a poder irnos o no?
No dije nada. Ni siquiera la miré.
Pero la chica rubia giró un poco la cabeza hacia mí y habló, como si hubiera escuchado algo que nunca dije.
—Las vacaciones no tienen nada que ver —dijo en voz baja—. No importa si se terminan o no.
La miré, confundida.
—Acá —continuó— las cosas no cambian solo porque pase el tiempo.
Sentí un escalofrío recorrerme los brazos.
—¿Entonces qué es lo que cambia? —pregunté.
La rubia no respondió enseguida. Miró el techo, después la puerta, y recién entonces habló.
—Las personas.
El chico se movió un poco sobre la cama, sin dejar de mirar la puerta.
—Por eso es mejor que duerman —dijo—. Mientras puedan.
Me recosté despacio, con los ojos bien abiertos.
La habitación estaba quieta. Demasiado.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabíamos lo mismo:
esa noche, dormir no iba a ser lo mismo que descansar.
Al día siguiente me desperté solo con las chicas. No parecía que ninguna tuviera miedo, o al menos no lo demostraban. Nadie habló durante unos minutos, hasta que rompí el silencio.
—¿Cómo durmieron?
Tardaron en responder. Ese silencio fue suficiente para que entendiera que ese día no iba a ser mejor. Más bien, todo lo contrario.
Bajamos a desayunar y tratamos de seguir como si nada. Nadie mencionó lo de la noche anterior. Nadie hizo preguntas.
Cuando estábamos por salir a hablar afuera, apareció una mujer mayor. Por su forma de caminar y de mirar todo, parecía ser la dueña o la gerente del lugar. Se detuvo de golpe al vernos juntos.
Nos miró uno por uno, sorprendida.
—Hoy nadie sale —dijo con firmeza—. Alguien hizo que el pueblo se hartara… y está peor que nunca.
Sentí un escalofrío.
Cuando se dio cuenta de que mi hermana y yo estábamos ahí, su expresión cambió.
—Ustedes dos —dijo—. Vengan.
La seguimos, junto con el grupo que habíamos formado. Nos sentamos cerca de la recepción. La mujer apoyó las manos sobre el mostrador y empezó a hablar.
—Salieron ayer, ¿verdad?
Nadie respondió.
—El pueblo no se pone así por cualquier motivo —continuó—. Algo hicieron. Algo dijeron. O reaccionaron de una forma que no debían.
Miró alrededor, asegurándose de que nadie más escuchara.
—Hoy no van a salir. Estar afuera es un riesgo —dijo—. Quédense dentro del hotel. No les va a pasar nada grave si siguen las reglas.
—¿Qué reglas? —pregunté.
—Si notan algo raro, no reaccionen —respondió—. No se separen. No hagan cosas sin sentido.
Después de decir eso, se enderezó, dio media vuelta y se fue hacia las mesas, como si nada hubiera pasado, retomando su trabajo.
Nos quedamos en silencio.
Y por primera vez entendí que el problema ya no era salir del pueblo…
sino lo que podía pasar si lo desobedecíamos.
Nos quedamos un rato en la recepción, sin saber bien qué hacer. Nadie se movía demasiado. Todos parecían seguir la misma idea: quedarse quietos, no llamar la atención.
—No reaccionen —repetí en voz baja, recordando las palabras de la mujer.
Subimos otra vez a la habitación. El pasillo estaba silencioso, pero algo se sentía distinto, como más cargado. Entramos y cerramos la puerta.
—Al menos acá estamos juntas —dijo mi hermana.
Asentí.
Pasaron varios minutos. Tal vez una hora. El tiempo se sentía raro, estirado. Yo estaba sentada en la cama, mirando mis manos, cuando escuché un ruido seco.
Tac.
Venía del pasillo.
No era fuerte. No era urgente.
Pero era un ruido.
Levanté la cabeza sin pensarlo. Di un paso hacia la puerta.
—No —susurró la rubia—. Dijeron que no reaccionemos.
Me quedé quieta, pero ya era tarde. Me había acercado demasiado. Apoyé la mano en el picaporte solo para asegurarme de que estuviera bien cerrada.
Y en ese momento, alguien del otro lado pasó caminando.
No golpeó.
No habló.
Solo pasó.
Retrocedí de inmediato.
—Fue sin querer —dije, casi como pidiéndome perdón a mí misma.
Nadie respondió.
Unos minutos después, la pelinegra frunció el ceño y miró el reloj que había sobre la mesa.
—¿No les parece raro? —dijo.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—La mujer dijo que hoy nadie salía —respondió—. Que era peligroso.
Caminó despacio hasta la ventana y miró hacia abajo.
—Pero ahí afuera… hay gente.
Me acerqué y miré también.
Abajo, en la entrada del hotel, una pareja entraba riéndose, con valijas en la mano. Como turistas. Como si nada pasara. Como si el pueblo estuviera completamente normal.
—Eso no debería estar pasando —dijo mi hermana.
Sentí un nudo en el estómago.
La regla había sido clara.
Y sin embargo… algo no encajaba.
Y lo peor no fue haber tocado la puerta.
Lo peor fue darme cuenta de que alguien, en algún lugar,
no estaba siguiendo las mismas reglas que nosotros.
Me alejé de la puerta despacio, tratando de no hacer ruido. Nadie dijo nada, pero todos sabíamos que había reaccionado, aunque fuera sin querer.
—Fue un reflejo —murmuré—. No pensé.
La rubia negó con la cabeza.
—Acá los reflejos también cuentan.
Nos quedamos en la habitación el resto de la mañana. No pasó nada grave. No hubo ruidos raros, ni gente golpeando la puerta, ni nada que pareciera peligroso.
Y eso fue lo extraño.
Cuando quise mirar la hora, agarré mi celular. La pantalla estaba encendida, pero no mostraba nada útil. El reloj cambiaba solo. Adelantaba y atrasaba unos minutos, como si no pudiera decidirse.
—¿Tu celular anda mal? —preguntó mi hermana.
—No sé —respondí—. Antes funcionaba bien.
La pelinegra miró de reojo.
—Eso pasa a veces.
—¿Pasa por qué? —dije.
No contestó.
Más tarde bajamos a recepción para preguntar algo simple: qué hora era el desayuno. La misma persona que nos había atendido el día anterior nos respondió con naturalidad.
—Ya pasó.
—¿Cómo que ya pasó? —pregunté—. Recién son…
Me detuve. Miré mi celular otra vez. La hora había cambiado de nuevo.
—Acá el tiempo se desordena cuando alguien no escucha —dijo el chico, en voz baja—. No es grave. Solo incómodo.
Sentí un nudo en el estómago.
No me había pasado nada.
No me dolía nada.
Nadie me gritó ni me castigó.
Pero algo tan simple como saber la hora…
ya no dependía de mí.
Y entendí que esa había sido la consecuencia.
Pequeña.
Silenciosa.
Pero suficiente para no volver a romper una regla.
En ese momento entró la nueva pareja que habíamos visto por la ventana. Los cinco los miramos. Venían agarrados del brazo, sonriendo, con valijas, como si nada hubiera pasado. Como si no se hubieran dado cuenta de nada.
La mujer que nos había advertido antes nos vio observando. Se acercó rápido.
—No miren demasiado —dijo en voz baja—. Puede que el pueblo les dé un castigo.
Apartamos la mirada enseguida.
La miré y, sin pensar demasiado, le pregunté:
—¿Cuál es tu nombre?
—Marta —respondió tranquila, sin ninguna preocupación—. Me imagino que ellos no se presentaron todavía.
Negué con la cabeza.
—Bueno, ya se van a dar cuenta —dijo, y se dio la vuelta para seguir con lo suyo.
Nos miramos entre nosotros hasta que alguien habló. Fue el chico.
—Yo me llamo Marcus —dijo.
La pelinegra continuó:
—Yo soy Brenda.
Después habló la rubia:
—Lisandra.
Mi hermana y yo nos presentamos también. Tratamos de sonar tranquilas, pero los nervios se notaban.
Cuando volvimos a mirar alrededor, todas las personas estaban comiendo. Como si nada. Como si no nos hubieran dicho que el desayuno ya había pasado.
—No miren —susurró Lisandra—. No reaccionen. Es parte del pueblo.
Respiré hondo y bajé la vista.
Nadie rompió la regla.
Y así, como si nada, nos quedamos ahí, mirándonos entre nosotros, esperando que todo pasara…
aunque en el fondo sabíamos que no iba a pasar tan fácil
Se estaba haciendo tarde, así que subimos a nuestra habitación. El pasillo estaba demasiado silencioso.
Marcus nos miró serio y dijo:
—Voy a poner la mesita enfrente de la puerta para que haga presión. Ustedes, que son las chicas, junten dos camas para poder dormir juntas. Yo voy a dormir cerca de la puerta. Cualquier cosa que pase, las voy a despertar y van a tener que reaccionar como está escrito acá.
Miré lo que tenía en la mano. Era un papel doblado, gastado, como si ya hubiese pasado por muchas manos.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
—Marta me lo dio —respondió—. Dijo que cualquier cosa que pasara, reaccionáramos exactamente como dice ahí.
Nos dijo todo de nuevo, despacio, como si necesitara asegurarse de que lo entendiéramos. Qué hacer, qué no hacer. Qué ignorar. Qué mirar solo de reojo.
Después nos acostamos. Intentamos dormir.
El silencio duró demasiado poco.
Escuchamos el primer golpe.
No fue fuerte, pero fue claro.
Venía de la puerta.
Nadie habló. Nadie se movió.
El segundo golpe tardó unos segundos más en llegar, como si quien estuviera del otro lado estuviera esperando algo.
Marcus se incorporó despacio, sin hacer ruido.
Y ahí entendí que esa noche no se trataba de dormir…
sino de no equivocarnos.
Marcus dobló enseguida el papel que tenía en la mano, como si no quisiera que lo viéramos completo, y empezó a hablar en voz baja pero firme.
Nos dijo exactamente qué teníamos que hacer.
Nos miramos entre nosotras, en shock. Ninguna reaccionó al principio.
La ventana no era una opción: estaba demasiado alto.
La puerta tampoco: abrirla significaba no cumplir lo que Marta había dicho… y nadie quería saber qué pasaba si eso se rompía.
El silencio afuera seguía.
Sentí un nudo en el estómago. No era miedo solamente, era esa sensación de que cualquier decisión estaba mal.
Marcus nos volvió a mirar, esperando.
Así que respiramos hondo.
Tomamos valor.
Y decidimos hacer exactamente lo que el papel decía.
Nadie habló.
Nadie miró la puerta.
Y por primera vez desde que llegamos a ese lugar, entendí que no estábamos tratando de escapar…
estábamos tratando de sobrevivir sin llamar la atención.
Y en ese momento tuvimos que tomar la decisión.
Lisandra, Brenda y yo empezamos a atar las sábanas entre sí, con las manos temblando, tratando de no hacer ruido. Cada nudo parecía tardar una eternidad. Mientras tanto, mi hermana y Marcus empujaban la puerta con el cuerpo, haciendo presión, cuidando que no se moviera ni un centímetro. Romper esa regla no era una opción.
Cuando ya estuvo todo listo, tiramos las sábanas por la ventana para comprobar si realmente resistían y si el agarre era suficiente para bajar.
El primero en salir fue Brenda.
Después la siguió Lisandra.
Luego fui yo, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se iba a escuchar desde afuera.
Después bajó mi hermana.
Marcus fue el último. Antes de hacerlo, tiró del todo de las sábanas, las soltó, y cerró la ventana con cuidado, como si nadie hubiera estado nunca ahí. Todo quedó exactamente igual.
Y recién cuando mis pies tocaron el suelo entendí algo:
habíamos salido… pero eso no significaba que el pueblo no lo supiera.
Apenas mis pies tocaron el suelo, sentí algo raro. No era dolor, ni un golpe, ni nada visible… pero algo me recorrió, un escalofrío que empezó en los tobillos y subió hasta la nuca.
—¿Estás bien? —me preguntó mi hermana, preocupada.
—Sí… creo —respondí, pero algo me decía que no era del todo cierto.
No había nadie cerca, nadie nos estaba mirando. Sin embargo, cada sombra alrededor se veía un poco más alargada de lo normal. Como si el pueblo mismo me estuviera observando, juzgando por haber tardado y mirar demasiado.
Y lo peor vino segundos después: mi celular vibró solo en mi bolsillo. Lo saqué y la pantalla mostraba algo extraño: la hora saltaba de repente hacia adelante y hacia atrás, como si no supiera qué minuto era. Ni tocarlo, ni encenderlo había hecho eso. Solo yo… por haber mirado demasiado.
—Eso pasa —dijo Marcus, sin apartar la vista del pasillo— cuando alguien duda o tarda más de lo permitido. No es grave. Solo incómodo.
Sentí un nudo en el estómago.
No dolía. No se veía. Pero sí estaba ahí: un recordatorio silencioso de que el pueblo no perdona las reglas, aunque sean mínimas.
Y entendí que incluso un segundo de duda podía cambiar algo… aunque nadie lo vea.
Nos movimos despacio, casi sin respirar. Nadie hablaba. Cada paso estaba calculado, como si el ruido más mínimo pudiera despertar algo que ya estaba atento. El pueblo parecía dormido: luces encendidas, ventanas abiertas, pero sin movimiento. Demasiado quieto.
Caminábamos pegados a las paredes, evitando las calles principales, cruzando por lugares donde el pasto estaba más alto y las veredas se deshacían. Brenda levantaba la mano cada vez que había que frenar. Lisandra miraba hacia atrás todo el tiempo. Marcus iba adelante, contando pasos en voz baja.
Por un momento… funcionó.
De verdad parecía que no nos había notado.
—Tal vez— empecé a pensar— tal vez podemos—
No terminé la idea.
El aire cambió. No fue un ruido ni un grito. Fue como si el pueblo hubiese parpadeado. Las luces de golpe se encendieron todas al mismo tiempo, una tras otra, como una ola. Las sombras dejaron de coincidir con las cosas. Algunas iban para un lado, otras para otro.
—Nos vio —susurró Lisandra.
Y ahí llegó la consecuencia. No para uno. Para todos.
El suelo empezó a sentirse blando, como si camináramos sobre algo que respiraba. Cada paso costaba más, como si el pueblo nos estuviera pidiendo que nos quedáramos. Las calles que conocíamos ya no llevaban al mismo lugar: doblábamos una esquina y aparecíamos en la misma cuadra otra vez.
—No está bloqueando el camino —dijo Marcus, con la voz tensa—. Está cerrándolo.
Sentí que el tiempo se hacía raro. No pasaba lento ni rápido, pasaba mal. Una campana sonó a lo lejos, pero no venía de ningún lado en particular. Sonaba dentro y fuera al mismo tiempo.
—Esto es porque intentamos escondernos —dijo Brenda—. Al pueblo no le gusta que no lo miren.
Y entonces lo entendimos todos, sin que nadie lo dijera en voz alta:
no importaba qué tan sigilosos fuéramos,
no importaba si no hablábamos,
no importaba si caminábamos como sombras.
El pueblo no necesitaba vernos para saber.
Nos dejó seguir caminando…
pero ahora cada uno sentía algo distinto:
una presión en el pecho,
un zumbido constante,
la sensación de estar siendo contados, uno por uno.
No era castigo para que nos detuviéramos.
Era una advertencia.
“Pueden moverse.”
“Pueden intentar.”
“Pero nunca van a pasar desapercibidos.”
Y recién ahí entendimos que el juego había cambiado
Marcus abrió el papel nuevamente y empezó a dar órdenes. Susurraba, pero con una voz firme, clara, como para que cada palabra quedara grabada en nosotras. Todas entendíamos. Todo. Cada paso, cada gesto, cada movimiento que debíamos hacer.
Pero había algo que no se sentía igual. El aire estaba más pesado, como si el pueblo mismo nos estuviera observando más de cerca. Cada sombra parecía moverse con intención propia. Cada paso que dábamos hacía crujir el suelo de manera extraña, como si nos midieran.
Aun así, seguimos las instrucciones del papel. Giramos por callejones, cruzamos pastos que crecían demasiado rápido y esquivamos lugares donde el suelo parecía moverse bajo nuestros pies. Todo según Marcus nos indicaba. Cada acción estaba calculada para no romper ninguna regla y mantenernos fuera de la vista del pueblo… aunque sabíamos que él lo notaba todo.
Cuando finalmente llegamos al hotel, Marta ya nos estaba esperando. Su mirada no decía nada de alivio, solo atención, como si evaluara cada uno de nuestros movimientos. Nos indicó que entráramos rápido.
Ahí pasó algo inesperado: aunque el pueblo nos había seguido y observado durante todo el camino, no nos detuvo. Ni una calle bloqueada, ni sombras que se interpusieran, ni ruidos que nos obligaran a regresar. El pueblo parecía saber algo que nosotras no: que el hotel era nuestro lugar seguro.
Nos sentimos tensas, pero al mismo tiempo un poco protegidas.
Sabíamos que afuera todo podía volverse en nuestra contra en cualquier momento, pero adentro… estábamos, por ahora, a salvo.
Marta nos miró de nuevo y dijo:
—Bien. Llegaron. Ahora respiren. Pero no piensen que ya terminó… el pueblo nunca olvida.
Y ahí entendimos que aunque estemos dentro, cada regla rota tiene un precio, y que el juego apenas empezaba
Mi hermana tenía esa cara.
Esa cara reconocible.
La que todos ponen cuando quieren gritarle a alguien, pero se contienen porque saben que hacerlo solo empeoraría todo.
Se acercó un poco más a nosotras y habló con toda la furia que venía guardando.
—Yo no tendría que estar acá, aguantando las tonterías de este pueblo. Esto no tiene sentido —dijo, con la voz temblándole—. Estoy corriendo el riesgo de perder a mi hermana, de perderme yo… o de perder a mi familia. No sabemos nada de mis padres desde hace días. Pasan cosas raras todo el tiempo. Ya ni siquiera podemos confiar en la hora… ¿cómo se supone que expliquemos eso?
El silencio que quedó fue pesado.
Marta dio un paso al frente y nos hizo una seña para que nos alejáramos y nos pusiéramos detrás de ella. Obedecimos sin dudar. Mi hermana, en cambio, siguió mirándola con furia.
Marta la miró seria, sin levantar la voz, pero con una firmeza que imponía respeto.
—Mirá, chiquilla —dijo—. No sos más grande que yo como para venir a decirme cómo manejar esto ni para exigirme explicaciones. Acá hay dos opciones: o querés sobrevivir, o querés salir ahí afuera y dejar que el pueblo haga lo que quiera con vos.
Mi hermana apretó los puños, pero no dijo nada.
—Si querés vivir —continuó Marta—, vas a seguir mis reglas. Mis instrucciones. Y no te vuelvas a desquitar con ellos —agregó señalándonos—, porque no tienen nada que ver con la furia que cargás.
Si querés volver a ver a tu familia, eso va a pasar cuando salgas de este lugar, no antes.
Se acercó un poco más.
—Ahora vas a cerrar la boca, vas a venir a mi habitación y vas a proteger a las más chicas junto con Brenda: tu hermana y esa rubia que ves ahí. Si a vos esto te está hartando, imaginate a ellos, que llevan mucho más tiempo acá.
Nos miró a todas por última vez.
—No sean groseras. Vayan a mi habitación. Y no se queden solas.
Dio media vuelta y empezó a caminar.
Nadie discutió.
Porque en ese momento todas entendimos lo mismo: Marta no estaba pidiendo nada… estaba avisando.
Y eso fue exactamente lo que hicimos.
Fuimos a la habitación de Marta. Apenas entramos, empezamos a prepararnos como pudimos: juntamos las camas, acomodamos mantas, pusimos algunas cosas debajo y alrededor, cualquier objeto que pudiera servir para protegernos si algo pasaba durante la noche. No sabíamos de qué, pero sabíamos que teníamos que estar listas.
Marcus se acostó en una cama que quedó en una esquina de la habitación, lo suficientemente cerca como para poder vernos a todas y asegurarse de que las más chicas estuviéramos bien. Mientras acomodaba todo, cruzó una mirada con mi hermana. Esa mirada se notó desde lejos.
Mi hermana tenía los ojos llenos de lágrimas, como si recién en ese momento hubiera entendido que no había una escapatoria fácil. Como si aceptar eso le doliera más que el miedo.
Marcus se acercó despacio y le habló en voz baja, con una sinceridad que pesó más que cualquier grito.
—Marta es así con todos —le dijo—. Solo intenta proteger a las más chicas. Son niños todavía. Tu hermana no tiene ni quince años… y Lisandra tampoco. Es una responsabilidad enorme, lo sé.
No estuvo bien lo que dijiste, ni tampoco cómo ella te respondió ni cómo te hizo sentir. Pero lo hizo por ellas. Lo hizo por vos.
Mi hermana bajó la mirada.
—Te dijo la cruda realidad en pocas palabras —continuó—. Porque si eso que escuchaste ya te dolió, hay mucho más… y no te lo dijo porque no quiere que termines atrapada acá. Quiere que salgamos los cinco. Que seamos libres. Que no carguemos con el peso de quedarnos en este lugar.
Mi hermana ya no pudo aguantar más y rompió en llanto.
Marcus la abrazó.
Y después nos acercamos todas.
No para decir nada, solo para estar ahí.
Porque en ese momento entendimos algo importante: ninguna podía protegerse sola. Ni siquiera ella. Y mucho menos Lisandra y yo. Estábamos en manos de Brenda, de Marcus… y ahora también de Marta.
Desde esa noche, todo cambió.
Aprendimos a valorarnos más.
Aprendimos a cuidarnos entre nosotros.
El grupo se fue fortaleciendo día a día.
Pero nada terminó ahí.
Porque el pueblo todavía no había mostrado todo lo que podía hacer.
La primera noche bajo las reglas fue como vivir dentro de un sueño raro y pesado al mismo tiempo.
Nos acomodamos como nos había indicado Marta. Las camas juntas, las mantas alrededor, cualquier objeto que pudiéramos usar como defensa si algo pasaba. Marcus estaba cerca de la puerta, observándonos sin moverse demasiado, con los ojos atentos a cada sombra que se movía por la habitación. Brenda vigilaba desde su lado, Lisandra y yo nos manteníamos pegadas a nuestras camas, y mi hermana estaba justo en el medio, entre protección y miedo.
Al principio no pasó nada. El silencio era total, solo roto por el sonido de nuestra respiración y el ocasional crujido de la madera del hotel. Cada vez que alguna de nosotras movía un dedo, sentíamos como si el pueblo entero estuviera pendiente de ese pequeño movimiento.
Conforme pasaban las horas, notábamos cosas pequeñas pero extrañas:
Las luces parecían titilar apenas percibían movimiento.
Las sombras a veces se alargaban o se encogían sin razón.
Un leve viento recorría la habitación, aunque todas las ventanas estaban cerradas.
Nosotras nos mirábamos sin hablar, entendiendo que cada regla que rompíamos, aunque mínima, podía tener consecuencias. Y por más miedo que tuviéramos, también sentíamos que estábamos aprendiendo a movernos juntas, a no dejarnos vencer por la incertidumbre.
Fue cuando me levanté un poco para alcanzar una manta que noté algo que nadie más veía.
El reloj de la habitación no estaba en la hora correcta. No era solo que se atrasara o adelantara: el segundero daba saltos, pero no al azar. Parecía marcar patrones, casi como si señalara algo. Sentí un escalofrío y susurré:
—Chicas… miren esto.
Al principio nadie entendió, hasta que les mostré cómo cada salto del segundero coincidía con los movimientos de las sombras fuera de la ventana. Cada vez que el reloj daba un salto, algo del pueblo cambiaba afuera: una luz se apagaba, el pasto se movía, alguna sombra se detenía.
Primero, todas se quedaron en silencio.
Después, Marcus frunció el ceño.
Brenda acercó la mano al borde de la cama, con la respiración contenida.
Mi hermana, con los ojos todavía llorosos, finalmente comprendió y dijo con voz temblorosa:
—Eso… eso significa que el pueblo nos está observando en tiempo real… todo lo que hacemos.
Lisandra se acercó a mirar el reloj conmigo.
—¿Estás diciendo que… nos ve todo? —susurró.
Asentí.
—Sí… y no solo eso. Está reaccionando a nosotros. Cada movimiento, cada decisión que tomamos…
Y ahí fue cuando Marcus finalmente lo dijo en voz alta:
—Jenny tiene razón. Ahora todos lo vemos. El pueblo no necesita hablar ni moverse para hacer sentir su presencia. Está vivo, y todo lo que hagamos va a afectarlo… y él nos afectará.
El silencio volvió, pero esta vez diferente. No era miedo puro, sino un entendimiento terrible: lo que yo había notado abrió los ojos de todos. Y por primera vez, todas supimos con claridad que la noche no sería solo larga, sino que cada segundo contaría.
Empezamos a notar algo increíble: cada vez que nosotros hacíamos algo para protegernos, el pueblo parecía debilitarse un poco más. Cada corte, cada palabra, cada frase, cada movimiento… todo nos servía en contra de él.
Marta no estaba consciente de lo que hacíamos; no sabía qué estrategia utilizábamos. Hasta que un día nos vio afuera. En cuanto nos vio, gritó:
—¡¿Qué hacen ahí afuera?! ¡Ustedes cinco!
Todo el mundo la quedó mirando. Algunos murmuraban entre ellos, otros se preguntaban por qué gritaba a unos niños. Algunos sacaban sus teléfonos a punto de grabarla, mientras otros se acercaban para separarnos y protegernos.
Ahí fue cuando Marta entendió que el pueblo se estaba poniendo en su contra, porque sabía que nosotros íbamos a poder salir.
Nos acercamos y Marta nos llevó a un rincón. Nos dijo:
—No sé lo que estén haciendo, y tampoco sé por qué no me lo notificaron, pero sea lo que sea… no voy a dejar que salgan de aquí.
Todos la miramos, intentando entender a qué se refería con “salir de aquí”. Hasta que yo di un paso adelante, junto con Lisandra:
—Marta, ¿a qué te refieres con eso? —pregunté—. ¿No se supone que tú querías que nosotros saliéramos de este horrible lugar?
Lisandra agregó:
—Sí, tiene razón. ¿Qué quisiste decir con eso?
Brenda también se unió:
—Estás actuando un poco extraño, Marta.
Marcus se puso al lado de mi hermana y dijo:
—¿Por qué no nos dejas estar afuera? El pueblo no está haciendo nada… ¿qué estás intentando ocultar?
Y fue en ese momento cuando Marta finalmente dijo todo.
Marta respiró hondo y continuó, como si cada palabra le pesara más que la anterior.
—Yo soy parte del pueblo —dijo finalmente—. No nací acá, pero el pueblo me eligió. Y cuando eso pasa, ya no hay vuelta atrás.
Nadie se alarmó.
Nadie gritó.
Nadie reaccionó.
Tal vez porque en el fondo ya lo sabíamos.
—Ustedes pueden salir —siguió—. Pero el pueblo siempre cobra algo a cambio. Con los que se quedan… el efecto es peor.
Aun así, nadie dijo nada.
Nadie, excepto la nueva pareja, que parecía no estar escuchando. Como si el pueblo los tuviera en otro lugar, en otra realidad.
Marta apretó los labios antes de decir lo último:
—Solo un grupo puede salir por mes. Y esta vez… sé que van a ser ustedes.
El silencio se volvió pesado. Se sentía en el pecho, en la garganta, en cada respiración. Hasta que alguien habló.
—El reloj… —dije sin darme cuenta—. Nos va a servir. Cada vez que se salta segundos, el pueblo se desacomoda. Si usamos ese momento… podemos salir todos.
Marta me miró fijo.
Y por primera vez, sonrió de verdad.
Nos despedimos de ella.
Uno por uno.
Incluso mi hermana.
No fue una despedida larga. No hizo falta. Había cosas que no necesitaban palabras.
Y así fue como logramos salir.
Hasta el día de hoy no sé qué habrá sido de ese pueblo.
No sé si sigue existiendo, si cambió, o si eligió a otros.
Pero sé algo con total seguridad:
si algún día volvemos por error…
esa vez no habrá escapatoria.