El pueblo tambien cree en ellos.

Capítulo 2: Los primeros secretos

El sol apenas despuntaba sobre las colinas que rodeaban Valle Quieto, tiñendo las calles de un dorado suave que no lograba disipar la tensión palpable en el aire. En la comisaría, Sofía se encontraba sentada frente al escritorio desordenado del sheriff. Sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre una carpeta, una mezcla de ansiedad e impaciencia marcaba cada movimiento. Observaba a los oficiales que entraban y salían con pasos apresurados, sus rostros reflejando el peso del caos que había sacudido al pueblo.

La puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire fresco junto a Gabriel, quien cargaba un vaso de café en una mano y un conjunto de papeles arrugados en la otra. Sus ojeras eran testimonio de una noche sin descanso. Sin mediar palabra, se dejó caer en la silla frente a Sofía, dejando escapar un suspiro cargado de agotamiento.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio que se había asentado como una niebla en la pequeña oficina.

Gabriel tomó un sorbo del café, dejando que el líquido caliente lo despertara un poco más.

—Primero, necesitamos entender qué quieren estos lunáticos —respondió, dejando la taza sobre el escritorio con un golpe suave—. Los mensajes no son aleatorios. Parecen personales, como si supieran cosas que no deberían. Pero, ¿cómo demonios lo hacen?

Sofía asintió, y con manos firmes abrió la carpeta que tenía frente a ella.

—Anoche encontré esto en casa —dijo, sacando una serie de fotografías amarillentas y recortes de periódico desgastados—. Mi madre coleccionaba historias del pueblo. Entre sus cosas encontré este artículo sobre un circo que visitó Valle Quieto hace muchos años.

Gabriel tomó uno de los recortes y lo leyó en voz alta, su ceño fruncido marcando cada palabra.

—"Incendio en el Gran Circo Soleado. Se reportan múltiples víctimas, entre ellas, artistas de renombre."

Se quedó en silencio un momento, dejando que el peso de la información se asentara.

—El artículo menciona que algunos artistas sobrevivieron, pero desaparecieron después del incendio —continuó Sofía, señalando un pasaje en el papel—. Creo que Marta podría saber algo más. Ella siempre habla del pasado como si tuviera una conexión directa con él.

Gabriel asintió con lentitud, sus pensamientos claramente lejos, tal vez imaginando los rostros detrás de las máscaras que habían aterrorizado al pueblo.

Más tarde, el sol ya estaba en lo alto cuando Sofía y Gabriel llegaron a la casa de Marta. La vieja construcción de madera se encontraba al borde del pueblo, rodeada de un jardín descuidado donde las malas hierbas habían reclamado su territorio. Marta los recibió en la puerta, su figura menuda envuelta en un chal de lana que parecía más grande que ella.

—Sabía que vendrían —dijo con una voz áspera pero firme, sosteniéndose en un bastón ornamentado con tallados antiguos—. Adelante.

Los guio hacia su sala, un espacio pequeño lleno de muebles antiguos, libros apilados en cada esquina y fotografías descoloridas en las paredes. El aire olía a madera envejecida y té de hierbas. Marta se sentó en una mecedora junto a una pequeña mesa, donde una lámpara arrojaba una luz cálida y tenue.

—Siempre supe que volverían —dijo de repente, mirando a la distancia como si estuviera hablando con alguien más.

Gabriel se inclinó ligeramente hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas.

—¿Quiénes volverían? —preguntó, su tono intentando ser tanto inquisitivo como calmado.

Marta giró la cabeza lentamente hacia él.

—Ellos. Los payasos. —Sus palabras parecieron absorber todo el calor de la habitación—. Hace cincuenta años, un circo llegó al pueblo. Traían risas, alegría y promesas de maravillas. La gente los adoraba… hasta que las cosas empezaron a cambiar.

Sofía sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, pero mantuvo la mirada fija en Marta.

—¿Qué pasó?

La anciana suspiró profundamente, como si los recuerdos le pesaran en el alma.

—Había secretos. Muchos secretos. Algunos de los artistas eran… diferentes. Sabían cosas de la gente, secretos que nadie más conocía. Entonces, una noche, el circo ardió en llamas. Nadie sabe cómo empezó el incendio, pero muchos murieron. Los que sobrevivieron desaparecieron, como si el fuego se los hubiera tragado.

Gabriel frunció el ceño, su instinto de oficial de la ley luchando por aceptar una historia que sonaba más a leyenda que a realidad.

—¿Cree que los payasos que están aterrorizando al pueblo están relacionados con eso?

Marta giró la cabeza lentamente hacia él, su mirada fija y penetrante.

—No lo creo, sheriff. Lo sé.

El silencio llenó la sala, pesado e incómodo. Las palabras de Marta resonaban como un eco imposible de ignorar. Gabriel y Sofía se miraron, conscientes de que lo que habían escuchado no era una simple anécdota del pasado, sino una advertencia.

Aferrándose al bastón, Marta se inclinó hacia ellos.

—Los payasos no vinieron solo a jugar. Vinieron a terminar lo que empezaron.

Mientras tanto, en la silenciosa biblioteca local, Luca e Isak estaban sumergidos en su propia investigación. La luz de las lámparas parpadeaba tenuemente, proyectando sombras irregulares sobre las estanterías abarrotadas de libros polvorientos. Luca, con la mirada fija y los dedos manchados de tinta, revisaba una pila de registros antiguos del pueblo. A su lado, Isak se balanceaba ligeramente en su silla, observando con escepticismo el entusiasmo casi febril de su amigo.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 25.02.2026

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