El pueblo tambien cree en ellos.

Capítulo 4: El enigma del Maestro de Ceremonias

El amanecer apenas comenzaba a despuntar en Valle Quieto, pero el pueblo ya estaba sumido en un silencio inquietante. La noticia de la masacre en la casa de los Salazar se había esparcido como un virus, y la gente aún no podía procesar lo que había sucedido. En la comisaría, Gabriel observaba la escena de crimen con una expresión sombría, su mente intentando conectar los puntos dispersos que empezaban a tomar forma.

Al lado de la mesa donde yacían los cuerpos de la familia, un sobre blanco destacaba, un mensaje sin remitente, pero con una firma inconfundible: "El Maestro de Ceremonias." Gabriel abrió el sobre con manos temblorosas y leyó la carta en voz baja:

"El circo está en la ciudad, y los secretos del pueblo se revelarán, uno por uno. No hay lugar para la redención. Todos deben enfrentarse a sus propios miedos. Nada es aleatorio. Todo tiene un propósito."

Un escalofrío recorrió su espalda. Los ataques no eran simples crímenes, eran un espectáculo meticulosamente planeado. Estaban dirigidos, y no solo a los que podían haber tenido la mala suerte de cruzarse con los payasos, sino a los miedos más profundos de los habitantes.

Gabriel dejó caer el sobre al suelo, sus manos aún temblorosas por la revelación. La firma del "Maestro de Ceremonias" era como un dardo envenenado que atravesaba su temple. Mientras observaba el caos del escenario de la masacre en la casa de los Salazar, no podía evitar sentir un peso familiar en el pecho, un eco del pasado que intentaba enterrar desde hacía décadas. El nombre "Maestro de Ceremonias" le recordaba a los susurros de los ancianos cuando era niño, cuentos sobre el circo que ardió en llamas y las almas que nunca descansaron. Pero esto no era un mito. Esto era real.

—¿Qué es esto, jefe? —preguntó un joven agente al ver el sobre caer.

Gabriel no respondió de inmediato. Lo recogió y lo guardó en su chaqueta con un movimiento brusco.

—Nada que te concierna —murmuró mientras salía de la escena, dejando a sus subordinados lidiando con el desastre. Sabía que las palabras en esa carta no eran para cualquiera. Eran para él. Y el mensaje no hablaba solo del presente, sino de un juicio personal al que no estaba seguro de poder sobrevivir.

Mientras tanto, Sofía caminaba sin rumbo fijo por las calles desiertas de Valle Quieto. Su mirada, perdida en el horizonte, evitaba las caras de los vecinos que susurraban tras las ventanas. Había algo más pesado que el miedo en su corazón: la culpa. Cada nueva tragedia traía consigo un torrente de recuerdos incontrolables. Su hijo, su risa, sus pequeñas manos aferrándose a las suyas antes de que todo se apagara en un instante de descuido. Y ahora, con cada aparición de los payasos, sentía que esos ojos oscuros la buscaban, acusándola, recordándole que había fallado como madre.

Entró a su casa y se desplomó en el sofá. El silencio del lugar era ensordecedor. Su mirada se encontró con el espejo frente a ella. Era como si el reflejo fuera de una extraña, una mujer quebrada con ojos vacíos que no reconocía.

Un sonido repentino la sobresaltó. Era el timbre. Se levantó, su corazón acelerándose. Cuando abrió la puerta, encontró a Iván, el forastero, parado bajo la tenue luz de la farola. Su rostro parecía aún más sombrío que de costumbre, con sombras profundas bajo sus ojos que sugerían noches de insomnio y secretos oscuros.

—Necesitamos hablar —dijo sin preámbulos, extendiéndole un papel arrugado.

Sofía lo tomó con cuidado y lo desdobló. Su estómago se contrajo al ver las palabras y la misma firma al final: "El Maestro de Ceremonias".

—¿Qué significa esto? —preguntó, tratando de mantener su voz firme. Pero no podía evitar que un leve temblor se colara en sus palabras.

Iván desvió la mirada, como si las palabras fueran demasiado difíciles de pronunciar. Su mano derecha temblaba, y parecía que llevaba días sin dormir.

—Significa que estamos atrapados en algo mucho más grande de lo que parece. El Maestro de Ceremonias... no solo está detrás de los payasos. Él sabe. Sabe cosas sobre nosotros. Sobre mí. —Sus ojos finalmente se encontraron con los de Sofía, llenos de algo que ella no podía identificar. ¿Era miedo? ¿Culpa? ¿Ambos?

Sofía dio un paso atrás, como si la proximidad de Iván la quemara.

—¿Qué sabes tú de esto? —exigió, su tono endureciéndose.

Iván suspiró profundamente y miró hacia la oscuridad de la calle.

—Hay cosas que no puedo decir... pero sí sé una cosa: esto no es aleatorio. Él está eligiendo a las personas. A nosotros. Por lo que hemos hecho, por lo que somos. —Bajó la voz al final, casi como si no quisiera que nadie más escuchara esas palabras.

Por un momento, el silencio entre ellos se sintió como una sentencia. Sofía notó algo en Iván, un aura de peligro que no había percibido antes. ¿Qué había hecho él para ser un objetivo del Maestro de Ceremonias? ¿Y qué sabía sobre lo que estaba ocurriendo?

A la distancia, los ecos de una risa aguda y distorsionada rompieron la quietud de la noche. Sofía cerró la puerta de golpe, su pecho subiendo y bajando con rapidez. Iván no intentó detenerla. En cambio, se quedó allí parado, con la carta en su mano, como si estuviera buscando algo en la oscuridad.

Mientras tanto, Luca e Isak seguían sumidos en su búsqueda de respuestas. El diario que encontraron en la biblioteca era solo una pieza del rompecabezas. Los relatos del pasado comenzaban a formar un patrón que ambos no podían ignorar. Los nombres, las fechas, las conexiones entre el circo y los habitantes del pueblo, todo parecía entrelazarse de formas que desafiaban la lógica.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 25.02.2026

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