El Puente

C1: El Eco de los Espejos Vacíos

Elisa respiró hondo, sintiendo cómo la electricidad del descubrimiento recorría su piel. El mensaje de texto era simple, casi banal, pero en su interior significaba una chispa de esperanza. “¿Todavía hay alguien ahí afuera?” era la pregunta que flotaba en su mente, y sin pensarlo dos veces, comenzó a teclear una respuesta.

“Sí, estoy aquí. ¿Quién eres?”

El reloj en la pared marcaba las horas, pero para Elisa, el tiempo se había detenido. Mientras esperaba una respuesta, su mente viajaba a los días de antes, cuando las interacciones eran espontáneas y la vida estaba llena de posibilidades. La imagen de la pareja en el parque volvió a aparecer en su mente, como un eco persistente que se negaba a desvanecerse.

Pasaron minutos, y el silencio se volvió pesado. La ansiedad creció, pero finalmente, su dispositivo vibró. Con manos temblorosas, abrió la respuesta.

“Soy Lucas. He estado aquí todo este tiempo, tratando de entender qué salió mal.”

El corazón de Elisa dio un vuelco. Lucas. Ese nombre resonaba en su memoria como un susurro de una vida que había olvidado. Sin saber por qué, decidió arriesgarse.

“¿Qué quieres decir con ‘aquí’? ¿Dónde estás?”

La respuesta llegó más rápido esta vez, como si Lucas también estuviera esperando con ansias. “En la zona de reserva, donde los hombres viven en la sombra. Pero sigo pensando en el pasado, en lo que éramos.”

Elisa sintió una mezcla de emociones: rabia, tristeza, pero también una chispa de curiosidad. Había un hombre que aún recordaba lo que era ser humano, que anhelaba algo más que la soledad.

“¿Por qué no te unes a nosotras? Hay mucho que reconstruir”, escribió, sintiendo el peso de cada palabra. Pero cuando vio el mensaje en la pantalla, se detuvo. ¿Podría confiar en él? ¿Era un riesgo que estaba dispuesta a tomar?

La respuesta llegó, pero con un giro inesperado. “Lo intenté una vez. Pero el miedo nos ha dividido. Y las mujeres no quieren saber de nosotros. No quiero ser una carga.”

Elara sintió una punzada en el corazón. Era cierto. La sociedad había construido muros altos, pero ¿era posible derribarlos? ¿Podía haber un camino hacia un futuro donde ambos géneros pudieran coexistir sin miedo ni desconfianza?

La noche avanzaba, y la ciudad seguía en su letargo. Elisa decidió que no podía dejar que el miedo ganara. Con un nuevo sentido de determinación, escribió: “Quizás podamos encontrar una solución juntos. Quizás hay esperanza.”

Mientras enviaba el mensaje, una sensación de ligereza la invadió. No sabía qué pasaría después, pero estaba lista para explorar lo desconocido. La vida era un camino lleno de incertidumbres, pero también de posibilidades. Y por primera vez en mucho tiempo, Elara sintió que su corazón latía con fuerza, como si hubiera despertado de un largo sueño.



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En el texto hay: miedo, esperanza, desconfianza

Editado: 01.07.2026

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