Hace 20 años, el mundo era un lugar muy diferente. Las calles estaban llenas de jóvenes y adultos, pero la risa infantil había desaparecido casi por completo. Las mujeres, en su búsqueda de independencia y control sobre sus vidas, habían comenzado a perder el interés en la maternidad. Con la llegada de los anticonceptivos, la posibilidad de tener hijos se había convertido en una elección, y muchas optaron por no tenerlos.
Las relaciones superficiales proliferaron, donde el placer momentáneo reemplazó la conexión emocional. A medida que los años pasaron, el deseo de formar familias se desvaneció, y los niños, una vez símbolo de esperanza y continuidad, comenzaron a desaparecer de la sociedad.
Fue en este contexto que las mujeres, sintiendo que el vínculo con los hombres se había debilitado irremediablemente, tomaron la decisión de separarse. En cada ciudad, se establecieron zonas donde solo vivían mujeres, mientras que los hombres se agruparon en sus propios espacios. La vida se organizó de tal forma que el trabajo, las actividades y el ocio se llevaron a cabo en mundos paralelos, donde la presencia del otro sexo era solo un eco distante.
Al principio, la separación fue vista como una solución. Las mujeres encontraron satisfacción en sus carreras y en el desarrollo personal, mientras que los hombres se sumergieron en sus pasiones, hobbies y amistades. Sin embargo, con el tiempo, la monotonía se apoderó de sus días. En las zonas de hombres, las risas y la camaradería no podían llenar el vacío que dejaba la ausencia de la conexión emocional con las mujeres. Y en las zonas de mujeres, aunque se disfrutaba de la libertad, también había un creciente sentido de soledad.
La apatía comenzó a asomarse en ambos lados. Las calles, antes llenas de vida, se volvieron sombrías y silenciosas. Las personas morían, y el ciclo de la vida se interrumpía. La humanidad, en su búsqueda de un nuevo orden, se dio cuenta de que había perdido algo esencial: la capacidad de amar y crear. Sin niños, la continuidad de la raza humana estaba en peligro.
Los años pasaron, y el mundo se convirtió en un lugar de sombras. Las personas se entretenían con cosas que les gustaban, pero el sentido de vacío era palpable. Las conversaciones, cuando ocurrían, eran superficiales y carentes de la profundidad que se había perdido. La apatía y el desánimo crecían, y la esperanza de un futuro lleno de vida se desvanecía.
Era un ciclo que parecía interminable, hasta que un grupo de valientes decidió que era hora de cambiar la narrativa. Fue entonces cuando surgieron talleres como el que Elisa, Lucas y Marta estaban organizando, buscando romper las barreras que habían mantenido a hombres y mujeres separados durante tanto tiempo.