El Puente Que Nunca Cruzamos

1. Vagón 4, Asiento 12

Miércoles, 11 de noviembre de 2015

Estación de Tren Internacional (Encarnación, Paraguay)

14:30 hs.

Aquel 11 de noviembre, el aire encarnaceno pesaba como el plomo. Julián se acomodó en el asiento 12 del vagón, buscando que el aire acondicionado le llegue justo al rostro, cuando en un momento una rafaga de perfume a cítricos y una maleta mal cerrada interrumpieron su lectura. Eran las 14:30. Martina entró tropezando con todos, disculpándose con un acento que dejaba ver a “Buenos Aires” a kilómetros de distancia. Julián no lo sabía, pero ese viaje a penas diez minutos sobre el Paraná iban a durarles toda la vida.

—Disculpa, creo que este es mi lugar. — dice mirando su boleto—, el… doce.

—Ah, disculpame, no sabía. — Julian la miró con una sonrisa, y se hizo a un lado.

Martina se dejó caer en el asiento, dejando soltar un suspiro que olía a café y a nervios.

—Soy Julián. —dice extendiendo su mano.

—Soy Martina, un gusto.—ella correspondió al saludo.

El silbato de salida dio a entender a los pasajeros que el viaje había comenzado, Julián se volvió a centrar en su lectura, pero un crujido de cuero lo llamó la atención, observó a Martina que extraía un equipo de pieza: el tacto rugoso del mate, el peso sólido y ese aroma a yerba seca que escapó en cuanto destapó el recipiente, el sonido metálico de la bombilla rascando el fondo cortó el silencio del ambiente marcando el inicio de una conversación.

—Mate con este calor?— dijo Julián en un tono sorprendido.

—Así es. tampoco hace tanto calor.

—Bueno, en noviembre entrando casi al verano, sí.

—Pues sí vas para Posadas, deberás entender qué vas a ver a mucha gente como yo.

—Eso lo tengo entendido, pero me sorprende demasiado qué soporten el agua caliente, es por eso que yo. —Hizo una pausa para alcanzar su equipo de tereré. Extrajo un termo de generosas dimensiones forrado en cuero labrado y una guampa de madera algarrobo. El repiqueteo de los hielos contra las paredes del termo llenó el silencio mientras terminaba la frase—..prefiero algo que refresque las ideas.

—Está más que perfecto, un choque de culturas, aunque nosotros lo tomamos con jugo.

—Eso es una aberración ante mi nación, el tere..

—Si, si si, es con agua, y hielo, eso lo tengo más que entendido, pero nosotros lo tomamos de esa forma.

—No voy a juzgar, cada uno con sus gustos.

El traqueteo del tren sobre las juntas de metal del puente San Roque González de Santa Cruz se volvió más intenso, un sonido rítmico que parecía marcar el pulso de la conversación. Por la ventanilla, el río Paraná se extendía como un mar de plata bajo el sol de noviembre.

—Hemos llegado.—Julián dijo, mientras guardaba su guampa en el bolso de cuero con una parsimonia que a Martina le ponía los pelos de punta.

Al bajar en la estación de Posadas, el choque de calor los recibió de nuevo, pero esta vez mezclando un olor a gasoil y el eco de los sellos golpeando los pasaportes. Martina se iba dirigiendo de forma apurada, revisando que su bolso de mano estuviera cerrado, mientras que Julián iba con una calma saludando con la cabeza a un par de estibadores que conocía de vista.

En la fila de migraciones, el ambiente se volvió un poco más tenso. Un oficial de la aduana argentina, con el uniforme algo sudado y cara de pocos amigos, le hizo una seña a Martina para que se apartara de la fila.

—Señorita, disculpe, ¿Que carga en ese bolso negro?—preguntó el oficial, señalando el equipo de fotografía que ella estaba intentando disimular.

—Es mi equipo de trabajo, soy periodista. solo vengo por unos días. —respondió, subiendo de tono de voz, ese vibrato porteño que en la frontera a veces suena a potencia sin quererlo.

—Tiene que declarar el número de serie de los lentes y la cámara. Si no tiene el formulario, tengo que retener el equipo hasta que verifiquemos los datos.

Julián, que ya había pasado su control sin ningún problema, observó la situación y retrocedió. Vio a Martina, se le ponía las mejillas un poco roja de la rabia y de los nervios; sabía que si ella seguía discutiendo, terminaría pasando la tarde en una oficina administrativa.

—Permiso, oficial— intervino Julián acercándose con una sonrisa de calma—. Es colega mía, viene para la convención de arquitectura en la costanera. Yo me hago responsable, es solo para unas tomas de las fachadas nuevas.

El oficial miró a julián, luego a Martina, y finalmente suspiró.—Dale, pasá, pero la próxima traé el formulario hecho desde Buenos Aires, nena.

Una vez fuera de la estación, ya en territorio argentino, Martina se detuvo para recuperar el aliento.—No era necesario que mintieras por mí, Julián, pero gracias.

—No mentí.—dijo él, acomodándose la camisa de lino—. Dije que eras colega. Al final del día, todos estamos tratando de construir algo, ¿no?

Martina guardó su cámara con manos todavía un poco temblorosas, mientras el eco del oficial se perdía entre el ruido de los taxis que esperaban afuera de la Estación de Tren Internacional de Posadas.




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