El Puente Que Nunca Cruzamos

2. El aroma del azahar

Habían pasado exactamente más de cinco días desde que Martina y Julián se encontraron en aquella estación. Días de los cuales el número de Julián, anotado en ese papel con caligrafía de arquitecto—precisa y técnica—, parecía quemarle el fondo del bolso. en la habitación del hotel, Martina había desplegado un mapa de la zona. había marcado con círculos ciertas áreas de las cuales estaban inundadas por la represa de Yacyretá y los puntos donde según, sus informantes, se movían las piezas robadas. pero cada vez que intentaba concentrarse, el recuerdo de la voz de aquel paraguayo en la aduana la distraía. ¿porque la había ayudado? en su mundo, nadie daba nada a cambio de nada.

Finalmente, el jueves, el calor de noviembre se volvió insoportable. Martina cruzó el puente de regreso a la encarnación. al bajar del taxi en la calle Artigas, el aroma la golpeó: era el azahar. los naranjos que bordeaban las veredas estaban en plena ebullición. era un perfume tan dulce que resultaba violento, una fragancia que parecía querer ocultar el olor a rancio de las construcciones viejas.

Julián estaba allí, parado frente a una casona de finales del siglo XIX. No vestía la pulcra camisa de lino del tren; ahora llevaba una remera oscura ajustada al cuerpo, manchada de polvo del ladrillo, y unos jeans ya gastados con pequeños hoyos en él. tenía un lápiz de carpintero detrás de la oreja y miraba la fachada como si estuviera leyéndoles sus pecados.

—Viniste, porteñita—dijo él, usando ese diminutivo que en Paraguay puede ser un halago o una burla gentil—. pensé que el calor ya te había dado un susto de vuelta al obelisco.

—No me asusta el calor, Julián. Me asusta perder el tiempo— respondió Martina, acomodando el bolso donde el grabador ya estaba encendido—. ¿Esta es la joya que estás restaurando?

Julián hizo un gesto con la cabeza para que pasara. — Eiké, pasa. Pero ten cuidado por donde pisas, esta casa tiene más trampas que la aduana.

El interior era un laberinto de techos altísimos y sombras extensas. El aroma del azahar se colaba por las ventanas rotas, mezclados con el olor a humedad y aserrín. Julián caminaba con una seguridad felina, señalando las molduras de los techos.

—Mi abuelo decía que las casas son como las personas: si le sacas todo el maquillaje que trae encima, ves sus cicatrices. esta pared, por ejemplo...—Julián acarició el ladrillo desnudo—... debería de estar bajo el agua. pero el viejo era cabezudo, no quiso dejar que el progreso se llevara sus recuerdos.

Martina se acercó a unas cajas de maderas reforzadas montadas en un rincón oscuro. su instinto le dio un vuelvo. —Parece que tu abuelo no solo guardaba recuerdos, arquitecto. esas cajas de lejos se notan pesadas para tener solamente fotos familiares, demasiado raro.

Julián se detuvo en seco. Se giró lentamente, le clavó una mirada con intensidad que la obligó a dar pequeños pasos hacia atrás. —Cháke, Martina. —susurró él. el tono de su voz cambió de repente; ya no era más aquel arquitecto amable que vio en aquel tren—. en este lado del río, la curiosidad tiene un pago muy costoso. hay cosas que es mejor no preguntar si es que te gustaría volver a cruzar el puente.

—Acaso... ¿Me estás amenazando, arquitecto? — desafío ella, sintiendo que la grabadora en su bolso quemaba.

Julián se acercó tanto a la porteña que logró sentir el calor de su aliento. —Anichéne, para nada. Solo te digo que el azahar marea a los que no están acostumbrados. te va a hacer ver cosas donde quizá no hay, o te hará olvidar a lo que realmente has venido.

En ese momento, el celular de martina vibró en su bolsillo. al sacarlo, vio que no era un mensaje, sino que la pantalla estaba completamente negra con una sola palabra en guaraní brillando en letras blancas: “Mba’e piko?” (¿Que pasá? / ¿Qué buscás?). Martina miró a Julián, pero él ya se había dado la vuelta para seguir con su trabajo, como si aquello nunca llegó a suceder.

Jajotopáta, Martina— dijo él desde la oscuridad del pasillo—. Nos vemos luego, si es que todavía quieres seguir jugando a la periodista. —Julián se quedó apoyado contra el marco de la puerta, observando como Martina luchaba contra la humedad que le pegaba el pelo a la frente. ella guardó su teléfono nuevamente en su bolsillo, intentando disimular que sus manos le temblaban ante aquel mensaje en guaraní.

—¿Sabes qué pasa, Julián? Que me haces la psicológica y a mí no me va— soltó Martina, recuperando su tono porteño, ese que usaba para manejarse por la avenida Corrientes—. Me traes a esta casa que cae a pedazos, me hablas en clave y después te haces el místico con el río. dale, bájame a tierra. ¿Qué onda con esas cajas que están ahí? ¿son para la obra o estas de mudanza clandestina?

Julián la miró confundido. Frunció el ceño tratando de entender el ritmo de ametralladora con el que ella hablaba.

—¿Qué onda? ¿hacer psicológica? —repitió Julián, saboreando las palabras como si fueran algo extraño—. hablas como si estuvieras apurada por llegar a ningún lado, Martina. acá en Itapúa las cosas tienen su tiempo. Peguahé mboyve, antes de que lleguen las respuestas, tienes que saber escuchar el silencio de la casa.

—¡Pero qué silencio, si afuera hay un quilombo de motos que no se puede creer! —exclamó ella, gesticulando con sus manos—. No me vengas con el chamuyo del silencio. Yo vi como miraste a ese oficial en la aduana en aquel día. Vos sí que llevas la “re posta” de lo que pasa en ese puente y me estas dando vueltas como si yo fuera turista que vino a comprar sábanas.




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