Martina salió de la casona de Julián con las piernas de gelatina. el encuentro había sido demasiado: el color al azahar, la confesión de las piezas robadas y ese mensaje turbio en su celular que le preguntaba en guaraní que estaba buscando. camino rápido por el centro de encarnación, buscando la seguridad de la multitud, pero sentía que una mirada se clavaba tras su nuca.
Al doblar la esquina, lo vio: un Peugeot 504 viejo, con chapa argentina, que avanzaba a la par de ella, casi acariciando el cordón de la vereda. No era Julián ni sus silencios; eran dos hombres que no tenían cara de querer hablar de arquitectura.
Desesperada, entró al primer lugar que vio abierto, para refugiarse en él: el café "El Mensu". el aire adentro olía a café quemado y a humedad vieja. se sentó en la mesa que estaba lo más alejada de la ventana, con el corazón golpeándole ambas costillas.
De pronto, su teléfono volvió a la vida. una llamada de número privado.
— No mires hacia la calle, Martina. Quédate ahí. Ya voy por vos.
Dijo la voz de Julián antes de cortar.
Menos de cinco minutos después, la puerta se abrió. Julián entró sin prisa, escaneando el lugar con una frialdad técnica. se sentó frente a ella.
—Pará un poco, Julián. — soltó ella, tratando de recuperar su arrogancia porteña—. ¿Cómo sabías que me seguían? Me estas volviendo loca con los mensajitos. ¿Qué onda con mi teléfono?
Julián tomó el celular de Marina. —Aníke repu'a vai, Martina. el teléfono no es el problema; el problema es que seres demasiado ruidosa para una ciudad que vive de los secretos. Ese Peugeot que viste afuera trabaja para la gente que no quiere que tu salgas en el diario de Buenos Aires. Viniste a investigar a las familias equivocadas.
—¿Y vos de qué lado estás? — preguntó ella, mientras se inclinaba. la cercanía de Julián era eléctrica—. Porque me confiesas que sos un "rescatador" de iglesias y ahora me venís a salvar. No te la creo, Julián.
Julián no respondió. Le hizo una seña y la llevó casi a rastras hacia la cocina del café. El calor allí era infernal. Dos hombres de piel curtida estaban picando carne con cuchillos largos. Cuando los vieron ingresar, clavaron su vista en Martina.
—¿Mba'éichapa, Julián? ¿Mba'epiko la rejapóva ko kuña ndive? (¿Qué tal, Julián? ¿Qué es lo que haces con esta mujer?) —preguntó uno con voz rasposa.
Julián no la soltó. —Tranquilo kape. Ha'e che iru. Oñe mose va'ekue chupe hína (Tranquilo amigo. es mi compañera. la vienen siguiendo)
—¿Qué dijeron? —Saltó Martina, su tono porteño subiendo de octava—. Me están mirando a mí, ¿no? Deciles que no soy ninguna turista despistada, Julián.
Los hombres se rieron, una risa seca. Uno le dijo algo al otro en su oído y soltó: —¡Hee.. kóa hína la porteña tavy! Ndovái kóa ápe, Julián. Embogue katu chupe ko'águi. (¡Hee... ¡Esta es la porteña loca! No conviene que esté acá, Julián. Bórrala ya de acá).
—¡Pará, pará! —Martina se soltó de Julián—. ¿Tavy? Eso me lo dijiste vos antes. sé que están hablando de mí. ¿Qué onda, Julián? ¿Me estás vendiendo? ¡Ni en pedo les doy mi bolso!
Julián suspira, frotando la sien. —Aníke reñe'e vai, chamiga. Ellos no te quieren robar. Dicen que sos muy "ruidosa" y que acá la gente ruidosa termina en el río. Preguntan porque te traigo donde se manejan cosas pesadas.
—¡Nde, Julián! —interrumpe el hombre el cual tenía en sus manos el cuchillo—. Ani rejeroviaite hese. Kóa ningo periodista hína, oikuaasepaitéva la oikóva. (¡Oye Julián! No confíes tanto en ella. esta periodista, lo quiere saber todo).
Martina retrocedió. Captó la palabra: "periodista". —Saben quién soy— susurró ella—. Julián, ellos saben lo que hago. Vos seguro les dijiste.
Julián la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban a milímetros de los de ella. —si yo les hubiera dicho quién eres realmente, no estarías parada acá discutiendo. Ahora eje'i (quédate tranquila) y camina. Si te quedas a pelear por tu orgullo nada más, el Peugeot de afuera va a ser el menor de tus problemas.
—Subí, Martina. Ahora. — ordenó el.
Ella obedeció, pero al cerrar la puerta y quedar encerrada en el habitáculo junto a él, el silencio se volvió más peligroso que la calle. Martina miró hacia la guantera abierta y vio algo que le dejó frío totalmente la sangre: un fajo de pasaportes argentinos y paraguayos con distintas fotos, pero todos con el mismo nombre: Julián Ferreira.
—Me parece que el "chamuyo" de la arquitectura se terminó, Julián—dijo ella, con la voz temblando mientras que la camioneta arrancaba a toda velocidad—¿Quién eres tú realmente?
Julián no la miró. Apretó el volante y puso una mano sobre la de martina, una caricia que quemaba. —Soy el que va a evitar que te maten hoy, porteñita. Con eso debería de alcanzarte.
Julián metió primera y la camioneta salió arando el empedrado del callejón, dejando atrás el aroma a fritura del café y el peligro del Peugeot. Martina se hundió en el asiento de cuero gastado, tratando de procesar todo lo que él le había dicho y un frío le recorrió en todo su cuerpo mientras trataba de tragar todo lo que había oído.
—No preguntes por cosas que no vas a poder cargar en el bolso, Martina —respondió él con una voz que ya no era el arquitecto pausado, sino algo mucho más rudo—-. En esta frontera, tener un solo nombre es un lujo que no me puedo permitir.
Él soltó una mano del volante y la puso sobre la de Martina. no fue un agarre agresivo, fue una caricia firme, cargada de electricidad que ella no pudo —o no quiso— evitar. La piel de Julián estaba caliente y olía a tabaco fuerte y a la madera de la casona. martina sintió que se le cortaba la respiración; lo odiaba por mentirle, pero su cuerpo traicionero se inclinaba hacia él buscando una protección que sabía que no era del total gratuita.