El Puente Que Nunca Cruzamos

4. Identidad de Barro

El refugio era una construcción de madera de lapacho y piedra, la cual estaba oculta tras una cortina de tacuaras y bananeros. adentro, el aire estaba viciado por el encierro, pero Julián se movió con la destreza de quien conoce a la perfección cada espacio de esa penumbra. Encendió una lampara de queroseno y la luz amarillenta dio un baile sobre las paredes, revelando un estante cargado de libros que ya tenían sus años allí, planos enrollados y en una esquina, una pequeña estatua de un santo jesuítico que parecía que sus ojos los cuales demostraba piedad miraban directamente a Martina.

Martina se quedo de pie junto a la mesa de madera rustica, con los brazos cruzados, negándose a ponerse cómoda. El efecto de la adrenalina estaba descendiendo, dejando lugar a un agotamiento que la hacía sentir de cristal.

—¿Y ahora qué? —pregunto ella, rompiendo el silencio con ese tono filoso de quien no piensa dar el brazo a torcer—. ¿me vas a decir que este es tu “batimovil” O vas a soltar la posta de una buena vez? Porque la verdad, Julián, estoy a dos minutos de tomarme el primer micro que pase por la ruta y olvidarme de que he cruzado aquel puente.

Julián soltó un suspiro pesado y se quito la remera manchada de polvo, quedándose en musculosa blanca que dejaba ver la tensión en sus hombros. —Aníke che monda, Martina (No me jodas). No pasa ningún colectivo por acá a esta hora. Y si pasara, los del Peugeot están esperando en la terminal. Así que bájale un cambio a tu orgullo de calle Corrientes y toma asiento.

—“Bájale un cambio”, me dice… ¡Es el colmo! —Martina empezó a caminar de un lado a otro, gesticulando—. Me metes en una camioneta, me entero de que tienes mas nombres que una guía telefónica y pretendes que me siente a tomar un mate cocido como si nada. ¡Sos un caradura, flaco! ¡Un chanta de acá a la china!

Julián se acercó a ella con tres pasos largos. Martina no retrocedió. Se quedaron frente el uno con el otro, en un duelo de respiraciones agitadas. El olor a selva, a lluvia inminente y a ese magnetismo oscuro de Julián la envolvieron.

Nde tavyetépiko, che ra’y… (Estas loca de verdad, mi hija) —susurro el, bajando el tono, volviéndolo una vibración que ella sentía en los pies—. ¿Vos crees que me divierte tener cinco pasaportes? ¿Crees que me gusta vivir mirando el espejo del retrovisor? Hago lo que tengo que hacer para lo que queda de este lugar no se lo lleven tipos como los que te están siguiendo.

—Entonces sos un mártir... —ironizo ella, aunque la voz le salió más débil de lo que pretendía porque él le había puesto una mano en la cintura, apenas rozándola—. Un justiciero. Mira vos, que tierno.

—No soy tierno, Martina. Soy paraguayo. Y nosotros sabemos que, si no cuidamos lo nuestro, nadie lo va a hacer. —el corto la distancia final. Sus frentes se tocaron—. Y vos... vos sos una periodista que vino a buscar mugre y encontró algo que no puede manejar. Estas asustada porque por primera vez, no tienes el control, porteñita.

—No estoy asustada —mintió ella, clavándole los ojos—. Estoy indignada. Es diferente.

Japu (mentira) —dijo el, y esta vez no fue una palabra, fue un desafío.

Julián deslizo la mano desde su cintura hasta su nuca, enredando los dedos en el pelo de Martina. Ella soltó un leve gemido de protesta que se transformo en un suspiro cuando el la beso. Fue un beso con sabor a frontera: desesperado, áspero con el hambre de dos personas que saben que mañana podrían llegar a ser enemigos. Martina le devolvió el beso con toda la rabia acumulada, mordiéndole el labio inferior, queriendo arrancarle la verdad a través de la piel.

Se separaron jadeando, pero el no la soltó. La tensión romántica era tan pesada como el aire dando la señal de que una tormenta estaría asomándose.

—¿Esto también es parte de tu plan de rescate? —pregunto ella, con los labios rojos y la mirada nublada.

—Eso. —respondió Julián, mirándola con una honestidad brutal que hizo que ella se desarme— es lo único real que hice en todo el día. Ejerovia cherehe (confía en mi), Martina, al menos por esta noche.

Él se alejó hacia una alacena para buscar algo de comer, pero martina se quedó inmóvil. Su mirada cayo sobre la foto vieja que estaba pichada con un chinche en el marco de un espejo roto. Era una foto de blanco y negro de un grupo de hombres frente a una excavación.

Martina se acercó, entornando los ojos. En la esquina inferior de la foto, un hombre joven sonreía a la cámara. No era Julián, pero se le parecía mucho. Sin embargo, lo que le helo la sangre fue el hombre que estaba a un costado suyo: aquel hombre, no era más que el mismísimo funcionario de la aduana que los había dejado pasar, pero cuarenta años mas joven y con un uniforme que Martina reconoció de sus archivos sobre la dictadura.

—Julián. —llamo ella con la voz seca—. ¿Quién es el que esta alado de tu papa en esta foto?

Julián se tensó. El ruido de los grillos afuera pareció subir de volumen, como una advertencia. La tregua del beso acababa de romperse antes de empezar.

El silencio que siguió a la pregunta de Martina no era un silencio vacio; era un silencio espeso, cargado de esa humedad del monte que parece que te va a asfixiar por completo. Julián dejó el plato de madera sobre la mesa con una lentitud exasperante. No se dio vuelta enseguida. Se quedo mirando la pared, como si estuviera decidiendo si contarle la verdad o inventarle otra de sus identidades de barro.




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