El fuego que Julián había encendido empezaba a morir, convirtiéndose en un puñado de brasas rojas que parpadeaban como ojos en la oscuridad de la isla. Afuera del refugio de ramas, el Paraná rugía con una fuerza animal, arrastrando troncos y escombros que chocaban con la orilla con golpes secos y sordos.
Martina se acurrucó contra el pecho de Julián. El frío de la lluvia le había calado hasta los huesos, pero el calor que emanaba de él era lo único que la mantenía cuerda.
—Julián... —susurro ella, sintiendo el latido constante del corazón del hombre contra su oído—. ¿Qué pasa si nos encuentran los tuyos? ¿Qué pasa si el rio no nos deja salir?
El la apretó más fuerte, rodeándola con sus brazos marcados por el esfuerzo. Su mentón descansaba sobre la coronilla de Martina, y ella pudo sentir como el aspiraba el aroma de su pelo, que todavía olía a ese perfume de azahar mezclado con el barro de la huida.
—Aníke rejepy'apy, che kamba —respondió él con una voz que vibraba en el pecho—. El río es traicionero, pero yo nací escuchando su secreto. Él sabe que no somos sus enemigos. El problema no es el agua, Martina... el problema es lo que espera en la orilla.
Julián se separó un poco para mirarla a los ojos. En la penumbra, su mirada era de una ternura tan profunda que a Martina le dolió el pecho. Él busco en su mochila y sacó una manta térmica de emergencia, envolviéndola a ella con cuidado, como si fuera su pieza más valiosa de las que alguna vez había rescatado de las ruinas.
—Sos tan distinta a todo lo que conozco, —dijo el, trazando con su pulgar la línea de los labios de Martina—. En esta frontera las mujeres aprenden a callar para sobrevivir. Pero vos... vos hablas con los ojos, con la rabia, con esa forma de cuestionarlo todo. Me haces querer ser el hombre que dice tu pasaporte argentino, el que solo construye casas y no tiene que huir por el barro.
Martina le tomo de la mano y le beso, sintiendo la aspereza de sus cicatrices. —Ese hombre también sos vos, Julián. El que rescata santos de madera no es un delincuente, es alguien que ama su historia. No dejes que Bareiro te saque eso también.
Se quedaron en silencio, escuchando el eco del Paraná. No era un silencio de paz, era un silencio de guardia. De vez en cuando, el zumbido de un motor lejano los ponía alerta, haciéndolos contener la respiración hasta que el sonido se perdía en la corriente. En esos momentos, Martina se aferraba a él, entendiendo que ese hombre que hablaba en un idioma de sombras era su único lugar en medio de la nada.
—Rohayhueterei, Martina —repitió él, esta vez en un susurro que se mezcló con el viento—. Pase lo que pase cuando aclare, recordá que, en esta isla, por unas horas, el mundo fue nuestro.
Martina cerró los ojos, dejando que el cansancio la venciera finalmente, mecida por el movimiento de la ilsa y el calor de Julián. Pero mientras caía en un sueño frágil, una ultima imagen paso por su mente: la foto de Bareiro. Sabia que en su bolso tenia la prueba para hundir al coronel, pero también sabia que esa misma prueba era la sentencia de muerte para el hombre que la estaba abrazando.
El amanecer estaba cerca, y con él, el final de la tregua. El rio seguía corriendo, indiferente al amor y al miedo, llevando consigo los secretos de una noche que Martina nunca olvidaría.
El silencio de la madrugada en la isla se volvió casi místico. La lluvia había secado, dejando tras de sí un goteo rítmico desde las hojas del Ibirá-Pitá y una niebla blanca, espesa como la leche, que se arrastraba sobre la superficie del agua. En ese escondite de barro y raíces, el tiempo parecía haberse detenido.
Julián no se durmió. Se quedó vigilando la oscuridad con la espalda apoyada en el tronco, mientras Martina, vencida por el agotamiento emocional, apoyaba la cabeza en su regazo. Él le acariciaba el cabello con una lentitud casi dolorosa, como quien intenta memorizar una sensación antes de que se la quiten.
—Julián... —murmuró ella entre sueños, moviéndose inquieta.
—Eke katu, che mborayhu (Dormí nomás, mi amor) —le susurró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron la frente de ella—. Ápe nderejapomo'ãi mba'eve (Acá no te va a pasar nada).
Martina abrió los ojos a medias. La luz de las brasas moribundas le permitía ver la mandíbula tensa de Julián. Ella estiró una mano y le tocó la cicatriz de la ceja, esa que la había intrigado desde el primer día en el tren.
—¿Cómo te hiciste esto? —preguntó en susurro.
Julián soltó una risa corta, amarga. —Fue la primera vez que intente salvar algo que no era mío. Una campana de bronce de una capilla inundada. Bareiro quería fundirla para vender el metal. Yo era chico, Martina. Creía que podía pelear contra el mundo con las manos limpias. Esa noche aprendí que para salvar lo que uno ama, a veces hay que ensuciarse un poco.
Él tomó la mano de Martina y la presionó contra su corazón. Ella sintió el latido potente, acelerado. —Ahora sos vos, la que está en mis manos. Y Bareiro es el que viene a fundir todo lo que nos queda. No voy a dejar que te toque, ¿entendes? Aunque tenga que convertirme en el martillo otra vez.
Martina se incorporó lentamente, quedando cara a cara con él en la penumbra. El frío de la madrugada los obligaba a buscar el calor del otro. Ella le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla.