El grito de Martina se extinguió en la bruma, pero el eco de los disparos seguía rebotando en sus oídos como si fueran martillazos. La lancha saltaba sobre las olas, sin rumbo fijo, mientras que ella forcejeaba con el timón, ciega por las lágrimas y el rocío helado del río. Miró hacía atrás una última vez: la Isla del Toro ahora era solo una mancha oscura envuelta en humo blanco.
No había señales de Julián. Solo el silencio de muerte que sigue a una ráfaga de plomo.
—No, no, no… Julián, por favor. —sollozaba, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. No me hagas esto, caradura. No me dejes acá.
De pronto, un sonido agudo y potente la devolvió a la realidad. Una de las patrullas de Bareiro había detectado su estela. Era una lancha negra, hidrodinámica, que se deslizaba sobre el agua con la elegancia de un depredador. Martina aceleró a fondo, sintiendo que el motor de su embarcación vibraba a punto de estallar.
—¡Embojy katu upe lancha! (¡Alcanzá esa lancha!) —se escuchó por un megáfono, una voz distorsionada que sonaba a sentencia de muerte.
Martina recordó lo que Julián le había dicho: “El río tiene trampas”. Miro hacia su derecha y vio una zona donde el agua parecía hervir; era los “remolinos”, aquellos que indicaban la presencia de rocas sumergidas o bancos de arena poco profundos. Si seguía por el canal principal, la alcanzarían en dos minutos. Su única opción era internarse en el laberinto de los esteros.
Giró el timón con una violencia desesperada. La lancha se inclinó peligrosamente, casi volcando, y se metió lleno en un callejón estrecho flaqueando por camalotes y sauces que colgaban como brazos fantasmales.
El motor de la patrulla rugió detrás de ella, pero al entrar en la zona baja, tuvieron que frenar. El calado de sus motores modernos era demasiado profundo para ese fango.
—¡Bájate y búscala a pie! —grito alguien desde la patrulla.
Martina apagó su motor. El silencio cayó sobre ella como una manta pesada. Se quedó inmóvil, hundida en el fondo de la lancha, conteniendo la respiración. Podía escuchar el chapoteo de botas en el barro, a pocos metros. Los hombres de Bareiro estaban ahí, buscándola entre la maleza.
Buscó en la mochila de Julián, con las manos temblando. Sus dedos tocaron algo frío y metálico: no era un arma, era una vieja radio de frecuencia rota. Al encenderla, una estática nerviosa llenó el aire, y luego, una voz que le hizo saltar el corazón.
—...Martina... Martina, ¿reñe'ẽ piko cheve? (¿Me hablas?) —era una voz débil, entrecortada por el dolor, pero inconfundible—. Ekañy katu, che kamba... Bareiro oĩ hína nde rapykuéri... (Escondete, mi morena... Bareiro está detrás de vos).
—¿Julián? ¡Julián! ¿Dónde estás? ¡Decime dónde estás! —susurro ella contra el aparato, con el alma colgando de un hilo.
—Che... che ajepy'apy... (Yo... yo estoy atrapado) —la voz se perdió en un ataque de tos—. Aníke reñeme'ẽ. Ekañy pe yvyramata guasúpe... (No te entregues. Escondete en el árbol grande).
La radio se cortó. Martina miró hacia arriba. A pocos metros, un árbol colosal, un lapacho negro, se alzaba por encima de la selva. Pero antes de que pudiera moverse, sintió el frío de un cañón de fusil apoyado en su nuca.
—Epu'ã katu, porteñita —dijo una voz seca a sus espaldas—. El Coronel quiere recuperar su foto. Y vos nos vas a decir dónde se escondió el traidor de Ferreira antes de que le llenemos el pecho de agujeros.
Martina cerró los ojos. Tenía la radio en una mano y la cámara con las pruebas en la otra. El sacrificio de Julián no podía ser en vano, pero ahora, la pregunta que quemaba era otra:
¿Había hablado Julián por la radio para salvarla, o era una trampa de Bareiro usando la frecuencia para encontrarla?