Martina fue arrastrada fuera de la lancha. El barro rojo manchó sus manos y su ropa, pero ella no soltaba su bolso; allí, escondida entre el forro, estaba la tarjeta de memoria del Coronel Bareiro y los pasaportes de Julián. El hombre que la apuntaba, un tipo de ojos hundidos y olor a tabaco barato, la empujó hacia un claro donde esperaba una camioneta blindada.
Al llegar al caso de una estancia cercana, el lujo chocaba violentamente con la brutalidad del ambiente. En el porche, sentado en una silla de mimbre y tomando tereré como si no hubiera mandado a matar a nadie esa noche, estaba el Coronel Bareiro.
—Periodista hina.. —dijo Bareiro, dejando el termo sobre la mesa. Su voz era una lija—. Viniste de tan lejos para meter la nariz en un hormiguero, Martina. ¿valió la pena el viaje?
—Usted está cometiendo un grave error, coronel. —dijo Martina, forzando una seguridad que no sentía. Su corazón martilleaba contra sus costillas—. Mi diario sabe exactamente dónde estoy. Si no me reporto en dos horas, la nota se publica automáticamente.
Bareiro soltó una carcajada que terminó en una tos seca. —Ese es un truco de película vieja. Acá, la única nota que importa es la que yo escribo en el acta de defunción. ¿Dónde está Ferreira? Sé que hablaste con el por la radio.
Martina guardó silencio. El recuerdo de la voz débil de Julián la desgarraba el alma. ¿Estaba vivo? ¿O Bareiro estaba usando la radio para torturarla psicológicamente?
—No sé de qué me habla. Me perdí en el río, él me abandono, —mintió ella, clavándole una mirada de odio—. Es un cobarde, como todos ustedes.
Bareiro se levantó y se acercó a ella. El aire se volvió irrespirable. —¿Un cobarde? Julián Ferreira es un romántico, y eso lo hace peligroso. Me robó piezas que valen millones, pero lo peor es que me robó el respeto. Decime dónde está el escondide de los pasaportes y te dejo en la terminar de Posadas ahora mismo. Sin preguntas.
En ese momento, un soldado entró corriendo al porche, jadeando. —¡Coronel! Encontramos rastro de sangre en el muelle viejo de la isla. Pero no hay cuerpo. Y falta una de las motos de agua.
Bareiro apretó el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Martina sintió una chispa de esperanza: si Julián se había llevado una moto de agua, estaba herido, pero moviéndose. Estaba vivo.
—Llévenla al sótano, —ordenó Bareiro, dándose vuelta—. Si no habla por las buenas, vamos a esperar que Ferreira venga por ella. Él no va a dejar que su “porteñita” pase frío.
El Sótano y el Mensaje Oculto.
El sótano de la estancia era frío y olía a moho. Martina fue arrojada sobre unos sacos de yerba mate. Sola en la oscuridad, empezó a revisar desesperadamente su bolso. Entre sus cosas, encontró la pequeña radio que Julián le había dado. Estaba dañada pero la luz de la frecuencia parpadeaba débilmente.
De repente, un sonido rítmico empezó a salir del aparato. No era una voz. Eran golpes. Tac..tac-tac…tac.
—Código morse... —susurró Martina. Recordó que Julián le había contado que su tío le enseño a comunicarse asó en las misiones.
Ella no sabía morse, pero el ritmo era constante. Luego una voz a penas audible, un susurro que parecía venir de las paredes: —Martina... che irũ... (Martina... mi compañera...) Ema'ẽ katu pe yvotyty rehe... (Mirá hacia el jardín...).
Martina se arrastró hasta una pequeña claraboya a ras del suelo. Afuera, la luz del sol empezaba a iluminar los jardines de la estancia. Entre las flores de azahar, vio un movimiento. No era un soldado. Era una sombra que se movía con una cojera evidente, dejando una estela roja sobre las hojas verdes.
Era Julián. Había llegado a la boca del lobo por ella.
Martina pegó la cara al cristal, con el corazón en la garganta. Sabía que, si gritaba, lo mataban. Pero si no hacía nada, Bareiro los atraparía a los dos. Tenia que elegir: usar la cámara para grabar la confesión de Bareiro desde el sótano y arriesgarse a que los descubrieran, o romper el vidrío y alertar a Julián para que huyera.
Finalmente, pegó fuerte contra el frío hormigón de la claraboya. Ver a Julián allí afuera, moviéndose entre las sombras. Con una pierna arrastras. Le provocó una mezcla de terror y una ternura desgarradora. Él estaba cumpliendo su promesa: no la había dejado sola. Pero estaba herido, y el jardín de Bareiro era una trampa mortal llena de hombres armados.
—No, Julián.. vete, por favor, —susurró ella, aunque sabía que él no podía oírla.
En ese momento, la puerta del sótano crujió. Martina se alejó de la ventana de un salto, escondiendo la radio bajo los sacos de yerba. Entró un guardia joven, apenas un muchacho con el uniforme mal puesto y una mirada de nerviosismo que Martina reconoció de inmediato.
—El coronel dice que ya es hora, —dijo el guardia, sin mirarla a los ojos —. Dice que si no le das la tarjeta de la cámara, va a empezar a “limpiar” la isla, y eso incluye a cualquiera que esté escondido ahí.
Martina vio una oportunidad en el miedo del chico. Se acercó a él, usando esa seguridad que solo una periodista acostumbrada a lidiar con funcionarios corruptos posee.
—Escúchame bien, chico, —le dijo bajando la voz —. Tu jefe está acabado. Tengo fotos de él con el cargamento de piezas robadas. Si me pasa algo, esas fotos se disparan a la prensa internacional. ¿Quieres caer con él o quieres ayudarme y salvarte?