El Puente Que Nunca Cruzamos

8. El Sacrificio del Agua

El dedo del Coronel Bareiro se tensó sobre el gatillo. Julián, herido y jadeante, se mantuvo firme frente a Martina, como un escudo de carne y hueso que se negaba a ceder. La mirada de Bareiro no era la de un soldado, sino la de un hombre que ha perdido el alma y solo busca compañía en el infierno.

—Baja el arma, coronel, —susurró Julián, su voz era una vibración baja que parecía venir desde el suelo mismo—, usted ya perdió. Aunque me mate, ella ya vio quién es usted detrás de las medallas.

—Nadie le va a creer a una muerta, Julián, —respondió Bareiro con una sonrisa gélida—. Y a vos, a vos nadie te va a reclamar.

En ese instante de máxima presión, Martina sintió el peso de la cámara en su mano derecha. Sabia que un flash no detenia una bala, pero recordaba que Julián le dijo sobre las “leyendas del río” y el miedo de Bareiro.

—¡BAREIRO! —grito Martina, saliendo detrás de Julián con un movimiento felino—. ¡MIRA EL CIELO!

Fue un segundo de distracción pura. El coronel, por instinto, levantó la vista. Martina no disparó la cámara; disparo la ultima bengala de emergencia que Julián le había metido en el bolso antes de salir del refugio. El proyectil rojo salió silbando, estallando una nube de fosforo justo sobre las cabezas de los guardias, iluminando el amanecer con una luz sangrienta y cegadora.

—¡AL AGUA, MARTINA! ¡DALE! —rugió Julián.

Bareiro disparó, pero la luz de la bengala le había quemado la retina. La bala pasó silbando a centrimentos de la oreja de Martina, impactando a una estatua de mármol que salió en mil pedazos.

Corrieron. Martina sentía que sus pulmones iban a explotar. Julián cojeaba, pero la fuerza del instinto lo empujaba. Llegaron a la moto de agua que cabeceaba en el muelle. Ella subió primero, agarrando el manubrio con manos de hierro, mientras Julián se lanzaba detrás de ella.

—¡Acelera! ¡No mires atrás! —le gritó él al oído.

Martina hundió el acelerador a fondo. El motor rugió, levantando una pared de agua que los empapó al instante. Pero Bareiro ya se había recuperado. Desde el porche, dio la orden de fuego libre.

¡Ratatatatatata!

Una ráfaga de fusil barrio la superficie del agua. Martina sintió un golpe seco en la espalda, pero no era una bala, era el cuerpo de Julián que se desplomaba contra ella, cubriéndola. Él soltó un quejido ahogado, un sonido que Martina jamás olvidaría; el sonido del aire escapando de un pulmón herido.

—¿Julián? ¡JULIÁN! —gritó ella, tratando de mantener la dirección de la moto mientras el río Paraná los golpeaba con las olas de un metro—. ¡Quédate conmigo, carajo! ¡No te me mueras ahora!

Eho katu... che kamba... (Andate nomás, mi morena...) —susurró él, su frente apoyada en el hombro de ella, dejando un rastro de calor húmedo que Martina supo, con terror, que era sangre—. Yvyrape... upépe oĩ... (En el árbol... ahí está...).

La moto de agua volaba sobre el canal principal. Detrás de dos lachas rápidas de la aduana paraguaya habían salido en su persecución, cortando el agua como cuchillos. Pero la bengala roja de Martina había hecho algo más: había alertado a la Prefectura Argentina del otro lado del río.

—¡Ahí están las luces, Julián! ¡Mira! —Martina señalaba desesperada de las balizas azules que cortaban la bruma en el horizonte argentino —. ¡Aguanta un minuto más, por lo qué más quieras!

Pero Julián no respondía. Sus manos, antes que la sujetaban con fuerza, empezaron a resbalar de su cintura. El peso de su cuerpo se volvía cada vez más difícil de sostener. Martina, con una mano en el acelerador y la otra tratando de sujetar el brazo de Julián para que no cayera al río, grito hacia la inmensidad del agua, un grito que era mitad rabia y mitad suplica.

—¡SOCORRO! ¡AYUDA!

En ese momento, una de las lanchas de Bareiro se puso a su par. Un hombre se asomó con un gancho para frenarlos. Martina, poseída por una furia que no sabía que tenía, giró la moto violentamente hacia la lancha, chocando con ellos y provocando que el perseguidor cayera al agua.

El impacto los hizo saltar. Por un segundo la moto voló sobre el Paraná. Al caer, el motor tosió y se detuvo. Quedaron a la deriva, en medio del canal, envueltos en el humo de la bengala que todavía caía del cielo.

Las luces azules de la Prefectura Argentina estaban a cincuenta metros. Las luces blancas de Bareiro, a diez.

Martina miró a Julián. Tenia los ojos entreabiertos, mirando el cielo violeta. Ella le tómo la cara con ambas manos, manchándose de su sangre. —No me dejes sola en esta orilla, Julián. Por favor. Todavía me tenes que enseñar qué significa rohayhu.

Julián hizo un esfuerzo supremo. Sus ojos se abrieron, desenfocados por el dolor, y vieron las luces blancas acercándose. Supo de inmediato que la distancia de los argentinos era demasiada. Estaban en la tierra de nadie del río, y Bareiro estaba a punto de reclamar su trofeo.

—Martina... escúchame... —su voz era un barboteo húmedo —. Tenes que... saltar. Nada hacia las luces azules. Yo los voy a distraer.

—¡Ni lo pienses! No te voy a dejar, —respondió ella, aferrándose a su chaleco —. Si nos agarran, nos agarran a los dos.

—No entiendes... ellos no quieren una periodista muerta si pueden evitarlo, pero a mí.. a mi me van a despedazar.




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