—¡Julián! ¡Mírame, por favor! —grito Martina, pero él era solo un peso muerto que amenazaba con volcar la pequeña embarcación.
La patrullera argentina finalmente llegó a ellos. El rugido de sus motores desplazo la niebla. Y un reflector gigante barrió la escena, convirtiendo la noche en un mediodía artificial y violento. Martina levantó la mano que no sostenía la llave, cubriéndose los ojos, mientras los uniformados gritaban ordenes desde la cubierta superior.
—¡Sujétense!¡Vamos a lanzar los cabos!
Dos hombres saltaron a la moto de agua con una agilidad de sombras. Martina no soltó a Julián; se aferró a su chaleco táctico mientras los subían a la cubierta de la patrullera. En cuanto tocaron el metal, un equipo médico se abalanzó sobre ellos.
—¡Tiene un impacto en la zona lumbar! ¡Entrada limpia, no veo salida! —grito un enfermero mientras cortaba la camisa de Julián—. ¡Presión arterial cayendo! ¡Traigan el oxígeno!
Martina fue empujada hacia atrás por un oficial de la Prefectura. —Señorita, tiene que darnos espacio. Usted esta herida.
—No es mí sangre, —dijo ella, mirando sus propias manos empapada de un rojo que empezaba a volverse oscuro y espeso. Luego recordó la llave. La apretó con tanta fuerza que el metal le marcí la piel.
Se quedó en un rincón de la cubierta, envuelta en una manta térmica que crujía con cada uno de sus temblores. Desde allí, vio cómo le ponían una máscara a Julián y cómo el monitor cardiaco emitia un pitido débil y errático. La patrullera viró bruscamente, poniendo a proa hacia el puerto de Posadas a máxima potencia.
El oficial al mando se acercó a ella. Tenia el rostro curtido y una mirada de quien ha visto demasiadas cosas en la frontera. —Esa gente que los perseguía... cruzaron la línea internacional. Esto es un incidente grave. ¿Quién es ese hombre, señorita?
Martina miró el perfil de Julián, rodeado de cables y médicos. Sabía que, si decía su nombre real, las alarmas de la interpol saltarían y Bareiro sabría exactamente dónde terminar el trabajo. Pero también sabía que, en ese estado, Julián necesitaba protección oficial.
—Es mi guía, —respondió Martina, manteniendo la voz firme a pesar del nudo en la garganta—. Y lo que tiene en el cuerpo no solo es una bala, es el secreto de toda la red de Bareiro. Si él muere en su barco, capitán, la única evidencia que quedará será esta llave.
El capitán miro la pequeña llave oxidada que Martina le mostraba. No sabia que abría, pero entendió el peso del secreto.
—Llegaremos a Posadas en diez minutos. Hay una ambulancia esperando, —dijo el oficial, bajando la voz—. Pero escúcheme bien: en cuanto pisen el muelle, usted y el dejan de ser mi responsabilidad. El puerto esta lleno de ojos. Si esa llave es tan importante como dice, escóndala. Escóndala donde ni siquiera Dios puede encontrarla.
Martina asintió. Se deslizo la llave por el interior de su bota, sintiendo el frío del metal contra su tobillo. Miró a Julián por última vez antes de que lo bajaran en la camilla. Sus labios estaban azules, pero su mano derecha todavía estaba cerrada por un puño, como si incluso en la inconsciencia estuviera protegiendo la orilla que nunca pudieron cruzar juntos.