El muelle de Posadas era un hervidero de uniformes y luces azules que rebotaban en el asfalto mojado. Martina vio cómo la ambulancia se alejaba con Julián, dejando tras de sí un rastro de sirenas y una incertidumbre que le perforaba el estómago. Se quedo sola, con la ropa pegada al cuerpo, dio un paso y sintió el roce frío del metal: la llave oxidada seguía allí, oculta en el interior de su bota, recordándole que la misión no había terminado.
Camino rápido, tratando de no llamar la atención, hacia el sector viejo de la costanera donde los arboles antiguos resisten el avance del cemento. Allí estaba: el Lapacho Negro.
Era un ejemplar colosal, una mancha de sombra más oscura que la noche. Martina se arrodilló entre las raíces nudosas, escarbando en la tierra roja hasta que sus uñas golpearon algo metálico. Una caja de hierro, pequeña y devorada por el tiempo, pero sin cerradura a la vista. Confundida, Martina recordó la presión en su tobillo. Se quitó la bola con manos temblorosas y sacó la lave. Al observar la base de la caja, encontró la ranura oculta bajo una capa de barro seco.
Al girar la llave, el corazón le dio un vuelco. Dentro no había documentos. Había una grabadora de periodista y una fotografía vieja, envuelta en un plástico. Martina apretó el play. La voz que salió de la cinta, aunque distorsionada, la hizo caer de rodillas.
"Martina, si escuchas esto, es porque el tiempo se acabó. No creas en los accidentes. Bareiro no me mató... me tiene diseñando rutas que el mundo no debe ver. Pero tenés que cuidarte, hija. La familia Ferreira me entregó. El padre de Julián fue quien me tendió la trampa en la represa para salvar su propio pellejo. Julián sabe dónde estoy porque él mismo me vigiló durante meses por orden de Bareiro. Él no es tu aliado, Martina; es el hijo del hombre que me robó la libertad"
El mundo de Martina cayó a lo más profundo, aquel qué la había estado ayudando, no era más quién de la familia a quién su padre había sido capturado.
—Bonita reunión, Leguizamón —dijo una voz a sus espaldas.
Martina se giró. El Agente Valenzuela estaba allí, con una pistola apuntando directamente a su frente. Sus ojos brillaban con la frialdad de quien ya ha cobrado su parte.
—Dame la grabadora, Leguizamón. Julián nunca fue bueno guardando secretos. El Coronel Bareiro no quiere que la historia del 'Arquitecto' salga de este árbol.
Martina apretó la grabadora contra su pecho, mientras volvía a deslizar la llave dentro de su bota con un movimiento rápido y desesperado.
—Él no murió, ¿verdad? —pregunto Martina con una voz de furia ancestral—. Mi padre sigue vivo en esa represa.
—Vivo es una palabra generosa, —rio Valenzuela—. Pero si me das esa llave que acabas de esconder, quizás te deje verlo antes de que sea tarde.
Valenzuela dio un paso hacia adelante, haciendo crujir las hojas secas bajo sus botas. La luz de la luna, filtrada por las ramas del Lapacho, le daba un aspecto cadavérico. Martina sentía el metal de la llave contra su tobillo como si estuviera al rojo vivo.
—No me obligues a ensuciar este árbol con tu sangre, Martina, —dijo Valenzuela, extendiendo la mano izquierda—. Dame la grabadora y saca la llave de la bota. Despacio.
Martina apretó los dientes. Si entregaba la llave, entregaba la única posibilidad de abrir la celda de su padre. Pero si no lo hacía, moriría allí mismo, entre las raíces del árbol que guardaba su historia.
—¿Por qué lo haces, Valenzuela? —pregunto ella, ganando segundos—. Sos inteligencia argentina. Tu deber es proteger la frontera, no trabajar para un carnicero como Bareiro.
—Bareiro paga en dólares, el estado en promesa, —escupió el—. Ahora, ¡LA LLAVE!
Martina hizo un gesto de agacharse hacia su bota, pero en lugar de sacar la llave, agarro un puñado de tierra roja y cenizas que rodeaba la base del árbol y lo lanzo con toda su alma a los ojos del agente.
—¡MALNACIDO! —grito ella.
Valenzuela disparo por instinto, pero la tierra de sus ojos desvío la puntería. La bala impacto en el tronco del lapacho con un golpe seco. Martina no espero: se lanzo rodando por el terraplén hacia la zona de los depósitos portuarios.
Corrió como nunca, el corazón martilleando en sus oídos. Detrás de ella, escucho los pasos pesados de Valenzuela y sus insultos. Se metió en un galpón abandonado, un gigante de chapa oxidada que olía a olvido y a humedad.
Se oculto detrás de unas bobinas de cable de alta tensión. El silencio del galpón era absoluto, solo roto por el goteo de la lluvia en el techo. Martina saco la grabadora, desesperada por escuchar el resto, pero se dio cuenta que la cinta se había trabado.
En ese momento, una mano grande y áspera le tapó la boca por detrás.
Martina lucho, clavando sus uñas, hasta que una voz familiar, pero rota por el dolor, le susurro al oído en un guaraní muy bajo.
—Epyta upépe, Martina... Chéve niko. (Quedate ahí, Martina... soy yo.)
Era Julián.
Estaba pálido, con la bata del hospital empapada de sudor y sangre, sosteniendo una pistola que claramente le había robado a algún guardia en el hospital. Se había escapado del quirófano antes de que lo anestesiaran.
—Julián... —susurro ella cuando el la soltó. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Escuche la cinta. Escuché que los Ferreira le hicieron a mi padre. ¿Por qué no me dijiste que me estabas vigilando para Bareiro?
Julián se apoyó contra la bobina, respirando con dificultad, con una mueca de dolor que no era solo por la bala.
—Porque si lo sabías, no habrías llegado hasta acá. —dijo él, mirándola con una culpa que la desencajaba el rostro—. Mi viejo cometió el error, Martina. Entregó a tu padre para que Bareiro no nos matara a todos. Y a mí... a mí me obligo a seguirte, a ser tu sombra para asegurar que nunca encontraras esa llave. Soy un Ferreira, Martina. Estamos marcados por esa deuda.