El uniforme de la Prefectura brillaba bajo la lluvia, pero los ojos del hombre eran pozos de oscuridad. Martina no esperó a que el bajara del terraplén. Con el arma de Julián todavía caliente en su mano, apunto al pecho del oficial.
—Si das un paso más, juro que no vas a necesitar el chaleco, —dijo ella, con una voz que nació de lo mas profundo de su garganta, una voz que ya no le pertenecía a la periodista, sino a la hija del hombre que Bareiro intento borrar.
El oficial se detuvo en seco, levantando las manos. —Tranquila, Leguizamón. Soy parte del operativo 'lapacho'. Julián me aviso que vendrías. Soy el Sargento Gamarra.
—¿Cómo se que no trabajas para Bareiro? —espeto ella, sin bajar el arma.
—Porque si fuera de Bareiro, ya estarías muerta y yo tendría la llave, —respondió Gamarra, señalando la lancha—. No hay tiempo. Valenzuela se dio cuenta de que Julián era el señuelo. Vienen hacia acá, subí.
Martina salto a la lancha. Gamarra arranco el motor con un rugido sordo que quedo camuflado por el trueno de la tormenta. Se alejaron del muelle justo cuando las luces de dos camionetas negras barrían el lugar donde ella había estado parada segundo antes.
El viaje por el rio fue un descenso al caos. Las olas del Paraná, enfurecidas por la sudestada, golpeaban el casco de la lancha mientras se acercaban a la impotente muralla del hormigón de la represa. La estructura se alzaba como un monstruo gris, devorando el horizonte.
—Escuchame bien, —gritó Gamarra sobre el estruendo del agua—. Te voy a dejar en la base del vertedero. Hay un ducto de ventilación que los sensores de movimiento no cubren durante el cambio de turno. Una vez adentro, vas a tener tan solo diez minutos antes que el sistema central detecte la caída de presión en la esclusa. Busca el nivel 4.
—¿Y Julián? —pregunto Martina, sintiendo un nudo en el pecho.
—¿Y Julián? —preguntó Martina, sintiendo un nudo en el pecho. Gamarra no respondió de inmediato. Miró hacia la costa argentina, donde los destellos de los disparos aún se veían a lo lejos. —Ese muchacho está intentando limpiar el apellido Ferreira con su propia sangre, Martina. Él sabe que te debía esto. Ahora hacé la tuya.
La lancha golpeo contra el muelle de servicio de la represa. Martina saltó al metal frio, sintiendo el peso de la llave en su bota como una brújula de hierro. Se deslizo por el ducto, arrastrándose entre cables y tuberías calientes, hasta que cayo en un pasillo iluminado por una luz de emergencia.
El silencio allí dentro era sepulcral, solo roto por el zumbido constante de las turbinas que hacían vibrar el suelo. Camino pegada a la pared, esquivando las cámaras de seguridad que Julián le había enseñado a identificar. Finalmente, llegó a una puerta de acero reforzado con un tablero de bronce antiguo, fuera de lugar en medio de tanta tecnología.
Era el sello personal de su padre: un mecanismo analógico en un mundo digital.
Martina se quito la bota, saco la llave oxidada y la inserto en la ranura. El metal encajo a la perfección. Con un crujido de engranajes que no habían girado en años, la puerta se abrió pesadamente.
Dentro, la habitación era pequeña, llena de planos amarillentos y una cama de campaña. En el centro, un hombre canoso, con la espalda encorvada pero los hombros todavía firmes, estaba sentado frente a una mesa llena de piezas de relojería.
—Papá... —susurro Martina.
El hombre se giro lentamente. Sus ojos, idénticos a los de Martina, se llenaron de una luz que Bareiro no había podido apagar en cinco años. Pero antes de que pudieran abrazarse, una sombra se proyecto desde el pasillo.
—Sabia que la sangre Leguizamón no podía resistirse a un buen misterio, —dijo una voz gélida.
Era el Coronel Bareiro en persona, con su uniforme impecable y una sonrisa de satisfacción. Detrás de él, dos soldados apuntaban con fusiles automáticos.
—Gracias por traerme la llave, Martina. Tu padre se negaba a darme el código final del sistema de inundación. Ahora, con vos aquí, estoy seguro de que será mucho más cooperativo.
Martina miro a su padre y luego a la llave que todavía estaba en la cerradura. El giro era total: la llave no era para liberar a su padre, era la pieza que Bareiro necesitaba para controlar la represa y amenazar a toda la región.
—No se la des, Martina. —dijo su padre, su voz era trueno de autoridad—. Gira la llave hacia la izquierda. ¡AHORA!
El tiempo se congelo en el bunker de hormigón. El Coronel Bareiro dio un paso al frente, la luz roja de emergencia acentuando las cicatrices de su rostro. A su lado, los soldados mantenían los fusiles fijos en el pecho de Martina.
—Hacelo, Martina —insistió Bareiro—. Dame la llave. Tu padre ya ha guardado suficientes secretos sobre la Familia Ferreira. Él sabe que ellos fueron los que lo pusieron en esta celda. ¿Vas a sacrificarte por el hijo de los que destruyeron tu casa?
Martina miró a su padre. Él le sostuvo la mirada con una intensidad que Martina reconoció de inmediato: era la misma determinación suicida que había visto en los ojos de Julián en el río.
—No me mires a mí, hija —dijo su padre, con una voz cargada de una paz aterradora—. Mirá el tablero. Mirá los grabados en el bronce. El agua siempre vuelve a su origen, Martina. Incluso cuando el origen es una herida.
Martina bajó la vista hacia la cerradura. Alrededor del ojo de la llave vio la fecha grabada: 12 de junio. Era el día en que el padre de Julián entregó a su padre a Bareiro para salvar a los suyos. El día que nació el pecado de los Ferreira. Pero también era el código que Julián le había dado para redimirse.
—Hacia el origen, Martina —le urgió su padre—. Girá hacia donde todo se rompió.
Martina comprendió. Bareiro esperaba que girara hacia la derecha, hacia el poder. Pero ella eligió la izquierda. Al girar hacia ese 12 de junio; estaba rompiendo la cadena de odio. Estaba perdonando a Julián, aceptando que el amor que sentían era más fuerte que el apellido maldito que él cargaba. Era el acto final de libertad.