El estruendo de los pernos sellando el búnker dejó un silencio ensordecedor, roto solo por la respiración agitada de los 4 hombres y Martina. El aire, ahora atrapado, se sentía pesado, cargado de ozono y el olor acre de la pólvora.
Bareiro, atrapado en su propia ratonera, soltó una carcajada que sonó como un cristal roto. —Felicidades, Martina. Nos has condenado a todos. Este búnker está diseñado para resistir un ataque nuclear. Nadie entra, nadie sale. Moriremos por falta de oxigeno antes que tus amigos de la Prefectura mueran de viejos intentando perforar este metro de acero.
Martina no respondió. Mantenía el arma firme, pero su mirada estaba fija en su padre. El "Arquitecto" no parecía un hombre condenado. Estaba contando en voz baja, mirando el reloj de pared que se había detenido con el bloqueo.
—Cinco...cuatro...tres... —murmuro su padre.
De pronto, un golpe rítmico empezó a vibrar a través de las paredes de hormigón. Tum-tum. Tum-tum. No era una explosión. Era alguien golpeando el exterior de la estructura con una secuencia especifica.
—Es el código de demolición de los cimientos, —palideció uno de los soldados de Bareiro, bajando su arma—. Alguien esta colocando cargas en los puntos de apoyo del nivel inferior.
—Es Julián, —dijo Martina, y por primera vez en toda la noche, sonrió—. El no vino a sacarnos por la puerta Coronel. Vino a tirar la casa abajo.
Bareiro se lanzó hacia Martina, pero ella fue mas rápida. Disparo al suelo, justo a los pies del Coronel, obligándolo a retroceder.—¡Se acabó, Bareiro! Usted construyó esta represa sobre secretos y la traición de los Ferreira. Es hora de que los cimientos cedan.
En ese momento, la vibración se convirtió en terremoto. Julián no estaba usando explosivos convencionales; estaba utilizando las propias turbinas de la represa. Al sobrecargarlas desde la sala de máquinas, estaba provocando una resonancia armónica que hacia que el hormigón empezara a agrietarse.
Una fisura cruzó el techo del búnker. Un chorro de agua del Paraná, negro y helado entró con la fuerza de un proyectil, golpeando la mesa de los planos.
—¡Papá, el ducto! —grito Martina.
Su padre señaló una escotilla en el suelo, ocultando baja la cama de campaña. —Es un túnel de inspección seco, lleva directamente al vertedero exterior. ¡Vayan!
—¿Y usted? —Martina lo agarro del brazo.
—Yo construí este lugar, Martina. Sé cómo detener la sobrecarga una vez que ustedes estén fuera. Si no lo hago, la represa reventará y Posadas desaparecerá bajo el agua.
—¡No te voy a dejar de nuevo! —el grito de Martina se mezcló con el rugido del agua que ya les llegaba a las rodillas.
—¡NO ME DEJÁS! ¡ME ESTÁS DANDO UNA RAZÓN PARA HABER SOBREVIVIDO ESTOS CINCO AÑOS! —le gritó él, empujándola hacia la escotilla—. ¡Buscá a Julián! Él es el único que puede sacarte de aquí. ¡Corré!
Martina miro a Bareiro, que intentaba desesperadamente abrir la puerta principal, olvidando su dignidad y su poder mientras el agua subia. Luego miro a su padre, que ya estaba frente a la consola de emergencia, sus manos volando sobre los controles para salvar la ciudad que Bareiro estaba dispuesto a destruir.
Con el corazón desgarrado, Martina se lanzó por la escotilla. El túnel era estrecho y resbaladizo. Se arrastró a oscuras mientras sentía las vibraciones de la estructura luchando contra la presión del rio.
Al final del túnel, la luz de la luna y la lluvia la recibieron. Salió a una de las pasarelas exteriores, justo por encima del nivel del agua. Y allí, tambaleante, agarrado a la baranda metálica con una mano y sosteniendo un detonador remoto en la otra, estaba Julián.
Su bata blanca de hospital estaba completamente roja. Sus ojos estaban nublados, pero cuando vio a Martina salir de la escotilla, soltó el detonador y se derrumbó.
—M..martina.. —susurro, mientras ella corría a sostenerlo—. ¿Tu padre...?
—Está adentro, Julián. Está deteniendo la sobrecarga. Está vivo gracias a que vos ganaste tiempo —Martina lo abrazó con fuerza, manchándose con su sangre, pero sin soltarlo—. Lo lograste. Rompiste el círculo.
Julián sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro cansado. —Entonces... el puente...finalmente lo cruzamos.
A lo lejos, las lanchas de la Prefectura Argentina se acercaban, rompiendo la niebla con sus reflectores. Pero Martina solo podía mirar hacia la mole de cemento, esperando que el hombre que le dio la vida lograra salir de la tumba que él mismo había ayudado a construir, mientras sostenía al hombre que, a pesar de todo el pasado, había elegido darle un futuro.