El rugido de la represa empezó a cambiar de tono. El zumbido violento y suicida de las turbinas, provocado por la mano de Julián, se transformó en un ronroneo bajo y estable. Martina abrazada al cuerpo gélido de su hermano en la pasarela metálica, clavó la vista en la esclusa de emergencia.
—¡Papá, salí de ahí! —suplicó en un susurro que el viento se llevó.
De pronto, una figura emergió de la bruma. El Arquitecto salió tambaleante por la escotilla superior, justo antes de que el sistema sellara el sector inundado. Bareiro había quedado sepultado en su propia ambición. Al ver a Martina y a Julián unidos en la pasarela, el hombre comprendió que el sacrificio de Julián no había sido solo para salvarlo a él, sino para salvar el futuro de ambos.
Seis meses después.
El sol de la tarde caía suavemente sobre un jardín en las afueras de Posadas. No era un búnker; era una casa de madera con un gran lapacho negro en el patio, cuyas flores rosadas alfombraban el suelo. Martina estaba sentada en el porche, cerrando su computadora. La serie de artículos sobre el Paraná era un éxito, pero su verdadera paz no estaba en las letras, sino en los pasos que escuchaba detrás de ella.
Julián salió al porche. Caminaba con un bastón, pero la sombra de su mirada se había disipado. Se sentó al lado de Martina y, con una naturalidad que antes les estaba prohibida, le tomó la mano.
—El Arquitecto dice que el asado está casi listo —dijo Julián con una sonrisa pícara—. Pero me mandó a decirte que, si no dejás de trabajar, te va a confiscar la computadora.
Martina rió y se apoyó en su hombro, sintiendo los latidos tranquilos de su corazón.
—Todavía me cuesta creer que estemos acá —murmuró ella—. Después de todo lo que los Ferreira y los Leguizamón se debían...
—Ya no hay deudas, Martina —la interrumpió él, girándose para mirarla a los ojos—. Ese puente ya lo quemamos. Ahora solo queda lo que construyamos nosotros dos.
Julián se inclinó y la besó con una ternura que sabía a libertad. Ya no eran dos extraños unidos por una traición; eran dos sobrevivientes que habían elegido quererse a pesar de todo.
En ese momento, el padre de Martina salió de la casa con un delantal y tres vasos de jugo. Se detuvo un segundo al verlos así, juntos y en paz, y sonrió con la sabiduría de quien sabe que el amor es la única forma de reconstruir lo que la guerra rompió.
—¿Saben qué es lo mejor de este lugar? —preguntó el hombre, sentándose con ellos.
—¿Qué no hay cámaras de seguridad? —bromeó Julián.
—No —respondió el padre, poniendo una mano sobre el hombro de cada uno—. Lo mejor es que el río ya no nos separa. Estamos en casa. Y estamos juntos.
Martina sacó la llave oxidada de su bolsillo. Ya no abría celdas; ahora abría la puerta de su hogar. La dejó sobre la mesa, brillando bajo el sol paraguayo. El Paraná seguía su curso, pero para ellos, sus aguas ya no eran una frontera de miedo. Eran el espejo de un amor que, como el cauce del río, siempre encuentra el camino de regreso.
Bajo la sombra del lapacho, Martina suspiró. El puente que nunca cruzaron ya no era necesario. Ya no buscaban la otra orilla, porque la orilla eran ellos dos.