Escribir esta historia ha sido, ante todo, un ejercicio de memoria y respeto. Quiero agradecer profundamente a Martina y Julián por permitirme habitar sus sombras y por enseñarme que, aunque los mapas tracen fronteras rígidas, el corazón humano no entiende de aduanas.
Esta obra es un humilde homenaje a esa tierra roja que nos une y al Río Paraná, ese gigante que fluye entre Argentina y Paraguay como una arteria compartida. Agradezco a estas dos naciones hermanas por su cultura, su resiliencia y su historia; dos orillas que han compartido tragedias, pero también una fuerza inquebrantable que sobrevive a cualquier represa o dictadura.
Gracias a mis protagonistas por recordarme que la identidad no es solo un documento, sino la sangre que reconoce a los suyos en la orilla opuesta. Este libro nació en el silencio, pero se nutre de los ecos de un pueblo que sabe que, por más alto que sea el muro o más profundo el secreto, la verdad siempre encuentra la forma de cruzar el río.