El Puro que Aúlla

Capítulo 4

Como Ania estuvo muy triste por la mañana, le pedí a Lena compartir con ella “nuestra cita”, a lo que respondió que sí, siempre y cuando llevemos a Pietro, así él se encargaba de Ania y yo era exclusivamente para ella. Su respuesta me hizo reír tan fuerte que nadie en la mansión creía que era yo el que gozaba de las ocurrencias de Lena. Ambos fuimos a hablar con Ania para explicarle nuestra idea de cómo pasar la tarde, a lo que ella aceptó. Marcó el número de Pietro y me pasó el teléfono. Cuando contestó escuché que lo hizo muy emocionado, y detecté alegría, de esa que te da cuando alguien amado se comunica contigo.

  • No, Pietro, soy Stefan, el tío de Ania.
  • Ah, cómo está, señor -sentí su desilusión. Pietro estaba enamorado de Ania.
  • Le pedí a Ania que me comunique contigo porque queremos invitarte a que nos acompañes a la cita que tengo con Lena. Llevaremos a Ania, y para que no esté sola, a Lena se le ocurrió que podrías ir con nosotros para hacerle compañía -esperé unos segundos, el teléfono estaba mudo, aunque podía escuchar el sonido del ambiente en el que estaba el amigo de mi sobrina-. Pietro, ¿sigues ahí?
  • Sí, señor, aquí estoy -contestó carraspeando la garganta, como si lo hubiera sorprendido haciendo algo vergonzoso-. Muchas gracias por pensar en mí. Por supuesto que acepto la invitación. ¿A dónde debo ir? -su voz era pura alegría, se notaba que era un chico muy educado y bien criado.
  • Nosotros iremos por ti. Vamos con Mario porque aún no conozco la ciudad. ¿Te parece que pasemos por ti a las cuatro?
  • Perfecto. Estaré listo a esa hora. Y, señor, nuevamente gracias por pensar en mí -sonreí imaginándomelo tan entusiasmado por pasar más tiempo de su día cerca de Ania.
  • Eso le tendrás que decir a Lena cuando la veas, fue ella quien te propuso como acompañante de Ania. Nos vemos -y corté la llamada.

Ania aún tenía tristeza en sus ojos, pero ya estaba viendo qué ponerse para salir por la tarde. Me imaginé a Amelia preparando sus ropas para ir a una cita conmigo. «Eso, una cita o varias, así podré enamorarla si es que no responde desde el inicio a mi interés», pensé. Como Amelia tenía diecisiete años y Ania catorce, deduje que observando cómo se comportaba mi sobrina en una cita me daría pistas de cómo yo tendría que actuar en una, considerando las posibles reacciones de mi predestinada. Curioso por saber si mi sobrina tenía experiencia en citas, le pregunté si alguna vez había salido con un muchacho.

  • ¡No, tío! ¡¿Cómo crees?! -respondió muy sorprendida y algo aterrada.
  • Pero si eres muy bonita. Imagino que en tu escuela habrá chicos que te hayan invitado a salir -respondí de lo más natural, como si tener una cita fuera del día a día.
  • Pero soy una mestiza sobrenatural, una bruja con fuerza de licántropo, y los sobrenaturales no necesitamos de citas para llegar al corazón de nuestra alma gemela, solo olerla o verla para saber que es a quien esperábamos.
  • Entonces, ¿Pietro nunca te ha invitado a salir? –pregunté creyendo que hacía bien.
  • ¿Tú también, tío? -respondió haciendo una mueca de fastidio-. Mis hermanos y papás siempre me fastidian con Pietro. ¡Qué ganas de querer malograr una amistad de once años! Pietro es mi mejor amigo desde el jardín de niños. No es mi enamorado, no es mi admirador, yo no le gusto y él no me gusta. Yo esperaré por mi predestinado, aunque para ello pasen cien años, como ocurrió con papá.

Lo último que dijo me afectó. Yo no pude esperar a Amelia y tuve una relación por casi cinco años con Laura. Ania creía mucho en la predestinación, y por ello estaba segura que había en el mundo alguien para ella por quien debía esperar. Yo no tuve tanta fe como mi sobrina, y terminé enredándome con una loca que intentó matarme cuando quise terminar la relación.

  • ¿Te pasa algo, tío? ¿Dije algo que no debí? -preguntó mi sobrina preocupada y apenada.
  • No, mi niña, solo que me siento muy orgulloso de ti. Más bien perdóname si dije algo que no debí sobre Pietro y tú. Es que me pareció que él te quiere más que como amigo, pero igual olvídalo, no vaya a ser que esto que acabo de decir haga que te alejes de él.
  • No, tío. Todo el mundo podrá pensar mil cosas de la relación que tengo con Pietro, pero yo sé lo que me une a él, y eso es lo único que me importa. Si en algún momento llegara a confesarme algo, amablemente lo rechazaré. Lo quiero mucho, es mi mejor amigo, pero no puedo quererlo más que como amigo porque él no es mi predestinado.
  • ¿Y si lo fuera? Aún estás muy joven para saberlo. Quizás a los dieciséis te des cuenta que es él -opiné.
  • Pues, si fuera así, sería muy feliz porque a Pietro ya lo quiero, y que sea mi predestinado solo significaría que necesito añadir un tipo de amor adicional en él, el amor de compañero.

Ania era tan madura para tener catorce años que me asombraba. Ya hubiera querido pensar así a esa edad, todo lo que me hubiera evitado.

(…)

Ya enfrente de la casa de Pietro, los tres bajamos del auto para recogerlo. Ania lo hizo porque era su amigo, yo porque era el adulto que lo invitó y Lena porque a ella se le ocurrió que fuera él con nosotros y no otro. Cuando la puerta se abrió, vimos a una anciana de rasgos orientales que nos saludó e hizo pasar. Nos pidió que esperemos a Pietro, que ya estaba listo. Minutos después bajó de la segunda planta el mejor amigo de Ania cargando tres paquetes. Nos saludó y entregó un paquete a cada uno. Estaban envueltos en un brillante papel rojo y adornado con un lazo dorado. ¿Eran regalos?

  • ¡¿Un regalo, para mí?! -dijo casi gritando Lena, estaba muy emocionada.
  • Es por haber pensado en mí para acompañarlos esta tarde.
  • ¿Y el mío, por qué? -preguntó Ania.
  • Para que te alegres un poco y te sientas mejor -sus ojos brillaron como los de mis amigos cuando observan a sus predestinadas.
  • ¿Y yo? -pregunté moviendo la caja porque la mía era la más grande.
  • Por ser el adulto que aprobó que los acompañe.




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