El Quarterback y La chica imposible

El rey del Savannah Rage

Mason

El rugido del estadio Sanford no es solo ruido; es una vibración que te golpea en el pecho, te sube por las suelas de las botas y se te mete debajo de las costillas hasta que el corazón te late al ritmo de ochenta mil personas gritando tu nombre.

—¡Johnson! ¡Johnson! ¡Johnson!

Ajusté la correa de mi casco y exhalé despacio, viendo cómo mi respiración se convertía en una breve nube de vapor en el aire frío de la noche de Georgia. Llevaba el número 10 estampado en el pecho, los colores rojo y negro de la Universidad de Georgia grabados en la piel y el peso de una dinastía entera sobre los hombros. Para todo el campus, yo era el rey del Savannah Rage. El mariscal de campo intocable. El chico perfecto que ponía a la universidad en el mapa nacional con cada pase espiral de cuarenta yardas.

Pero cuando estás en la cima, el único camino disponible es hacia abajo, y todo el mundo está esperando a ver cuándo te resbalas.

—¡Mason! ¡Ojos en la línea, maldita sea! —la voz del entrenador resonó en mi auricular, sacándome del trance.

Quedaban doce segundos en el reloj del último cuarto. Íbamos perdiendo por dos puntos contra Florida, nuestros eternos rivales. Era una situación de cuarta oportunidad y gol. Una jugada para definir la temporada, para mantener el invicto, para mantener vivo el mito.

Caminé hacia la línea de golpeo, con los ojos fijos en la defensa contraria. Mi mente trabajaba a mil por hora, escaneando los huecos, prediciendo el movimiento de los apoyadores. El estadio entero guardó un silencio sepulcral, una tensión tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Todos esperaban que hiciera magia.

Antes de acomodarme, cometí el error que siempre prometía no cometer: miré hacia el palco VIP de la sección este.

Ahí estaba él. Arthur Johnson. Mi padre.

No llevaba ropa del equipo, sino un traje impecable hecho a medida. No estaba gritando, ni saltando, ni celebrando como el resto de los mortales. Estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión analítica que congelaría el infierno. Él no era un hombre malo. No me gritaba al volver a casa ni me castigaba por perder. Era algo peor: era una leyenda. Tres anillos de la NFL y un lugar en el Salón de la Fama avalaban cada una de sus críticas. Él no quería verme fracasar; al contrario, quería que fuera el mejor. Quería que fuera mejor de lo que él alguna vez fue. Y esa expectativa es una jaula de oro que te aplasta los pulmones un poco más cada día.

Su mirada se cruzó con la mía a la distancia. No hubo un saludo, solo un asentimiento casi imperceptible. Hazlo bien, decía ese gesto. Un Johnson no comete errores.

Apreté los dientes y me agaché detrás del centro. El olor a hierba cortada, sudor y el cuero del balón me devolvieron la concentración. El dolor crónico de mi hombro derecho desapareció bajo la adrenalina.

—¡Blue 80! ¡Blue 80! —grité, mi voz firme, resonando por encima del murmullo del estadio—. ¡Set... Hut!

El balón golpeó mis manos. Di tres pasos rápidos hacia atrás. La línea ofensiva colapsó casi de inmediato; el ala defensiva de Florida rompió el bloqueo y se abalanzó sobre mí como un camión de carga.

El instinto tomó el control. Esquivé el primer impacto con un giro hacia la izquierda, sintiendo el viento del golpe fallido en mi espalda. El espacio se cerraba. No había tiempo para que mi receptor principal se desmarcara. Vi una fracción de segundo de luz entre dos camisetas blancas en el fondo de la zona de anotación.

Salté, suspendido en el aire por lo que pareció una eternidad, y solté el balón con toda la fuerza de mi brazo.

El impacto contra el suelo me sacó el aire de los pulmones. Dos defensores cayeron encima de mí, hundiéndome en el césped. Durante un segundo, no escuché nada.

Y luego, el estadio explotó.

Un estallido de júbilo salvaje hizo temblar el suelo. Mis compañeros de equipo me levantaron del suelo a tirones, golpeándome el casco y las hombreras con una fuerza brutal. Había sido un pase perfecto. Touchdown. Habíamos ganado.

—¡Eres un maldito dios, Johnson! —me gritó Asher Kingsley, el corredor y mi mejor amigo con los ojos desorbitados por la euforia.

Sonreí, alcé los brazos hacia las gradas y acepté la adulación. De camino al túnel de vestidores, el ambiente era una locura. Las animadoras saltaban, los estudiantes se amontonaban contra las barandillas estirando las manos solo para rozar mi camiseta con el número 10. Las chicas coreaban mi nombre, algunas con carteles, otras lanzándome miradas que no dejaban nada a la imaginación. El campus me adoraba. Yo era el dueño del lugar.

Pero cuando entré al túnel y el ruido empezó a amortiguarse, la adrenalina comenzó a bajar, dejando espacio al cansancio.

A mitad del pasillo, una silueta imponente me cortó el paso. Mi padre.

Me quité el casco, sosteniéndolo bajo el brazo, y lo miré, esperando el veredicto. Él extendió la mano y me dio una palmada firme en el hombro. Una sonrisa tensa apareció en su rostro.

—Buen juego, Mason. Esa escapada de la presión estuvo bien ejecutada —dijo, y por un segundo sentí un alivio inmenso en el pecho. Pero el alivio duró poco—. Sin embargo, tardaste demasiado en soltar el balón en la jugada anterior. En la NFL, ese medio segundo extra te habría costado una costilla rota y un balón suelto. Tienes que anticipar el corte del receptor, no esperar a que ocurra.

—Lo sé, papá. La cobertura era cerrada —respondí, intentando mantener la voz neutra. No estaba enfadado con él; sabía que tenía razón. Así era como funcionábamos. Él presionaba, yo respondía.

—Un mariscal de campo de élite crea el espacio, no lo busca —sentenció, dándome otra palmada antes de dar la vuelta—. Ve a ducharte. Te veo en la cena de la próxima semana. No te distraigas con las fiestas de hoy. Mantén la cabeza en el juego.




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