El Quarterback y La chica imposible

Oasis verde

Emily

El silencio del invernadero botánico de la Universidad de Georgia era lo más cercano al paraíso que existía en este campus ruidoso. Mientras el resto del mundo se desgañitaba en el estadio Sanford, yo estaba rodeada del aroma a tierra húmeda, hojas de eucalipto y el sutil perfume de las orquídeas salvajes.

Aquí, entre las paredes de cristal y el vapor templado, el rugido lejano de la multitud no era más que un zumbido molesto. Una vibración de fondo que no lograba alterar la paz de mis plantas.

Ajusté mis guantes de jardinería y usé el dorso de la mano para apartarme un mechón de cabello castaño de la cara. Estaba revisando el sistema de riego hidropónico de los brotes de Monstera, un proyecto de sostenibilidad que había propuesto a la facultad de Negocios para demostrar que las grandes empresas podían ser verdes desde la raíz.

Mi teléfono, apoyado sobre una mesa de madera rústica, comenzó a vibrar, rompiendo la armonía del lugar. En la pantalla iluminada apareció la foto de un hombre de cabello canoso y sonrisa cálida.

—Hola, papá —dije, respondiendo de inmediato con una sonrisa que me brotó del alma.

—¡Hola, mi científica favorita! —la voz de Liam Carrington resonó al otro lado de la línea, llena de esa energía vibrante y protectora que lo caracterizaba—. ¿Cómo está la mujer que va a revolucionar el mercado ecológico de Georgia? ¿O debería decir del mundo?

—Papá, solo estoy revisando unos brotes, no conquistando el planeta —me reí, sentándome en un taburete alto.

—Dales tiempo, esos brotes no saben con quién se están metiendo.

Mi padre era el alma de la dinastía Carrington, un imperio empresarial de sostenibilidad y biotecnología vegetal. Pero para mí, era simplemente el hombre que había aprendido a trenzar mi cabello cuando era niña, el que nunca se perdió una obra de teatro escolar y el que sabía exactamente cuándo necesitaba un abrazo. Mi madre había fallecido el mismo día en que yo nací por complicaciones en el parto. Cualquiera pensaría que crecer en una mansión imponente en Savannah, rodeada de cientos de sirvientes y con un vacío de ese tamaño, me habría convertido en una chica solitaria o consentida. Pero Liam Carrington se encargó de que nunca fuera así. Fue un padre ejemplar: maravilloso, inteligente, divertido y, por encima de todo, presente.

—¿Cómo está todo en casa? —pregunté, limpiando una hoja con cuidado.

—Extrañándote, por supuesto. La casa es demasiado grande cuando no estás para quejarte de que uso demasiada agua en el jardín trasero —bromeó—. Sigo pensando que Yale o Harvard habrían tenido mejores laboratorios para ti, Emily. Tenías las clasificaciones para ir a donde quisieras.

Sopesé sus palabras. Era verdad. Tenía el mundo a mis pies, pero mi elección había sido otra.

—UGA tiene una gran facultad de negocios, papá. Además... —pausé, mirando el techo de cristal—. Mamá caminó por estos mismos pasillos. Estudió exactamente lo mismo aquí. Supongo que... quería sentirla cerca de alguna manera. Saber qué se sentía estar donde ella estuvo.

Hubo un silencio tierno y pesado del otro lado de la línea. Pude escuchar el suspiro cargado de amor de mi padre.

—Lo sé, carariño. Ella estaría increíblemente orgullosa de ti. Eres idéntica a ella: brillante, testaruda y completamente inmune a las tonterías. Hablando de tonterías, ¿no deberías estar en el partido del siglo que tiene paralizado a todo el estado?

Puse los ojos en blanco, aunque él no pudiera verme.

—¿El fútbol americano? Por favor, papá. Veinte tipos persiguiendo un trozo de cuero inflado mientras el campus entero actúa como si fuera el fin del mundo. Prefiero ver crecer el césped. Literalmente.

—Esa es mi chica. No dejes que te arrastren. Te dejo para que sigas salvando el ecosistema. Te amo, Emily.

—Y yo a ti, papá. Hablamos el domingo.

Colgué con una sensación cálida en el pecho. Me quité los guantes, recogí mis cosas y salí del invernadero. La noche de Georgia estaba fresca y, tal como predije, el campus era un caos. El partido había terminado y, a juzgar por los gritos histéricos y los bocinazos de los autos, el dichoso equipo del Savannah Rage había ganado otra vez.

Caminé a paso rápido hacia mi residencia universitaria. Por suerte, mi herencia familiar me permitía pagar una de las habitaciones más grandes y cómodas del complejo, un espacio compartido que se había convertido en mi verdadero refugio gracias a la persona que me esperaba adentro.

Al abrir la puerta, me topé con un torbellino de energía.

—¡Ganamos! ¡Emily, por Dios, te perdiste el pase más épico de la historia del deporte universitario! —gritó Skyler Johnson, saltando sobre su cama con una camiseta gigante con el número 10 estampado en la espalda.

Skyler era mi mejor amiga. Nos conocimos el primer día del primer semestre, cuando ambas intentábamos meter un refrigerador diminuto por una puerta demasiado estrecha. Nos miramos, compartimos un chiste sarcástico sobre la arquitectura de la universidad y, desde ese instante, no nos soltamos más. Era divertida, leal, un poco dramática y, por ironías del destino, la hermana menor de la deidad máxima del campus.

—Hola, Sky. Veo que sobreviviste a la marea humana —dije, dejando mi mochila en el escritorio y sonriéndole.

—¿Sobrevivir? ¡Fue glorioso! —se bajó de la cama de un salto, con los ojos brillando—. Mi hermano se lució. El pase que hizo en los últimos doce segundos fue una locura. Todo el mundo en el estadio estaba coreando el apellido Johnson. ¡Incluso papá estaba en el palco y no parecía querer asesinar a nadie! Eso es un milagro histórico.

Me senté en mi cama, cruzándome de piernas, divertida por su entusiasmo pero completamente ajena a la emoción.

—Me alegro por tu hermano, de verdad. Pero sigo sin entender la fiebre. Es solo un juego, Sky. Mañana la mitad de esos estudiantes van a reprobar el examen de macroeconomía porque prefirieron emborracharse celebrando que un chico lanzó un balón.




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