Mason
Dos días habían pasado desde el partido contra Florida, y los moretones en mis costillas ya no dolían tanto gracias a la dosis de adrenalina que todavía flotaba en el ambiente del campus. El Savannah Rage seguía invicto, y la vida era malditamente buena.
Terminé de abrocharme la camisa negra frente al espejo del pasillo de mi departamento. Era un espacio amplio, financiado a medias con los bonos de la universidad y el apoyo de nuestras familias, que compartía con Asher Kingsley, nuestro corredor estrella (RB) y mi mano derecha en la ofensiva.
Antes de que pudiera tomar las llaves del auto de la barra de la cocina, la puerta de la habitación de al lado se abrió de golpe. De ella salieron Logan West, nuestro apoyador (LB), y Jayden Cooper, el receptor abierto (WR). Esos dos técnicamente pagaban el departamento de junto, pero pasaban tanta vida metidos en nuestro sofá bromeando, jugando videojuegos y devorando nuestra comida que ya los considerábamos parte del inventario.
—Miren eso. El número 10 se puso la camisa de los domingos —se burló Jayden, pasándose una mano por su cabello rizado mientras salía con una porción de pizza fría en la mano—. ¿A quién vas a romperle el corazón esta noche, Johnson?
—Hay una fiesta en la casa de la fraternidad Alpha Chi —añadió Logan, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa de suficiencia—. Medio equipo va a estar ahí. Las chicas de primer año se están aprendiendo tu biografía de la NFL por si les diriges la palabra. Tienes que ir.
Asher asomó la cabeza desde la cocina, secándose las manos con un paño. —No lo presionen. Mason prefiere sus clásicos amores fugaces. Una noche, un par de sonrisas, ninguna pregunta al día siguiente y todos felices. Sin compromisos en el campus, ¿verdad, hermano?
—Es la única forma de sobrevivir aquí, Kingsley —respondí, atrapando mis llaves en el aire—. Divertirse está bien, pero mezclar el fútbol con relaciones formales en la universidad es buscarse un boleto directo al desastre. El drama arruina el promedio de pases.
—Amén a eso —rio Logan—. Entonces, ¿pasamos por ti a las diez?
—Estaré listo. Pero primero tengo que hacer un maldito recado de mi padre. Le mandó a Skyler unos documentos y unas tarjetas que pidió para su proyecto, y como mi viejo no confía en el correo estándar del campus, me tocó a mí ser el mensajero.
—Pórtate bien, hermano. No querrás que tu hermanita te acuse con el gran Arthur Johnson —bromeó Jayden.
Me despedí de los chicos con un gesto de la mano y salí del edificio. El aire de la tarde estaba fresco mientras cruzaba la calle hacia la residencia de mujeres que quedaba justo enfrente, el complejo residencial principal de la UGA. En el camino, un grupo de chicas de la fraternidad de al lado me saludaron desde el porche, coreando mi nombre con timidez. Les dediqué mi mejor sonrisa de catálogo, esa que dominaba a la perfección, y continué mi camino hacia el edificio.
Subí las escaleras hasta el segundo piso y busqué el número 202. Llevaba en las manos un sobre de manila sellado y una caja pequeña con el logo de la empresa de mi padre.
Cuando estaba a punto de tocar la madera, la puerta se abrió de golpe desde adentro.
No alcancé a reaccionar. Una figura impactó directamente contra mi pecho. El olor a jazmín y tierra húmeda me inundó los sentidos antes de que pudiera registrar lo que estaba pasando. Ella soltó un jadeo, y los libros que llevaba en los brazos amenazaron con caer al suelo. La sostuve por los hombros instintivamente para evitar que se cayera.
—Cuidado —dije, usando mi tono más suave, ese que solía derretir cualquier tensión.
Cuando dio un paso atrás y levantó la mirada, me quedé sin aire por un segundo.
Era ella. Rubia, con unos ojos azul cielo tan intensos que parecían cristalinos, y una cara angelical que rozaba la perfección. La había visto docenas de veces en las fotos que mi hermana subía a sus redes sociales; sabía perfectamente que era Emily Carrington, la famosa mejor amiga y compañera de cuarto de Skyler. Pero las pantallas no le hacían justicia. En persona, su belleza era magnética, casi irreal.
Esperé la reacción habitual. La sorpresa, el sonrojo, el tartamudeo de quien se encuentra de frente con el mariscal de campo estrella del campus.
En lugar de eso, Emily frunció el ceño, miró el sobre de manila que yo tenía en la mano, luego la caja, y finalmente me barrió de arriba abajo con una mirada completamente fría y aburrida.
—Vaya, por fin llegan —dijo, cruzándose de brazos—. Tardaron una eternidad. Deja la caja sobre la mesa de la entrada, por favor.
Me quedé helado, parpadeando un par de veces, procesando sus palabras. —¿Qué?
—La pizza y los documentos —insistió ella, señalando los paquetes con la barbilla, con una total falta de paciencia—. ¿Cuánto es? ¿Puedo pagarte con la aplicación o necesitas efectivo? Skyler me dijo que el repartidor ya estaba subiendo, pero no pensé que vendrías vestido como si fueras a un club nocturno. Aunque supongo que las propinas en este campus son buenas si te esfuerzas con el vestuario.
¿Repartidor? ¿Me acaba de confundir con el repartidor de pizza?
Una mezcla de incredulidad y una risa nerviosa me subió por la garganta. Nadie en este maldito estado me confundía con nadie. Mi cara salía en los carteles de la entrada de la universidad.
—A ver, espera un segundo, rubia —dije, enderezando la postura, dejando relucir mi metro noventa de estatura y mi sonrisa más encantadora—. No soy el repartidor de pizza. Soy Mason.
Emily ni siquiera pestañeó. Se limitó a mirarme con una ceja levantada, completamente inmune a mi presencia.
—Me da igual cómo te llames, Mason. Solo quiero saber si la pizza está abajo o si solo traes ese sobre. Tengo prisa y no tengo tiempo para adivinar el menú.
—No traiga ninguna pizza —aclaré, mi sonrisa tambaleándose por primera vez en años—. Soy el hermano de Skyler. Mason Johnson. El quarterback del equipo.