El Quarterback y La chica imposible

Silencio en primera fila

Emily

—Por favor, dime que estás viendo lo mismo que yo, o que el café de la cafetería central me está provocando alucinaciones divinas —susurró Luke Wallace a mi lado, dándome un codazo tan poco sutil que casi hace que mi bolígrafo ruede por el escritorio.

Aparté la vista de mi tableta y miré a mi mejor amigo de la facultad de comunicaciones. Luke estaba prácticamente hiperventilando, con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta, fijando su atención en la fila de enfrente.

Seguí su mirada y contuve una mueca. Dos chicos de espaldas descomunales, hombros imponentes y chaquetas del equipo de fútbol americano se acababan de sentar justo en los dos pupitres delante de nosotros.

—Es una clase de Ética y Comunicación, Luke, no los vestidores del estadio —respondí en un susurro, divertida por su drama.

—No, Emily, tú no entiendes —insistió él, agitando las manos dramáticamente—. El de la izquierda es Jayden Cooper, el receptor abierto. Dios mío, tiene el cabello negro tan perfecto y esos ojos azules que parecen sacados de una película de hombres lobo guapos. Y el de la derecha... bueno, el de la derecha es el mismísimo Zeus del campus. Mason Johnson.

Miré la nuca de Mason. Su cabello rubio, exactamente del mismo tono que el de su hermana Skyler, estaba perfectamente peinado, y se movía con esa confianza irritante que tienen las personas que saben que el mundo les pertenece.

Recordé nuestro accidentado encuentro de hace unos días en su residencia. Por supuesto que sabía quién era cuando entró. Llevaba meses viendo su rostro en los portarretratos de mi habitación y escuchando a Skyler hablar de sus hazañas. Pero verlo allí, tan seguro de su propio impacto, me había despertado un impulso incontenible de bajarlo de su nube. Confundirlo con el repartidor de pizza y llamarlo "lento" había sido una obra de arte de la que todavía me sentía secretamente orgullosa.

—¿Estás bien? Te quedaste mirándolo —se burló Luke, arqueando una ceja—. Hasta la gran Emily Carrington es humana ante esos ojos verdes esmeralda. Porque sí, querida, son de un verde que debería ser ilegal.

—Estoy perfectamente, Luke. Solo pensaba en la cantidad de neuronas que deben compartir esos dos —susurré, haciéndolo soltar una risita ahogada—. Mi amigo es un tonto impresionado por dos tipos con esteroides.

—Oye, el físico es cultura, no me juzgues —respondió él, acomodándose las gafas justo cuando la profesora Wolf entró al aula, haciendo que el murmullo general cesara.

Nunca había compartido clases con Mason antes; él estaba en sexto semestre de periodismo deportivo y yo en cuarto de negocios, pero esta materia en particular cruzaba ambas facultades.

—Buenos días a todos —dijo la profesora Wolf, una mujer de mirada afilada y postura severa—. Hoy analizaremos la ética en la narrativa de los medios masivos. Específicamente, cómo la manipulación de la verdad puede justificar un fin comercial. ¿Alguien quiere dar un ejemplo introductorio?

Antes de que terminara la frase, la mano de Mason Johnson ya estaba en el aire. No esperó a que le dieran la palabra; simplemente se reclinó en su asiento con una sonrisa lánguida que provocó un suspiro colectivo entre varias chicas de las filas laterales.

—Yo tengo uno, profesora —habló Mason, su voz barítona y segura resonando con fuerza—. En el periodismo deportivo, a menudo se embellece la narrativa de un atleta o se oculta un desliz menor para proteger la moral del equipo y el espectáculo. Al final del día, el público quiere héroes, no santos. Ocultar ciertos datos no es mentir, es gestión de comunicación para un bien mayor: el entretenimiento y el negocio.

A mi alrededor, un par de estudiantes asintieron con la cabeza, hipnotizados por su carisma. Yo, en cambio, sentí que la indignación me subía por la garganta. Qué típica mentalidad de quarterback consentido.

—Eso es una falacia absoluta, Johnson —solté en voz alta, sin molestarme en levantar la mano.

El aula se quedó en un silencio tan repentino que se habría escuchado caer un alfiler. Mason se tensó visiblemente en su asiento. Giró el cuerpo lentamente, apoyando un brazo en el respaldo de su silla para mirarme de frente. Sus ojos verdes esmeralda se entrecerraron al reconocerme. El impacto de volver a verme allí pareció descolocarlo por una fracción de segundo, pero recuperó la compostura de inmediato.

—¿Disculpa? —dijo, arqueando una ceja rubia con un deje de suficiencia—. ¿La facultad de Negocios ahora nos va a dar clases de moral?

—No, te estoy dando una clase de lógica básica —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Lo que llamas "gestión de comunicación" es manipulación de la información. Estás justificando el engaño corporativo bajo la premisa de que el espectador es demasiado estúpido para procesar la realidad. No estás protegiendo un "bien mayor", estás protegiendo un activo financiero. Es utilitarismo barato. Reducir la ética periodística al entretenimiento es la razón por la cual los medios pierden credibilidad.

Jayden Cooper, a su lado, soltó un silbido bajo y divertido, ganándose una mirada asesina de Mason.

—Se llama pragmatismo, Carrington —replicó Mason, enderezándose, su tono perdiendo un poco de esa ligereza carismática y volviéndose más cortante. La tensión entre nosotros se elevó al instante—. El mundo real no es un invernadero donde todo crece en condiciones perfectas. Si un periódico destruye la carrera de un chico de veinte años por un error irrelevante solo por "ética", arruinas una vida y un negocio multimillonario. El silencio estratégico también es una herramienta válida.

—Un error irrelevante sigue siendo un hecho, Johnson. Ocultarlo para salvar un negocio multimillonario no es pragmatismo, es complicidad y corrupción —ataqué de vuelta, cruzándome de brazos, inclinándome ligeramente hacia el frente—. Si tu carrera depende de que los medios mientan por ti, entonces tal vez el problema no sea el periodismo, sino el producto que estás intentando vender.




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