Mason
El vapor del agua caliente inundaba los vestidores, mezclándose con el olor a linimento, cuero y desodorante industrial. El ruido metálico de los casilleros al cerrarse y el eco de las risas de mis compañeros rebotaban en las paredes azulejadas. Me pasé una toalla por el cabello húmedo, todavía sintiendo el cansancio del entrenamiento de la tarde en los músculos, pero con la mente extrañamente dispersa.
—Te lo digo, Johnson, si el coordinador ofensivo insiste en la ruta de poste para el sábado, la defensa de Auburn nos va a comer vivos —dijo Asher, ajustándose los pantalones deportivos mientras se apoyaba en su casillero—. Necesitamos que rompas hacia la izquierda para darme tiempo de bloquear.
—Lo sé —respondí, colgándome la cadena de plata al cuello—. Pero si Jayden hace el amago de cortar hacia el centro antes de subir, jalamos al apoyador y dejamos la banda libre. Es matemática pura, Kingsley.
—Hablando de matemáticas y rutas complicadas... —intervino Jayden, saliendo de las duchas con una sonrisa de suficiencia que no me gustó nada. Se volvió hacia Logan y Asher, frotándose las manos—. No saben la joya de espectáculo que me regaló nuestro mariscal de campo ayer en la clase de Ética.
Dejé la toalla a un lado y lo miré mal.
—Cállate, Cooper.
—¿Qué pasó? —preguntó Logan, metiéndose instantáneamente en la conversación mientras se amarraba las zapatillas—. ¿Alguien logró interceptar un pase del gran Mason Johnson en el aula?
—Peor que eso —rio Jayden, apoyándose en mi casillero con los brazos cruzados—. Una chica lo tacleó intelectualmente frente a cincuenta personas. Lo dejó sin argumentos, le dijo que vendía un "producto corrupto" y la profesora le dio la razón a ella mientras Mason se quedaba ahí, rojo como un tomate, tragándose su orgullo de quarterback.
Asher soltó una carcajada limpia, y Logan dejó caer la cabeza hacia atrás, riéndose con ganas.
—¡No puede ser! —se burló Logan, dándome un empujón en el hombro—. ¿Quién fue la valiente? Hay que hacerle una estatua en la entrada del estadio.
—Emily Carrington —soltó Jayden con malicia—. La mejor amiga de Skyler. La rubia que vive con ella.
El ambiente cambió sutilmente. Asher dejó de reírse y arqueó una ceja.
—¿Carrington? Vaya, Johnson. Te topaste con la aristocracia de Georgia. Esa chica es intocable.
—No me topé con nadie —gruñí, abriendo mi casillero para sacar mi sudadera—. Solo es una sabelotodo arrogante que cree que el mundo real se maneja como sus proyectos ecológicos. Tuvo suerte con la profesora, eso es todo.
—Acepta que te dolió, hermano —lo molestó Logan, dándose la vuelta para encararme—. Llevas dos días con cara de pocos amigos porque una mujer no se arrodilló ante tu número diez. Estás frustrado.
—No estoy frustrado —mentí, aunque por dentro la mandíbula se me volvía a apretar de solo recordar la sonrisa irónica de Emily al recibir sus puntos extra—. Simplemente no me gusta la gente que habla sin saber.
—Bueno, arrogante o no, hay que admitir algo —dijo Jayden, encogiéndose de hombros—. La chica es jodidamente hermosa. Esos ojos azules y esa cara de ángel... Si no fuera la mejor amiga de tu hermana, yo ya habría intentado algo.
—Sí, ella y Skyler definitivamente suben el promedio de belleza del campus —coincidió Logan—. Aunque tu hermana es como una de las de nuestro equipo, si alguien la toca, lo matamos. Pero Carrington... Carrington es un reto de otro nivel. De hecho, en la fraternidad la llaman "la chica imposible". Ninguno de los muchachos ha logrado que les dé ni la hora.
—Porque todos van con la misma estrategia barata de atletas engreídos —dije, acomodándome la sudadera negra—. A ella no le impresiona el fútbol.
—¿Ah, sí? ¿Y a ti sí te daría la hora, Johnson? —retó Logan, con una sonrisa desafiante plantándose en su rostro.
—No me interesa —respondí, tomando mi mochila—. Tengo una regla: nunca salir con nadie del campus. Evita dramas.
—No, no es por tu regla. Es porque sabes que vas a perder —presionó Logan, ganándose la atención de otros tres jugadores que se acercaron al escuchar el tono de reto—. Hagamos una apuesta. Tienes de aquí a que termine el semestre. Logra que la chica más difícil de la UGA, la imposible Emily Carrington, se enamore de ti. Si lo haces, te pago el viaje a Miami en las vacaciones de primavera. Si pierdes... nos pagas las rondas de tragos en el bar hasta que nos graduemos.
Miré a Logan como si estuviera loco. Yo no era un santo, me gustaba divertirme y tener mis romances fugaces, pero usar los sentimientos de una chica por una apuesta estúpida en los vestidores cruzaba una línea que no me apetecía pasar. No era ese tipo de imbécil.
—Olvídenlo. Es una estupidez —dije, dándoles la espalda para caminar hacia la salida.
—¡Lo sabía! ¡El gran mariscal de campo tiene miedo de que le rompan el récord invicto! —gritó Jayden detrás de mí, provocando un coro de abucheos burlones de todo el vestidor.
—¡Es que ella juega en otra liga, Mason! ¡Acepta que no puedes con ella! —añadió Logan, riéndose a carcajadas.
Me detuve en seco cerca de la puerta. Las burlas resonaban en mis oídos, picando directo en mi vena competitiva. Miré de reojo a los chicos. Todos me miraban con caras de suficiencia, convencidos de que iba a cobardear. Y en el fondo, la imagen de Emily Carrington mirándome con desprecio en el pasillo y ridiculizándome en la clase volvió a mi mente.
“Ella no va a caer tampoco, Johnson. Te va a destrozar”, parecía decirme la mirada de Logan.
Me di la vuelta despacio, clavando los ojos en Logan. Una sonrisa fría y competitiva, la misma que usaba antes de iniciar una jugada de cuarta oportunidad, apareció en mis labios.
—Un semestre es demasiado tiempo —dije, con la voz firme, haciendo que el vestidor se quedara en silencio—. Hecho. Preparen sus billeteras para Miami, muchachos, porque voy a ganar este maldito juego.