Mason
Haber aceptado la apuesta en el vestidor parecía una excelente idea bajo los efectos de la adrenalina y el orgullo masculino, pero veinticuatro horas después, parado en medio del pasillo principal del edificio de Negocios, empecé a darme cuenta de que trazar una estrategia contra Emily Carrington iba a ser más difícil que romper la defensiva de Alabama.
Tenía un plan. Bueno, en realidad tenía un manual. El manual que me había funcionado con el noventa y nueve por ciento de las mujeres de esta universidad: carisma, proximidad y esa seguridad que te da saber que eres el maldito quarterback.
A lo lejos, vi que la puerta del aula 104 se abría. Emily salió caminando a paso constante, sosteniendo una carpeta de cuero y una libreta donde no paraba de anotar cosas con un bolígrafo plateado.
Bien, Johnson. Hora de activar el juego, me dije, enderezando los hombros.
Caminé en su dirección, calculando el espacio para cruzarme exactamente en su línea de visión. Cuando estuvo a solo tres metros, reduje la velocidad, ladeé la cabeza y le dediqué mi sonrisa de catálogo número tres —la que incluye un sutil guiño de ojos, infalible para romper el hielo—.
—Buenos días, Carrington —dije, modulando la voz.
Nada. Cero. Absolutamente nada.
Emily ni siquiera levantó la vista de sus apuntes de negocios. Pasó por mi lado como si yo fuera una columna de soporte del edificio o un fantasma especialmente aburrido. El viento que dejó a su paso olía a jazmín y me quedé congelado a mitad del pasillo con la sonrisa puesta, ganándome la mirada confundida de dos chicas de primer año que pasaban por ahí.
Treinta minutos después, me encontraba en la cafetería central del campus, todavía procesando el golpe a mi ego. Estaba sentado con Asher, Logan y Jayden en nuestra mesa habitual del centro, la que nadie más se atrevía a ocupar.
—¡Pero miren esa cara! —se burló Logan, dándole un mordisco a su hamburguesa—. El rey de la UGA fue ignorado en el pasillo. Te vi desde los casilleros, Johnson. Tu guiño de ojo rebotó contra una pared de concreto.
—Cállate, West —gruñí, cruzando los brazos sobre la mesa—. Estaba concentrada en sus apuntes. No me vio.
—Claro, hermano, y yo soy el próximo presidente de los Estados Unidos —rio Jayden, dándole un trago a su bebida—. Te lo dijimos, esa chica vive en su propio planeta. Por cierto, hablando de la reina de Roma... miren la entrada.
Giré la cabeza. Emily acababa de entrar sola a la cafetería. Busqué con la mirada a Skyler, pero recordé que los jueves a esta hora mi hermana estaba encerrada en su clase privada de artes, así que la rubia estaba por su cuenta.
Me quedé observándola mientras hacía la fila para el café, y tuve que admitir internamente lo que Jayden había dicho en los vestidores: era jodidamente linda. Hoy llevaba un estilo completamente sencillo a la vista: unos jeans de mezclilla ajustados, una camisa blanca impecable que contrastaba con su piel blanquecina, el cabello medio recogido de forma casual dejando caer unos mechones sobre su rostro, y unos tenis blancos. Pero el truco con Emily estaba en los detalles. Si te acercabas un poco más, podías notar que el pequeño reloj en su muñeca, los aretes que destellaban bajo la luz de la cafetería y la cadena delgada en su cuello eran piezas de diseñador que gritaban la inmensa riqueza de la dinastía Carrington. Era una elegancia silenciosa, pero letal.
—Bueno, Johnson, ahí tienes tu segunda oportunidad del día —me pinchó Asher, dándome un empujón con el codo—. Ve a anotar un touchdown o acepta la derrota de una vez.
Me levanté de la silla sin decir una palabra, ignorando las risas sofocadas de mis amigos a mis espaldas. Caminé con paso firme hacia la zona de cajas. Emily acababa de recibir su café helado y estaba pagando. Me deslicé justo a su lado en el mostrador, tomando un plato con dos galletas de chispas de chocolate recién horneadas.
—Ponlas en mi cuenta —le dije al cajero, mostrando mi tarjeta de estudiante, mientras me giraba hacia ella—. Y el café de la señorita también.
Emily se detuvo en seco con la cartera abierta. Levantó la vista despacio, y esos ojos azul cielo me barrieron con una frialdad que me dio escalofríos.
—No es necesario. Puedo pagar mi propio café, Johnson —dijo, su voz cortante como el hielo. Le entregó un billete al cajero, ignorando por completo mi tarjeta—. Quédate con el cambio.
El cajero me miró con lástima. Yo carraspeé, intentando no perder la compostura, y tomé el plato de las galletas, dándole un paso para seguirla mientras caminaba hacia la salida de la cafetería.
—Agresiva desde temprano, Carrington —bromeé, poniéndome a su lado—. Solo quería ser amable. Son las mejores galletas del campus, pensé que te gustaría acompañar tu café. Toma.
Le extendí el plato, pero ella ni siquiera extendió la mano. Siguió caminando a paso rápido hacia los jardines exteriores.
—No como azúcar procesada de cafetería, Johnson. Y definitivamente no acepto regalos de extraños con exceso de confianza —respondió, sin mirarme.
—¿Extraños? Vamos, estamos en la misma clase de Ética, tu mejor amiga es mi hermana y textualmente me tacleaste frente a cincuenta personas ayer —insistí, acelerando el paso para mantenerme a la par con sus piernas largas—. Creo que ya pasamos la etapa de ser extraños.
Emily se detuvo de golpe bajo la sombra de un gran roble en el patio central. Giró sobre sus talones, obligándome a frenar abruptamente para no chocar con ella. La tensión entre los dos se volvió casi física; la distancia entre nosotros era tan corta que podía oler de nuevo ese maldito perfume a jazmín.
—¿Qué es lo que quieres, Mason? —preguntó, cruzándose de brazos, mirándome con una mezcla de aburrimiento y sospecha—. Sé perfectamente quién eres. Sé que el campus entero piensa que caminas sobre el agua, pero a mí no me interesa el fútbol, no me interesa tu número diez, y realmente tengo cosas más importantes que hacer que inflar tu ego.
Me quedé helado por un segundo, pero me obligué a sonreír, inclinándome un poco hacia ella para acortar la distancia, buscando intimidarla con mi estatura. No funcionó; ella ni siquiera parpadeó.
—Solo quiero entablar una conversación normal con mi compañera de clase —dije, bajando el tono de voz, haciéndolo más sugerente—. Mañana hay una fiesta en la casa de la fraternidad Sigma Nu. Todo el campus va a estar ahí. ¿Irás?
—No. Las fiestas de fraternidades me parecen una pérdida de tiempo monumental llena de alcohol barato y hormonas alborotadas.
—Sería bueno verla ahí, señorita Carrington —insistí, sosteniéndole la mirada verde contra azul, dejando que la tensión creciera entre los dos—. Podría mostrarte que no soy solo un chico con un casco, como le dijiste a Skyler. Tal vez te sorprendas.
Emily me miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos recorrieron mis facciones, no con admiración, sino como un general evaluando las debilidades del enemigo. Luego, una sonrisa sumamente sutil, casi imperceptible y cargada de un sarcasmo letal, apareció en sus labios perfectos.
—Dudo mucho que algo en ti pueda sorprenderme, Johnson —sentenció, dando un paso atrás—. Disfruta tus galletas. Las vas a necesitar para recuperar la energía que estás perdiendo conmigo.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome plantado bajo el árbol con el plato en la mano.
Me quedé estático, viendo cómo su figura delgada se alejaba hacia la biblioteca. Mi mandíbula estaba tan apretada que me dolía. Regresé la mirada hacia la cafetería; a lo lejos, por el gran ventanal de cristal, alcancé a ver a Logan y Jayden muriéndose de la risa en nuestra mesa.
Apreté el plato de plástico entre mis dedos. Esto ya no era solo por la apuesta de vestidor o por el viaje a Miami. Emily Carrington me había desafiado en mi propio territorio, y ningún Johnson aceptaba una derrota sin pelear hasta el último segundo del partido.