Mason
—¡Tienes que estar bromeando, West! ¡Eso no es un pase, es un intento de homicidio! —grité, soltando una carcajada mientras le daba un trago a mi vaso rojo de plástico.
Estábamos en la sala principal de la casa de Sigma Nu, rodeados por el ruido ensordecedor de la música, las luces de neón parpadeantes y el calor humano de media universidad metida en un solo lugar. Asher, Jayden, Logan y yo nos habíamos apoderado de una mesa de beer pong en la esquina, y Logan acababa de lanzar la pelota tan mal que terminó golpeando directamente la frente de un tipo de primer año tres metros más allá.
—El viento, Johnson. Te digo que las corrientes de aire en esta casa son traicioneras —se defendió Logan, levantando las manos mientras Jayden se ahogaba con su propia bebida de la risa.
—¿Qué viento, imbécil? Si estamos bajo techo —rio Asher, palmeándole la espalda—. Deja que el número diez juegue. A ver, Mason, muéstrale cómo se hace un tiro con precisión de campeonato.
Hice girar la pequeña pelota plástica entre mis dedos, apunté al último vaso del equipo contrario y, con un movimiento fluido de muñeca, la encesté limpiamente. Los chicos estallaron en gritos y choques de palmas.
—Eso es todo. Me voy por más cerveza antes de que estos perdedores se beban todo el barril —les dije, dejando el vaso vacío sobre la mesa y abriéndome paso entre la multitud.
De camino a la cocina, una mano con las uñas pintadas de rojo se posó con firmeza en mi pecho, deteniéndome. Miré hacia abajo y me topé con Bella, una chica de la fraternidad Alpha Chi con la que había tenido un par de encuentros fugaces el semestre pasado. Tenía el cabello oscuro, una sonrisa atrevida y unos ojos que dejaban muy claras sus intenciones.
—Vaya, miren quién decidió bendecirnos con su presencia —ronroneó Bella, inclinándose un poco hacia mí—. Pensé que estarías demasiado ocupado celebrando el invicto como para rebajarte a venir a una fiesta común.
—Nunca estoy demasiado ocupado para una buena fiesta, Bella —respondí, ladeando la cabeza con una sonrisa perezosa. No me negaba a los encuentros casuales; ella sabía perfectamente cómo funcionaban las cosas conmigo y nunca había habido dramas entre nosotros.
—Me alegra escucharlo. Tal vez podamos buscar un lugar más tranquilo más tarde. El piso de arriba está...
Bella siguió hablando, pero sus palabras se convirtieron en un zumbido borroso en el segundo en que mi mirada se desvió mecánicamente hacia la puerta principal de la casa.
Dos chicas acaban de entrar, y el ambiente pareció detenerse por un instante. Era mi hermana Skyler junto a Emily Carrington. Ambas eran rubias y malditamente hermosas, pero de formas completamente diferentes. Sky irradiaba esa energía vibrante y divertida de siempre con un vestido rojo, pero Emily... Dios. Llevaba unos pantalones de cuero negro ajustados y un top blanco de seda de corte halter que dejaba al descubierto toda su espalda. Su cabello rubio caía en ondas perfectas y, bajo las luces de neón, la cadena delgada y el brazalete de oro que llevaba destellaban con una elegancia que desentonaba por completo con los vasos de plástico y la cerveza barata del lugar. Era irreal.
—¿Mason? ¿Me estás escuchando? —preguntó Bella, pasando una mano frente a mi rostro.
—Sí, claro. Dame un segundo, Bella. Vi a mi hermana entrar, tengo que ir a asegurarme de que no rompa nada —mentí, apartándome de ella con suavidad antes de que pudiera protestar.
Caminé hacia la barra improvisada de la cocina y me topé de frente con Asher, que también estaba observando la entrada con una ceja levantada.
—Vaya, Johnson. Parece que "la chica imposible" sí vino al territorio de las hormonas alborotadas —comentó Asher de brazos cruzados, mirándome de reojo—. ¿Listo para el segundo asalto de la apuesta?
Miré a Emily a la distancia, viendo cómo rechazaba educadamente el saludo de un tipo del equipo de atletismo con una sola mirada gélida. Sentí una extraña punzada de incomodidad en el estómago.
—Sabes, Kingsley... creo que esto de la apuesta es una soberana estupidez —admití en voz baja, tomando un par de cervezas frías que el barman me tendió—. No necesito este juego. Pero hay que aceptar que esa rubia no cae rápido. Tiene una coraza de titanio.
—Te lo dije, hermano. Juega en otra liga —rio Asher, dándome una palmada en el hombro antes de regresar con los chicos.
Me di la vuelta dispuesto a acercarme a ellas, pero Skyler me ganó el paso. Divisó mi silueta en la cocina y caminó hacia mí a paso rápido, con una sonrisa enorme.
—¡Hola, hermanito! —me saludó con total confianza, dándome un medio abrazo—. Qué bueno que estás aquí. Los chicos me dijeron que estabas destrozando a todos en el beer pong.
—Ya sabes cómo soy, Sky. Manteniendo el legado —respondí, sonriéndole.
Justo detrás de ella venía Emily. Venía distraída, mirando su teléfono y quejándose en voz alta mientras avanzaba.
—...te lo digo, Sky, este lugar huele a frustración juvenil y...
En ese preciso segundo, me volteé por completo para encararla. Emily no estaba prestando atención al frente y chocó de lleno contra mi pecho por segunda vez en la semana. El impacto hizo que la lata de cerveza abierta que un tipo me acababa de poner en la mano libre se tambaleara. Intenté equilibrarla, pero fue demasiado tarde.
El líquido espumoso y frío salió despedido hacia abajo, empapando por completo mis zapatillas de diseñador recién estrenadas.
Nos quedamos congelados. Bajé la mirada hacia mis pies, viendo cómo el cuero blanco absorbía la cerveza barata. Respiré profundo, cerrando los ojos un segundo para no perder los estribos. Eran unos zapatos nuevos, de edición limitada y absurdamente caros.
—Oh... —soltó Emily. Levantó la vista y sus ojos azul cielo se cruzaron con los míos. Por un instante, creí ver una pizca de sorpresa genuina en su rostro, pero desapareció tan rápido como llegó—. Vaya. Lo siento, Johnson. No te vi. Aunque, honestamente, standing en medio del pasillo como una columna no ayuda mucho.
—¿No me viste? —repetí, mi voz peligrosamente baja mientras daba un paso hacia ella, obligándola a mirarme hacia arriba—. Emily, mido casi dos metros y tengo una cerveza en la mano. Es el segundo choque de la semana. Empiezo a pensar que tu puntería conmigo es a propósito.
Skyler miró mis zapatos, luego a Emily, y soltó una carcajada limpia e incontrolable que llamó la atención de un par de personas cercanas.
—¡No puede ser! —se burló mi hermana, tapándose la boca—. Tus tenis nuevos, Mason. Papá se va a enterar de que los bautizaste con cerveza barata de fraternidad.
—No me estás ayudando, Skyler —la corté, sin apartar los ojos de la rubia. La tensión entre Emily y yo se sentía tan densa que juraría que la música de fondo había bajado de volumen—. Mis zapatos están arruinados, Carrington. ¿Cómo planeas compensar esto?
Emily se cruzó de brazos, dejando relucir su brazalete Cartier. Me miró de arriba abajo, deteniéndose deliberadamente en mis tenis mojados, y luego volvió a clavar sus ojos azules en los míos. Una sonrisa sumamente sutil, irónica y devastadoramente atractiva apareció en sus labios.
—Bueno, Johnson... puedes enviarle la factura de la tintorería a mi asistente —respondió con una tranquilidad exasperante—. Aunque pensé que un quarterback estrella tenía mejores reflejos para esquivar los golpes. Claramente, me equivoqué.
Se dio la vuelta con elegancia, dejando su espalda descubierta a la vista, y comenzó a caminar hacia el área de la pista de baile junto a mi hermana, quien seguía riéndose de mí de reojo.
Me quedé plantado en la cocina, con el calzado empapado, el ego golpeado y una extraña calidez quemándome el pecho. Emily Carrington acababa de arruinarme la noche, pero mientras la veía perderse entre la multitud, me di cuenta de que mi mandíbula ya no estaba apretada por el enojo. Estaba jodidamente fascinado. El juego inverso acababa de empezar, y por primera vez en mi vida, no tenía idea de si iba a ganar.