Emily
—¿Y me estás diciendo que no le tomaste una foto a sus zapatos empapados en alcohol barato? Emily, oficialmente has fracasado como mi mejor amiga —se quejó Luke, dramáticamente recostado sobre su escritorio mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo desechable.
Me reí en voz baja mientras acomodaba mis carpetas. Estábamos en nuestra fila habitual de la clase de Ética y Comunicación. Luke no había podido ir a la fiesta del viernes porque una gripe espantosa lo había dejado postrado en cama, así que me había pasado los primeros quince minutos de la mañana poniéndolo al día.
—Créeme, Luke, ver su cara de indignación en vivo fue diez veces mejor que cualquier foto —le aseguré, divertida—. Además, tuve que interponerme entre él y Jayden para que no actuara como un cavernícola sobreprotector con Skyler.
—Dios, daría mi riñón izquierdo por haber estado ahí para ver al número diez sonreír con hoyuelo y todo —suspiró Luke, acomodándose las gafas—. Eres una suertuda, Carrington. A mí solo me visitó el repartidor de pañuelos.
Nuestra conversación se cortó cuando la profesora Wolf entró al aula con un maletín de cuero y una expresión aún más severa que la de la semana pasada. Golpeó el escritorio con sus apuntes para exigir silencio justo cuando el reloj marcaba la hora exacta de inicio.
—Buenos días a todos. Cerremos las puertas, por favor —ordenó la profesora.
Antes de que el estudiante de la primera fila pudiera levantarse para cumplir la orden, la puerta se abrió de golpe. Mason Johnson entró a paso rápido, pasándose una mano por el cabello rubio ligeramente revuelto. No llevaba la chaqueta del equipo hoy, sino una sudadera gris que hacía que sus ojos verdes resaltaran más, pero se notaba a kilómetros que venía corriendo.
—Llega tarde, señor Johnson —sentenció la profesora Wolf, cruzándose de brazos y mirándolo por encima de sus gafas de lectura.
—Lo siento, profesora —respondió Mason, deteniéndose en seco y exhalando un suspiro pesado—. Tuve un inconveniente con el auto saliendo del entrenamiento. No volverá a pasar.
—Que así sea. Tome asiento rápido.
Mason asintió y caminó por el pasillo. Al pasar por mi lado, redujo sutilmente la velocidad y me dedicó una mirada de reojo cargada de una familiaridad brillante, casi desafiante. Yo solo arqueé una ceja y volví a fijar mi vista al frente.
—Bien, presten atención —anunció la profesora Wolf, sacando de su maletín una pecera de cristal transparente llena de pequeñas balotas numeradas—. Hoy daremos inicio al proyecto principal del semestre. Representa el cuarenta por ciento de su nota final y consistirá en un análisis ético y financiero sobre la responsabilidad corporativa en los medios de comunicación modernos.
Un gemido generalizado recorrió el aula.
—Y antes de que empiecen a organizarse con sus amigos —continuó la profesora con una sonrisa estricta—, les advierto que este proyecto se trabajará en parejas asignadas por el azar. Aquí tengo balotas numeradas del uno al veinticinco, por duplicado. Cada uno pasará, tomará una balota, y la persona que tenga su mismo número será su compañero por el resto del semestre. No hay cambios. No hay excepciones.
Miré a Luke de inmediato. "Por favor, que tengamos el mismo número", le rogué mentalmente.
La fila comenzó a avanzar hacia el escritorio. Los estudiantes metían la mano, sacaban su esfera plástica y regresaban a sus asientos cruzando los dedos.
—¡Sí! —susurró Luke un par de minutos después, mostrándome una balota azul con el número 14—. Por favor, Emily, saca el catorce. Necesito que salves mi promedio.
Pocos segundos después, un chico de la facultad de periodismo se acercó a la mesa de Luke mostrando su balota.
—Oye, tengo el catorce. Creo que somos pareja.
Luke me miró con una mueca de disculpa y pura resignación dramática mientras se encogía de hombros. Mi última esperanza de tener un semestre tranquilo acababa de evaporarse.
Entonces vi a Mason levantarse de su asiento. Caminó hacia el frente con esa seguridad innata que lo caracterizaba, metió la mano en la pecera sin mirar y sacó una balota. Regresó a su lugar, que quedaba justo en la fila delante de la mía, y se giró por completo en su silla para mirarme.
Acomodó la balota sobre mi escritorio, mostrando el número grabado en ella: el 7.
—¿Qué pasa, Carrington? Te veo un poco tensa —susurró Mason, apoyando los brazos en mi mesa y regalándome esa sonrisa pícara que marcaba su maldito hoyuelo—. ¿Estás rezando para que no te toque conmigo?
—Estoy rezando para que la profesora Wolf anuncie que esto es un simulacro, Johnson —respondí con voz plana, cruzándome de brazos—. Pero como no es el caso, rezo para que a quien le toque ese número sepa usar una computadora.
—Eres dura, rubia. Te aseguro que soy un excelente compañero de equipo. Pregúntale a Cooper, mis pases siempre van directo a las manos —bromeó, guiñándome un ojo antes de que la profesora lo llamara al orden.
—Señorita Carrington, su turno —me indicó la profesora Wolf.
Me levanté de la silla suspirando, sintiendo la mirada de Mason clavada en mi espalda mientras caminaba hacia el escritorio de cristal. El universo no podía ser tan retorcido. No había forma. Había veinticinco números diferentes en esa pecera. La probabilidad matemática estaba de mi lado.
Metí la mano en el recipiente, revolví las esferas de plástico y tomé una al azar. La saqué y la miré en la palma de mi mano.
Un círculo blanco con un número negro perfecto: 7.
Casi quise golpear mi cabeza contra el escritorio. El karma, el destino o el retorcido sentido del humor de la Universidad de Georgia me acababan de encadenar al quarterback del Savannah Rage por los próximos tres meses.
Caminé de regreso a mi asiento a paso lento, sosteniendo la balota como si fuera una sentencia de prisión. Al sentarme, Mason se giró de inmediato en su silla, viendo el número en mi mano. Su sonrisa se ensanchó tanto que creí que se le rompería la cara, y sus ojos verdes brillaron con un triunfo absoluto, como si acabara de ganar el campeonato nacional.
—Vaya, vaya, vaya... —ronroneó Mason, inclinándose hacia atrás hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del mío—. Parece que el destino insiste en que pasemos tiempo juntos, Carrington. Número siete. Es mi número de la suerte, por si querías saberlo.
Coloqué los ojos en blanco con toda la fuerza de la que fui capaz, intentando ocultar el repentino vuelco que dio mi estómago ante su cercanía.
—A partir de hoy, Johnson, el siete es oficialmente mi número de la desgracia —repliqué, sosteniéndole la mirada con toda la frialdad que pude reunir—. Espero que estés listo para trabajar de verdad, porque no pienso dejar que tu cerebro de futbolista arruine mi promedio perfecto. Ponle fin a las sonrisas y busca una libreta. Tenemos un proyecto que hacer.
Mason soltó una risa baja, una que sonó peligrosamente encantadora sobre el murmullo del aula.
—Tus deseos son órdenes, compañera. Esto va a ser muy interesante.
Se giró hacia el frente, y yo me quedé mirando fijamente la balota número siete en mi escritorio, dándome cuenta de que mi tranquilo y controlado oasis verde se acababa de convertir en un terreno de juego sumamente peligroso.